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  Los amaneceres del mayor de Los Jaivas

  Bajo las tormentas eléctricas de París, el músico explica por qué se fue de la banda que hoy cumple 47 años. Mientras, escribe en trance y bebe vino, rito que repite desde los tres años para luchar contra la poliomielitis. La poderosa muerte, un volantín en LSD, la cárcel en Rosario, el tecladista desclasifica archivos de la biografía que prepara sobre su grupo y da pistas del DVD "Obras cumbres".

Domingo 15 de agosto de 2010 | por Gabriela Garca / La Nacin Domingo + Sigue a La Nación en Facebook y Twitter

Revolcándose en la cama como un potrillo herido, la fiebre y el dolor de músculos del niño no dejan que la voz pida socorro.

Tiene tres años y a oscuras, sudando y en soledad, el futuro tecladista de Los Jaivas agoniza como un guerrero.

"Fue una batalla campal entre la vida y la muerte… y al borde de rendirme me hice el muerto. Puede que la dama de negro haya encontrado tierna esta ocurrencia…", cuenta el músico que a la mañana siguiente fue encontrado por su madre en la casa de Quillota. Estaba marchito como un muñeco de trapo.

"Me fue a despertar y no reaccionaba. Se enojó porque pensó que lo hacía de bromista, pero era que yo había estado luchando contra la poliomielitis", dice.

Desconsolada, su madre recorrió todos los médicos de la región buscando a un brujo que lo salvara, pero como no había vacunas ni tratamientos contra la enfermedad, lo único que le recomendó el doctor fue la ingesta de un vasito de vino pequeño al almuerzo y otro a la comida.

La polio mató sus músculos y comenzó la atrofia de sus huesos paralizando gran parte del lado izquierdo de su cuerpo. Pero a la vez revistió de roble su memoria.

"Tengo recuerdos prenatales", dice. Y también una pulsión atávica por ver nacer el sol. "Soy un sobreviviente, un duende del amanecer", cuenta.

PARÍS-SANTIAGO

Le llama "la hora profunda". Y cuando Santiago duerma esta medianoche, él estará llenando la copa de tinto que descansa sobre su escritorio. Luego se sentará frente al teclado.

Regido por un reloj que marca seis horas más en París, el músico vivirá otra función de madrugada.

Para el rito tomará posición de cosmonauta (recto en un sillón con horma y con las manos listas para tipear) e intentará cabalgar sobre la hoja en blanco hasta que la inspiración o el dolor lo permitan.

Primero con versos sueltos, luego con una dedicatoria a Los Jaivas porque exactamente hoy la banda, ya sin él, cumple 47 años desde su nacimiento en Viña del Mar.

"Cuando escribo un poema estoy en trance. Es el momento de la iluminación, el instante en que el alma cae en el embrujo. Para mí, las seis de la mañana es la hora donde se tocan estas dos dimensiones y uno puede, si quiere, regresar al mundo o ingresar al otro", cuenta el tecladista que antes de someterse al ritmo de escritura, ingerirá un calmante para paliar los dolores que sufre desde otro accidente de madrugada: a fines de los '70 y mientras Los Jaivas vivían en Francia, una barra de iluminación cayó sobre su espalda y le trizó una vértebra que por una cuestión de milímetros no le destroza la columna y lo deja paralítico.

Estuvo un mes paralizado. Volvió a ponerse de pie, pero de vez en cuando le vienen crisis que lo obligan a tomar reposo.

Ubicado a diez kilómetros de la Catedral de Notre Dame, Parra ve por estos días como el culebreo del Senna recrea un clima semitropical con tormentas eléctricas.

imagenResguardado en su habitación de escritor, una ventana enmarca un pedazo de cielo que conforme avanza "la hora mágica" toma un azul tan cromado que los árboles que rodean su casa parecen manchas de Rorschach.

Es el refugio que se creó desde que se retiró silenciosamente de Los Jaivas. En parte porque eligió escribir su historia de la banda y crear una revista.

"Hay una cosa que se llama la retaguardia. Y esa idea comenzó a inquietarme hace ya muchos años", afirma quien en lugar de teclear una biografía como la que escribió el periodista Freddy Stock ("Los caminos que se abren", Grijalbo, 2002), está reconstruyendo "Anecdotario de Los Jaivas": "La historia por flashes espontáneos que como una fotografía, captan el momento, el segundo, la hora y el tiempo preciso de las distintas etapas de Los Jaivas", afirma quien hoy también prepara un poemario que pronto lanzará en Chile.

"Lleva por título 'Santiago' y es una reunión de casi sesenta poemas dedicados a nuestra capital. Intento interiorizarme en ella como territorio, como historia y como costumbre", revela el hombre que a pesar de la lejanía, tiene una cabeza que se dispara recordando la espuma del Océano Pacífico refrescando sus mejillas cuando niño o las maderas crujientes de la casa de infancia.

Su mente, dice, "es una de las mejores pantallas que se ha inventado".

ÁNGEL GABRIEL

Los desvelos de Eduardo no sólo están marcados por diagnósticos médicos y pulsiones literarias. También por la bohemia del letrista gestado en su adolescencia.

Era la época en la que los hermanos Parra vivían en Montaña 676, una divertida casa ubicada en Viña del Mar, donde Eduardo seguía alargando la noche, pero al son del piano que estaba en el salón y junto a amigos como Eduardo "Gato" Alquinta o Mario Mutis.

"Ese instrumento es el principal culpable de nuestra unión musical. Es a partir de ese momento donde comienza a incubarse el grupo Los Jaivas", dice sobre los tiempos en que veían películas como "El manto sagrado" o algunas de Chaplin.

Protector, bueno como el pan, los ojos de Eduardo siempre custodiaron a su hermano Gabriel.

"Desde niños existió esa relación de hermano mayor a hermano chico. Su espíritu combativo e hiperactivo iba a calar fuerte en nuestra relación cuando el grupo fue creado", expresa Eduardo sobre el muchacho que en 1963 y con la tocata debut en el Teatro Municipal de Viña del Mar, tomó la administración del grupo.

Primero haciendo el diario del Conjunto High Bass (nombre primitivo de la banda) bajo el seudónimo de Biga (Gabi al revés).

Y luego emigrando a Santiago, quedando muy a mano de las oficinas discográficas que el grupo necesitaría luego para inmortalizar charangos, zampoñas y quenas mezcladas con guitarras eléctricas y sintetizadores.

Cadencias autóctonas en tiempo de rock que autoprodujeron en el disco debut "El volantín" (1971) y que tenían a Gabriel vendiendo casetes puerta a puerta y pegando carteles en la calle.

"Recuerdo que cuando niños y en la habitación que compartíamos, yo inventé ser baterista y mi instrumento era el velador: el cajón hacía de caja, todo el cuerpo del mueble era el bombo que había que golpear con el pie, más la bacinica, que daba la tonalidad metálica.

Una mañana, los dos en pijamas y deteniendo el tema imaginario que interpretábamos, Gabriel me queda mirando fijo y me dice: 'Sabís que más, voy a ser yo el baterista de ahora pa' delante. Por que tú soy malo pa' la batería, po'", recuerda Eduardo sobre el momento en que nació la baqueta mágica.

TRASNOCHE Y EXILIO

Amaneceres con resaca, revolución de las flores y paraísos artificiales. En los albores de los años 70, el rock chileno bebía de la influencia de ingleses y estadounidenses, pero ellos irrumpen con diabladas, cuecas y huaynos y hacen "El volantín", arriba de LSD.

"Por esos años, ser hippie o joven te llevaba a la búsqueda de nuevas experiencias. Dentro de ellas estaba el LSD. Un sicotrópico que verdaderamente abría las puertas a sensaciones y vivencias jamás experimentadas. Esto abrazaba el advenimiento de una nueva era", confiesa Eduardo sobre un ritual que practicó junto a Gabriel y "Gato".

imagenPero el viaje lisérgico y libertario al son de "Todos juntos" terminó con la dictadura de Pinochet. Comenzaban Los Jaivas entonces un período nómada, una gira que según Eduardo no se detiene hasta el día hoy.

Emigrando primero a Argentina y luego a Francia, su partida en septiembre de 1973 fue interpretada por la izquierda chilena como una acción indolente, mientras la derecha los sumó a sus listas negras.

Como quiera leerse, para el mayor de los Jaivas, su vida allá se realizó muy unida a verdaderos exiliados que llegaron a conquistar Europa.

"Los que vivieron en carne propia aquellos años en el interior no pueden ni siquiera imaginarse lo que puede haber sido esa vida chilena en el exilio. Es una época dolorosa y de mucho aprendizaje", resume el hombre que en el '76 y viviendo en Buenos Aires, fue detenido rumbo a Rosario.

Experiencia que inmortaliza en una carta al "Gato" Alquinta desde prisión y de la que nace "Milonga carcelaria", canción incluida en "Arrebol".

"Estábamos en pleno golpe de Estado del general Videla y un soplón me había sindicado como el más peligroso de Los Jaivas porque pregonaba la magia del continente, las bellezas de los pueblos precolombinos y su sabiduría desconocida", revela por primera vez Eduardo, sobre un encierro que duró seis meses.

Luego vendría la residencia en París y la leyenda de que vivían en un castillo. "Les Glycines es uno de los más grandes mitos. Se trataba en realidad de una bella pequeña mansión que pudo darle albergue a nuestra comunidad.

Aquel lugar fue una casa muy concurrida por infinidad de chilenos de paso por Francia que nos visitaban, a tal punto que llegó un momento en que la llamaron la embajada de Chile", ríe sobre el hogar donde hicieron "Alturas de Machu Picchu" y "Obras de Violeta Parra".

LA PODEROSA MUERTE

Justamente un recuerdo relacionado con "Alturas de Machu Picchu" suele golpear de madrugada a Eduardo Parra. El entusiasmo de Gabriel por incluir en el proyecto televisado y nerudiano de 1981 la canción "La poderosa muerte".

"Me llegan a dar escalofríos porque nunca antes habíamos tocado el tema de la muerte. Fue Gabriel quien insistió en que fuera así. Tenía que ser él el que apostara…", dice emocionado, pues siete años más tarde tendría que viajar a Perú para buscar los restos de su hermano muerto.

Fallecido el 15 de abril de 1988 en un accidente automovilístico al interior de Arequipa, Gabriel tenía 40 años y era el alma de un conjunto que se encontraba en la cima tanto en el extranjero como en Chile, donde la presentación que dieron en el '88 en el Estadio Santa Laura, se transformó sin quererlo en la despedida del batero que cayó por un barranco a bordo de un auto blanco.

Era la primera vez que Los Jaivas pasaban de largo despidiendo a uno de sus integrantes.

Quince años después, en enero de 2003, los dejaría su vocalista "Gato" Alquinta (falleció de un ataque cardíaco mientras nadaba en La Herradura) y los amaneceres encontrarían a Eduardo llorando y tocando las maracas sobre un ataúd que fue velado en la Estación Mapocho al son de "Sube a nacer conmigo hermano".

LA ÚLTIMA DUCHA

Nace otro día en Valdivia y Los Jaivas, en plena gira por Chile, se reponen de un trasnochado concierto los primeros días del 2007. Salvo Eduardo. "No me podía levantar del dolor. Tuve que ir gateando a la ducha", confiesa.

Con el agua caliente, su contracturado cuerpo fue cediendo. Pero él supo que tendría que bajarse de los escenarios si quería seguir viviendo. "Tengo que ser cosmonauta para viajar a las estrellas definitivamente", pensó.

"Aunque los médicos aseguraban que yo iba a andar en silla de ruedas a los 50 años y no fue así, hay crisis que son muy grandes. Yo me fui sin decir agua va. Me fui nomás. Principalmente por los problemas musculares y de huesos y porque mi cuerpo siempre me ha pedido escribir. Hacía tiempo venía exponiéndole y diciéndole a Claudio que iba a servir mucho más abajo del escenario que arriba", dice.

Convertido ahora en el mensajero inca que aparece en las canciones que creó, Eduardo es un chaski que carga la luna y los soles en sus hombros. Para aguantar el aguacero, un médico de cabecera que lo tiene bien cuidado.

"Pienso que la música en abstracto en realidad no existe. Lo que existe es la humanidad y eso es lo que nos mueve, lo que nos hace vivir. Cantar es buen arte, ser humano es otro que nos corresponde a diario. Para eso sirven actualmente los sitios web y la actitud. Siempre escribir fue mi otra pasión, llevar los archivos y saber archivar. Pienso que he debido humildemente cumplir con una ley que es capaz de unir a los pueblos: el diálogo y la memoria. Siempre todos Los Jaivas quisieron y han querido eso", dice.

Eduardo sabe que escribe contra el tiempo, pero cree que "la vida es una fiesta que hay que disfrutar al máximo".

Por eso cada vez que amanece, siente que resucita. Si hace unos días pasó de largo junto al eterno dibujante del conjunto, René Olivares, haciendo un retrato para esta nota, hoy mata la noche con su hermano Claudio.

"Estamos trabajando un proyecto para llegar a Santiago y junto con todo el grupo, presentar un tema que propuse para el bicentenario y que está en la línea de 'La Conquistada' o 'Como tus ríos te recorren'. Sería nuestro homenaje a la patria y al arte nacional", adelanta quien trasnochará el 31 de agosto y 1 de septiembre en el Club Amanda, donde Los Jaivas prometen un show inolvidable.

Además el conjunto prepara un DVD llamado "Obras cumbres". Se trata de una antología con todos sus videos y piezas inéditas como una versión de "Todos juntos" grabada en Viña del Mar en 1973 o el "El dormilón imposible", video grabado en el campo de la zona central chilena, ese que estalla en el horizonte de su mente cada amanecer.

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