
Martes 26 de enero de 2010| por Sergio Muoz Riveros
Apenas tres días después de la elección presidencial, se hicieron sentir las consecuencias bursátiles del triunfo de Piñera. Su sociedad de inversiones Axxion subió como la espuma, en un típico caso de maniobra especulativa. El asunto se agravó cuando el abogado Fernando Barros dijo que los dineros de la venta de las acciones de Lan que controla Axxion (unos 1.500 millones de dólares) no irían a un fideicomiso, sino que se invertirían dentro y fuera de Chile. El escándalo fue tal que al día siguiente se retractó y dijo que se crearía otro fideicomiso.
El sábado 23, El Mercurio publicó un editorial titulado "Los dineros del Presidente electo", en el que señaló que lo relevante era saber hacia dónde irían los dineros de la venta de las acciones de Lan. Dijo que era oportuna la rectificación de Barros, "porque revela que el Presidente electo quiere efectivamente hacer una separación clara entre sus nuevas labores y sus negocios. Más aún cuando muchos sectores todavía dudan del real compromiso de Piñera con dicha separación".
Entre quienes "todavía dudan", es obvio que hay empresarios que tienen antecedentes suficientes para dudar. El Mercurio cuestionó incluso la fórmula de crear una fundación para Chilevisión, que a su juicio no evitaría el surgimiento de potenciales conflictos de interés.
Enfrentemos los hechos. Asumirá la Presidencia de la República un hombre inmensamente rico, que aún hoy vacila respecto de cómo tomar distancia de sus negocios, lo cual puede ser el germen de graves problemas de Estado. Ese es el talón de Aquiles.
Piñera tiene derecho a pedir que se le permita llevar adelante sus planes. Pero necesita inspirar confianza a quienes no votaron por él. Sus credenciales como vencedor de una contienda democrática no están en discusión. Sin embargo, a la luz del proceso de concentración del poder económico, político y mediático que viene, los recelos se multiplican.
Aunque recibirá un país que va en ascenso, cuya economía crecerá por lo menos 5% este año, Piñera deberá lidiar con muchos asuntos a la vez, entre ellos el difícil cumplimiento de sus promesas de campaña. Contará con amplias facultades, pero legalmente no puede hacer y deshacer, ni tampoco actuar como si fuera el gerente general de una empresa. Se sabe de su compulsiva tendencia a tomar decisiones rápidamente, pero tendrá que entenderse con el Senado, que contará con mayoría concertacionista, y deberá considerar a la Contraloría.
Quienes asumirán la responsabilidad de gobernar serán observados atentamente por los ciudadanos. Se los juzgará no sólo por lo que hagan, sino por lo que dejen de hacer. Existe hoy una sociedad civil con amplia conciencia de sus derechos y acendrado espíritu crítico. Allí está el principal dique de contención de las manifestaciones de prepotencia inauguradas por Allamand.
El gobierno de la Presidenta Bachelet debería entregar un balance de su gestión ante el país, que permita que los ciudadanos conozcan en detalle las condiciones en que entregará la caja fiscal y el conjunto de proyectos que están en marcha.
No habrá ningún diario ajeno a la derecha. La centroizquierda pagará el costo de no haber sido capaz de levantar un medio propio. Pero no sirve llorar sobre la leche derramada. Es el momento de la creatividad. Ojalá surjan pronto nuevas publicaciones del mundo progresista.
Se necesitará un bloque de oposición alerta y lúcido, que defienda las conquistas sociales, apoye lo que vale la pena y denuncie los abusos. Deberá fiscalizarlo todo porque de ello depende la salud de la democracia.
Es de esperar que la Concertación aprenda de la derrota y se renueve de verdad. Tiene que poner al día sus estructuras y equipos dirigentes, pero además reconstruir sus vínculos con la comunidad, estimular los nuevos liderazgos, actualizar su mensaje de justicia en un país que ha cambiado, abrirse a la crítica y la reflexión. O sea, apostar por el futuro.