
Inicio » Cultura y Entretención
Viernes 21 de enero de 2011| por Carlos Salazar
La mejor descripción de "Geografía de lo inútil", primera novela del profesor de filosofía Matías Correa (1982) trata de emparentarla con las novelas de detectives, pero sin detectives, policías ni mujeres fatales.
La búsqueda de un profesor retirado en algún lugar del sur de Chile, donde el país también se desintegra bajo sus pies, la biografía de un médico castigado por su ineptitud y otros perdedores son los puntos cardinales del libro publicado recientemente por la editorial Chancacazo.
"Me encuentro felizmente exiliado en el escritorio de mi casa. Escribo para otorgarle un salvoconducto a las lecturas que tengo atoradas en la cabeza", se define el autor.
Por su parte, la editorial independiente que acoge al nóvel escritor "tiene una religiosa vocación de garage punk", ha dicho Correa sobre la casa de Diego Álamos, Christian Andwanter y los hermanos paytricio y Alejandro Palacios. "Es una editorial de libros extraños. Consiguieron publicar un breve texto de Paul Auster y también sacaron un poemario del Francisco Casas, una de las Yeguas del Apocalipsis, pero a la vez apuestan con tipos como yo o Vicente Cociña, que estamos lejos de tener fama de lo que sea", cree.
¿Qué observas y lees en los autores de tu generacion?
No sé si mi generación es una que profese demasiadas verdades. No hay grandes discursos ni relatos. Pero sí creo que hay convicción en los gestos, en el original estilo e impostura que cada quien hace propio. Con todo, lo que parece ser el más recurrente de los vicios de los autores de mi generación es la fascinación por la metaliteratura. Se trata de una enfermedad que todos, de alguna manera, dan la impresión estar disfrutando. Creo que deberíamos olvidarnos por un tiempo de autores Foster Wallace, y Bolaño, especialmente de Bolaño.
¿Y qué temas reconoces como propios en esta narrativa joven?
Más que temas, creo que hay un especial interés por construir literaturas de la rareza. Ya sea a través de las estructuras narrativas que se emplean o por el collage de imaginarios culturales que se utilizan. No sé, piensa en lo que hizo Diego Zúñiga en "Camanchaca", escribiendo una novela en donde el relato se fragmenta en episodios de no más de una página; si bien puede tratarse sólo de una fórmula, armada de esa manera la novela funciona muy bien. Lo último que publicó Carlos Labbé fue una colección de cuentos que articula la trama de una novela que suena a través de su lectura como en sordina. Con Acqua Alta, Pablo Torche extremó la idea de los ejercicios de estilo de Queneau obteniendo un gran resultado. O también está Pablo Toro, que en Hombres maravillosos y vulnerables mete en una juguera a Palahniuk, Todd Haynes y Don Francisco. En todo caso, no creo que se esté haciendo un freak show literario. No hay nada parecido a un programa generacional. Simplemente pasa que nadie está dispuesto a comprometerse con ninguna bandera, salvo con la que flamea encima de la propia cabeza.
Al contrario, ¿qué temas echas de menos?
No me preocupan tanto los discursos ausentes como la displicencia de nuestras lecturas. Puedo estar equivocado, pero mi impresión es que a pocos autores le importa si lo que publicó el tipo que escribe en la vereda del frente es una mierda o no. Hay una batería de editoriales independientes cubriendo las espaldas de buena parte de la narrativa chilena sub 30, pero si siquiera los mismos autores se preocupan por enterarse de lo que está pasando en la editorial de al lado es difícil que la escena cobre relevancia. Cuando seamos lectores menos patanes, entonces se podremos hablar de algo así como el panorama de la narrativa nacional. Porque hoy en día lo que se ve apenas da para postal.
Esa re-visión del pais desde dentro es algo relativamente reciente.
Vicente Pérez Rosales hace algo parecido también en "Recuerdos del pasado", aunque desde la crónica. Pero más que una revisión de Chile, la "Geografía de lo inútil" finge una reconstrucción de la historia para poder hacerse cargo de los pequeños relatos y nimiedades que le dan sustancia al mundo. Es una novela que trata de esas pequeñas e insignificantes cosas que tanto nos importan.
¿Los referentes de tu obra parten de esa veta reflexiva de tu oficio?
Resulta extraño tratar de decir algo sobre las inquietudes filosóficas. Creo que es mejor hablar de los filósofos y sus problemas. Desde hace un buen tiempo ya que la filosofía se ha asumido como una disciplina endogámica. La filosofía es una rama de la literatura que escribe para sí misma y a la academia le preocupa más jugar a resolver problemas metodológicos e históricos que dar curso a las inquietudes filosóficas. Eso no es algo que me moleste. Después de todo, el del filósofo es un oficio más entre otros y está bien que haya quienes nos hagamos cargo de esa pega. Como sea, supongo que en mi novela hay algo, tal vez ciertos gestos, que simpatizan con Wittgenstein, Lewis Carroll, Perec y Carver. Pero no sé si eso tiene algo que ver con alguna inquietud filosófica.
¿A quienes destacas de tus compañeros de catálogo?
Además de Estilo y destrucción, de Julio Retamales, y Estornino, de Vicente Cociña, hay una antología de Jacques Dupin, El sendero frugal, que vale la pena revisar.