
Domingo 7 de febrero de 2010| por Ricarte Soto: La Nacin Domingo
Cuando la Pequeña Gigante y su tío Escafandra hacían de las suyas en el centro de Santiago no pudimos dejar de recordar a Andrés Malraux.
De cierta manera, en ese paseo de las marionetas, estaba el espíritu de la política cultural del escritor que hasta su muerte vivió acompañado de toda suerte de tics que, cuenta la leyenda, los adquirió como piloto de las Brigadas Internacionales cuando en 1936 fue a España para combatir junto a los republicanos en la Guerra Civil. Otros dicen que viene de su tiempo de resistente francés al nazismo.
El autor de varias obras, como "La condición humana", entablaría una estrecha y leal relación con el general Charles de Gaulle, quien, en una primera instancia, lo nombraría ministro de la Información y luego en la cartera de Cultura.
Desde ese ministerio, que asumió en 1959 y ocuparía por diez años, lanzó las bases de una política de Estado que sigue vigente en el siglo XXI.
Una de sus grandes cualidades -sino la principal- fue defender a rajatabla la libertad de los creadores contra todo intento de acallarlos, incluso si una inmensa mayoría podía, por diversas razones, estar en contra de un autor.
Es lo que ocurrió con una pieza teatral de Jean Genet, que fue calificada por muchos como una obra antipatriota.
Malraux, que como un aventurero de la libertad arriesgó su vida, también supo desafiar la inercia y por eso nunca fue un mero contador de los fondos estatales.
En 1959, con el fin de ayudar al cine, creó el "avance sobre la taquilla", un modelo que celebró sus 50 años y que ha permitido a centenares de cineastas realizar sus películas.
Con los años, los sucesores del escritor ampliaron ese sistema, desarrollando otros mecanismos como el "Fonds sud cinéma", que, como su nombre lo indica, ha patrocinado numerosos proyectos de la cinematografía del sur, entre ellos el chileno "Huacho".
Malraux pensaba en los consagrados: encomendó a Chagall pintar el techo de la Ópera de París. También en los que necesitaban un apoyo decidido para dar sus primeros pasos.
En un país de críticos irreductibles como Francia, su acción no estuvo exenta de juzgamientos severos, pero incluso en ese bando reconocen su aporte.
Las observaciones y críticas no pueden opacar su contribución para democratizar la cultura que estaba distante de las masas y, por otra parte, haber instalado la idea de que en este ámbito era indispensable un Estado-Providencia que contribuyera enérgicamente a sostener las nuevas formas de creación.
La obra gruesa de esta política cultural de Estado ha sido, con distintos matices, preservada hasta ahora por los gobiernos gaullistas, liberales, socialistas y conservadores.
En esta línea destaca el socialista Jack Lang, quien, bajo la presidencia de Mitterrand, dio un nuevo impulso a esta doctrina. Esta continuidad ha permitido que se concreten muchas ideas. En 1992, la compañía Royal de Luxe visitó a bordo de un barco varios puertos, acompañado de Manu Chao.
Ese montaje, denominado "Cargo 92", contó con la colaboración de la Municipalidad de Nantes, el Ministerio de Cultura y Relaciones Exteriores.
Royal de Luxe y otras compañías han perdurado en el tiempo porque, directa o indirectamente, se han beneficiado de una cierta manera de pensar políticamente la cultura.
Fotografía: Christian Vásquez