
Jueves 10 de septiembre de 2009| por Chistopher Walker
Entre los jefes de Estado que se espera lleguen a Nueva York para la Asamblea General de Naciones Unidas hay un subgrupo de elite: líderes que se distinguen por una longevidad sin paralelos en el poder y una intolerancia general hacia el disenso. Muammar Gadafi tendrá el privilegio de hablar en la sesión inaugural. Este mes se cumplen 40 años desde que Gadafi, por entonces un joven capitán del ejército, dirigió un golpe contra el Rey Idris de Libia. Hoy, de 67 años, Gadafi llegó al poder durante la primera Presidencia de Richard Nixon.
Después, esa misma tarde, se dirigirá a la Asamblea General el Presidente de Guinea Ecuatorial Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, al mando desde la administración de Jimmy Carter (y dos días mayor que Gadafi). Obiang tomó el control de su país en 1979 tras deponer y ejecutar a Francisco Macías Nguema.
La excepcional permanencia en el poder de Gadafi y Obiang es una curiosidad política, pero tiene un alto precio. Pese a los enormes ingresos por sus abundantes recursos naturales energéticos, tanto Libia como Guinea siguen siendo profundamente pobres. Y después de décadas de errático gobierno, las instituciones claves (hasta donde siquiera funcionen) son en gran medida incapaces de satisfacer las necesidades de las personas comunes. Estos dos no son para nada atípicos: la lista de la longevidad en el liderazgo incluye a algunos de los más rudos y calcificados gobiernos.
La ex Unión Soviética está bien representada en la lista, incluidos los líderes de Azerbaiyán, Bielorrusia, Kazajstán, Turkmenistán y Uzbekistán. En África, Libia y Guinea Ecuatorial son parte de un amplio grupo que incluye también a Egipto, Angola, Camerún y Sudán.
Aunque ninguno de estos países es formalmente una monarquía, algunos de ellos presentan dinastías en desarrollo. Azerbaiyán y Siria, por ejemplo, ya han experimentado transferencias de poder padre a hijo, y otros, como Egipto y Libia, están dando señales de sucesiones similares.
RESTRICCIÓN DE LAS LIBERTADES
Pese a las diferencias de tradición política, cultura e historia, todos estos países comparten hoy a lo menos dos rasgos comunes críticos: fuertes restricciones a la expresión política y a la participación.
El tema de fondo en estos escenarios es que la influencia política y el beneficio económico que la acompaña queda siempre dentro de un círculo definido. Quienes desafían ese status quo terminan en la cárcel, o algo peor.
Un cuadro particularmente sombrío surge cuando los regímenes con líderes vitalicios son contrastados con sus respectivos ranking de libertad de prensa (usando datos de Freedom House) y de corrupción (según el índice anual de Percepciones de Corrupción de Transparency International). De 20 países que calzan con este molde, todos son calificados como No Libres en el estudio anual sobre libertad de prensa de Freedom House.
Egipto, cuyo Presidente de 81 años, Hosni Mubarak, está sirviendo su quinto período de seis años, es el mejor de un grupo de pésimo desempeño. Figura en el lugar 128 entre 195 países en materia de libertad de prensa. La historia es similarmente desalentadora en cuanto a la corrupción, donde prácticamente todos estos países están en el cuarto inferior de los 180 países analizados por Transparency International.
Si bien algunos sostienen que el modelo del líder vitalicio autoritario (con rígido control sobre la política, la vida económica, la prensa y la información) puede brindar estabilidad, hay un costo significativo. Académicos y dirigentes políticos han entendido desde hace tiempo la relación entre una prensa libre e independiente y los menores niveles de corrupción, la mayor eficiencia del gobierno, el Estado de Derecho y, en general los mejores resultados en el desarrollo.
HOMBRES FUERTES
A comienzos de su mandato, Robert Mugabe era considerado un caso de estudio de un liderazgo "de mano dura" que, según se pensaba, sería beneficioso para sus compatriotas comunes. Tres décadas después, Mugabe ha llevado a Zimbabwe a la pobreza abyecta y la miseria.
Argumentos parecidos se hacen hoy para el caso de Rusia, donde el hombre fuerte Vladimir Putin ha emprendido una "dictadura de la ley" mientras pone los cimientos para permanecer indefinidamente como el líder supremo. Hay extendidas especulaciones de que el actual Primer Ministro Putin podría regresar a la Presidencia. Mientras tanto, la gobernabilidad de Rusia deja mucho que desear.
La negativa de estos regímenes a permitir que surjan alternativas políticas auténticas y órganos de supervisión independientes significa que el mal manejo oficial se ejerce sin cortapisas.
Al mismo tiempo se reprimen las ideas competitivas que podrían mejorar las políticas gubernamentales y las vidas de la gente común. Cualquier estabilidad que pueda existir en estos escenarios, conlleva con demasiada frecuencia una desoladora pobreza para la mayoría de los ciudadanos y una dependencia de los dudosos talentos de gestión de autócratas envejecidos.
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