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  Los secretos hormonales de la pista de baile

  ¿Por qué algunos se mueven en las discos como una foto Polaroid mientras otros prefieren apoyarse en la barra del bar? El sicólogo británico Meter Lovatt, quien ha realizado rigurosos estudios en clubes nocturnos, cree poder explicar por qué algunos zapateos son sensuales… y otros no lo son. Todo tiene que ver con las hormonas.

Domingo 14 de marzo de 2010| por Birger Menke / Der Spiegel, derechos exclusivos para La Nacin

Las personas junto al bar aferran fuertemente sus tragos. Un poco más cerca de la pista de baile otra gente marca el ritmo y mueve sus cabezas, mientras que en la pista misma otros se desatan mostrando creatividad y coordinación, o por lo menos, tratando de hacerlo. Es una escena familiar en todo club nocturno. ¿Pero qué nos pasa exactamente cuando el ritmo se impone? ¿Por qué algunos exudan confianza en la pista de baile, mientras otros parecen estar pegados en la barra del bar? Y, quizás más importante: ¿qué estilos de baile tienen más probabilidades de conseguirnos una pareja potencial?

Testosterona prenatal

De creérsele al sicólogo Meter Lovatt, tres factores influyen en la confianza con que un individuo se mueva en la pista de baile y en lo atractivo que el otro género encuentre su desempeño. Esos factores son la edad, el género y los genes. Lovatt, profesor de psicología de la universidad de Hertfordshire y ampliamente conocido como "Doctor Danza", basa sus conclusiones en un riguroso trabajo de campo.

En enero de 2009, Lovatt visitó un club nocturno en su universidad, por supuesto por razones puramente científicas. Su misión era averiguar qué estilo de baile era más atractivo para el sexo opuesto y por qué. Primero que nada, sus estudiantes midieron los dedos anulares e índices de los asistentes. Se cree que la relación entre los dos dedos tiene que ver con la cantidad de testosterona a la que un individuo estuvo expuesto en el vientre materno. Si el dedo anular es más largo que el dedo índice, sugiere un alto nivel de testosterona prenatal. Lovatt y su equipo observaron de cerca la pista de baile y llevaron aparte a algunos bailarines para una exhibición como solistas. Los elegidos fueron en seguida filmados durante 30 segundos en una pista de baile diferente que, de acuerdo a Lovatt, estaba "tan encendida y ruidosa como la pista principal". Luego, el equipo regresó al laboratorio con sus videos. Lovatt aplicó entonces un filtro a la grabación, de manera que los danzarines sólo pudieran ser vistos en siluetas, lo que implicaba que cualquier espectador tenía que enfocarse solamente en sus movimientos. Mostró estas filmaciones a estudiantes, que tenían que calificar a los bailarines en una escala de cinco puntos, desde "muy atractivo" a "muy poco atractivo". Los resultados mostraron que las mujeres dieron las calificaciones más altas a los hombres con los mayores niveles de testosterona prenatal. Por su parte, los hombres con menos testosterona fueron calificados como los menos atractivos. "Los hombres pueden comunicar sus niveles de testosterona mediante la forma en que bailan", dijo Lovatt a Spiegel Online. "Y las mujeres lo entienden… sin darse cuenta".

Lo sutil es mejor

Los hombres que calentaban a las mujeres bailaban con amplios movimientos que eran "complejamente coordinados". Pero, en todo caso, hay una línea fina entre calentarse y no calentarse: aquellos hombres que hacían grandes movimientos, pero que eran menos coordinados, aparecían como machos alfa dominantes… y era poco probable que se ganaran el corazón de las mujeres. Los investigadores encontraron también que la amplitud y la complejidad de los movimientos de baile decrecían en paralelo a los niveles de testosterona.

En las mujeres, el vínculo entre el estilo de baile y los niveles de testosterona fue similar, pero la reacción de los hombres fue justamente lo contrario. Las bailarinas con altos niveles de testosterona movían más partes de sus cuerpos, siendo sus movimientos algo descoordinados, mientras que aquellas con menos testosterona hacían movimientos más sutiles, especialmente con sus caderas. Los estudiantes masculinos encontraron más atractivo este último estilo.

Lovatt dice que con su investigación ha ingresado a un territorio inexplorado. Dice que "hay mucha gente que trabaja con cosas como terapia de danza, pero actualmente no hay nadie que esté estudiando los aspectos sicológicos del baile utilizando un enfoque experimental".

Baile, hormonas y sexo

Lovatt conoce bien su tema: él mismo fue un bailarín profesional hasta los 26 años de edad. Actuó en musicales en grandes escenarios a través de Inglaterra y trabajó también en cruceros. El pensamiento de una carrera académica ni se le pasaba por la cabeza en esa época. Ni siquiera podía leer hasta que cumplió 23 años, tras dejar sus estudios sin calificación alguna. Cuando miraba una página en un libro, "todo lo que veía era un gran bloque negro". Luego, a los 26 años, estudió inglés y sicología y empezó a realizar investigaciones en la Universidad de Cambridge. Y entonces tuvo su conversión damasquina… Se dio cuenta de que añoraba bailar y los movimientos físicos. Decidió combinar estos dos intereses y empezó a estudiar la sicología de las artes escénicas. Consiguió un puesto en la Universidad de Hertfordshire e impartió un curso llamado La sicología de la danza. Pero en él Lovatt no sólo hablaba: también bailaba durante sus clases. Se hizo más y más popular entre los estudiantes y el curso fue un éxito notable.

Actualmente, Lovatt tiene mucha demanda como conferencista. En octubre último, pronunció en el Museo Científico de Londres una serie de charlas tituladas "Baile, hormonas y selección sexual". Al final de cada sesión la sala completa estaba bailando.

"A ellas no les gusta chico"

La investigación de Lovatt es fácil de captar. Todos pueden advertir que a las mujeres no les atraen los hombres que apenas se mueven y muestran poca imaginación al bailar. Lovatt sabe esto y sabe cómo vender su trabajo. Después de todo, como bailarín profesional, aprendió cómo entretener y ganarse una audiencia. Sólo tuvo que aprender a hacer lo mismo verbalmente. Mire, por ejemplo, su explicación de por qué a las mujeres no les atraen los hombres con movimientos primitivos: "A las mujeres simplemente no les gusta chico y simple".

En otro estudio, Lovatt presentó una variedad de estilos de baile en un video exhibido en el sitio de la BBC. Primero, da simplemente pasos de izquierda a derecha, moviendo sus brazos para arriba y para abajo. Luego sus pasos laterales se hacen más amplios y levanta más altos sus brazos. Después de eso, mantiene constante el tamaño de los movimientos, pero cambia el estilo, flexionando sus brazos y chistando sus dedos antes de hacer movimientos circulares con los brazos. Termina haciendo movimientos desordenados y descoordinados con sus brazos. A los espectadores se les pide que llenen un cuestionario y decidan cuál de los estilos exhibidos estuvo más cerca de su propia técnica de baile, en cuanto a tamaño y complejidad. Además, se les pide a los participantes poner nota a sus propias dotes danzantes en comparación con su sexo y su edad, notas que iban desde "pésimo" a "excelente". La respuesta fue enorme, con una participación de casi 14.000 personas… Pero Lovatt también llegó a otro hallazgo: la satisfacción con los propios talentos en el baile (algo que él llama "confianza para bailar"), se desarrollaban de manera diferente entre las mujeres y los hombres durante el transcurso de sus vidas.

El baile como un acto social

El mayor grado de satisfacción se encuentra en las niñas de menos de 16 años de edad. "Ven el baile como algo divertido, no como parte de una conducta para conseguir pareja", dice Lovatt. Eso cambia alrededor de los 16. "Entre los 16 y los 20 años, la confianza para bailar cae notoriamente entre las niñas", dice Lovatt. "Las niñas empiezan a bailar como un acto social más que como una forma de expresarse. Comienzan a preocuparse de cómo se ven y a buscar un pololo". Pero una vez que las mujeres jóvenes aceptan su perdida inocencia en el baile, los índices de satisfacción comienzan nuevamente a subir. Desde los 20 años en adelante, su opinión sobre sus habilidades en la pista de baile empieza a mejorar y sigue aumentando hasta los 35 años. Después de eso, sin embargo, llega a una planicie, al estancarse los niveles de satisfacción. Después de los 55, el valor incluso cae. "Eso coincide con la menopausia", dice Lovatt. Y no mejora: "La confianza para bailar sigue baja por el resto de la vida de una mujer".

El patrón es algo diferente entre los hombres. Sus niveles de confianza para bailar se mantienen en alza hasta sus 30 a 35 años. Luego se estancan. Antes de comenzar a desplomarse desde los 55 años en adelante. Pero entonces, sorprendentemente, los hombres tienen un segundo aire. Desde los 65 años empiezan de nuevo a verse a sí mismos como operadores harto hábiles en la pista de baile. Lovatt piensa que esto podría tener que ver con la desfalleciente confianza de las mujeres mayores, que podría tener un efecto liberador sobre los hombres. "Muchos hombres vienen y me dicen 'soy un pésimo bailarín'", dice Lovatt. "Les pregunto por qué y responden 'así lo dice mi mujer'". Pero Lovatt razona que, si las mujeres están insatisfechas con sus propios talentos danzarines, no están entonces en condiciones de criticar a sus maridos, quienes pueden sentirse libres para liberar a sus propios Travolta internos.

Una teoría alternativa explica los patrones en términos de la selección natural. "Las personas optimistas viven más tiempo", dice Lovatt. "Tienen menos probabilidades de desarrollar enfermedades mortales". Podría ser por ello que el porcentaje relativo de optimistas en la población comienza a elevarse desde los 65 años de edad. ¿Qué prescribe entonces el Doctor Baile para quienes prefieren mantener firmemente adheridos sus cuerpos a la barra del bar más próximo, antes que sacudirlo? "Pienso que no hay nadie que no pueda bailar", dice Lovatt. "No debieras tenerles miedo a tus propios movimientos, debieras relajarte".

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