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  Lo que hay que cambiar

  Es decisiva la batalla por articular los valores morales y la eficacia política. Se trata de la "ética de la responsabilidad", que no pierde la brújula, pero que no se limita a dar testimonio, sino que actúa para empujar los acontecimientos en la mejor dirección posible.

Martes 8 de diciembre de 2009| por Sergio Muoz Riveros

Los gobiernos concertacionistas han sido la expresión de un rumbo muy fructífero en la historia del país. La magnitud de su obra no resiste comparación con lo hecho en ningún otro período.

Se trata, por cierto, de una obra humana, imperfecta, con limitaciones. Pero en la balanza pesan mucho más los logros. No es casual la estimación internacional que existe hacia la experiencia chilena, de lo cual son una muestra elocuente las expresiones de respeto a la Presidenta Bachelet en cada país que visita.

Pero si la Concertación muestra vitalidad como fuerza de gobierno, también evidencia desgaste como coalición de partidos. En su seno se han expresado tendencias malsanas que incluso han debilitado las lealtades básicas.

Nada perjudica tanto a una fuerza política como la falta de coherencia, los zigzagueos y las veleidades en función de los vientos que corren. Por desgracia, han abundado los ejemplos de ello.

La Concertación sobrevivirá como coalición políticamente eficaz si muestra capacidad de regeneración. Esto exige que sus partidos se comprometan con los procedimientos democráticos en su seno y favorezcan el proceso de renovación de los dirigentes, pero exige también que cambien las formas dudosas de hacer política. Es indispensable terminar con las redes partidistas en el aparato del Estado, las cuales son un foco de corrupción.

Un senador, pongamos por caso, puede basar su poder personal en la red de incondicionales que ha conseguido colocar en el sistema público de salud. A partir de allí, ejerce influencia, presiona y se hace temer. Ese parlamentario puede levantar un discurso supuestamente "avanzado", pero sus métodos lo retratan.

Si quieren tener autoridad ante el país, los partidos de la Concertación deben combatir el caudillismo y poner coto a los personalismos que no reparan en medios para sacar ventaja. Es fácil ser "díscolo"; lo difícil es distanciarse del populismo y actuar con sentido nacional.

No es cierto que en el mundo político haya más pillos por metro cuadrado que en otras actividades. Probablemente, el porcentaje es parecido al que hay entre los empresarios, los abogados, los periodistas, etc. Hay trapacerías en todos los ámbitos, pero hay que decir que las que se producen en el terreno político tienen mayor impacto negativo sobre la sociedad. Un corrupto con poder puede causar mucho daño.

La política incluye lo que llamamos "la naturaleza humana", es decir todos los elementos que nos definen como seres hábiles y torpes, generosos y mezquinos, lúcidos y miopes, valientes y timoratos, nobles y abyectos, etc. Por eso, el análisis de los fenómenos políticos se queda corto cuando parte de categorías que no incluyen a los sujetos concretos.

Es decisiva la batalla por articular los valores morales y la eficacia política. Se trata de la "ética de la responsabilidad", que no pierde la brújula, pero que no se limita a dar testimonio, sino que actúa para empujar los acontecimientos en la mejor dirección posible.

Hay que insistir en que el sistema binominal ha tenido un efecto nefasto en nuestra vida política. Es un sistema único en el mundo, en el que la primera fuerza obtiene un cargo y la segunda fuerza, otro cargo, salvo que la primera doble en votos a la segunda. Eso no tiene racionalidad democrática alguna, y no puede tenerla porque fue concebido por los fundadores de la UDI para neutralizar a la mayoría no derechista que iba surgir después de la dictadura.

El binominalismo ha convertido a los parlamentarios prácticamente en dueños de los cargos. El fenómeno de los "descolgados" se relaciona con ello. En la elección del domingo, algunos diputados postulan a su sexto período consecutivo, con lo cual, si son elegidos, completarán 24 años en la Cámara. Es demasiado. Hay que alentar el tiraje de ésta y las demás chimeneas.

Para mejorar nuestra democracia es urgente cambiar las prácticas que generan descrédito de la política. Todos los partidos necesitan actuar con sentido autocrítico y hacerse cargo del malestar ciudadano en tal sentido.

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