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Miércoles 27 de enero de 2010| por Marcos Moraga
Son cerca de las 21:20, se apagan las luces y más de 55 mil asistentes siguen en tres pantallas gigantes el recorrido del feo por el cementerio, correteando entre tumbas, completando la famosa escena de "El bueno, el malo y el feo" con la cual Metallica abre sus conciertos de éste, el "World Magnetic Tour". Y la verdadera película comienza en el escenario del Club Hípico de Santiago, donde anoche, los veteranos del metal se midieron por tercera vez ante su hinchada local.
"Creeping death" inauguró un bombadeo thrash que el vocalista y guitarrista James Hetfield, el bajista Robert Trujillo, la guitarra líder de Kirk Hammet y la batería de Lars Ulrich dejaron caer sobre el recinto de Blanco Encalada, a un volumen agresivo, proporcional a un sonido claro y robusto. Sin respiro, llega "For whom the bells tolls" y la arremetida de "The Four Horsemen": el repertorio comienza a cargarse hacia la cosecha de 1991 y previa.
Afuera, quejas en los vecinos, algunos colados que corrían por las pistas, más de 100 detenidos, un carabinero herido. Y pequeñas fiestas callejeras o mosh de esquinas, frente a cervecerías servían de antenas repetidoras para la caldera de adentro. Para el anecdotario: Metallica tuvo algún problema en el aeropuerto Arturo Merino Benítez, donde Aduanas retrasó su llegada hacia el centro de la capital.
Pero ya en sus dominios, era la fiesta de Hetfield. El vocalista preguntaba "¿Están listos?". Y "Harvester of sorrow" era desencadenada. Metallica sabe dominar las pausas y en ellas Hetfield invita a participar ("¿Sienten lo que yo siento?"), Ulrich se sacude el sudor y monta sobre su batería para azuzar al público antes de dar rienda a uno de los puntos altos de la noche, "Fade to Black".
De ahí a una serie de cortes frescos, servidos del reciente "Death Magnetic" (2008), que el respetable cabeceó con respeto, intercalados por "Sad but true", en una versión pesada, mucho gracias al bajo de Trujillo, estampado en esa canción con un diseño de payaso -cortesía de su grupo paralelo, Infectious Grooves-.
Trujillo, la última contratación de Metallica, es el dueño de cuatro cuerdas que trastean sólo lo justo y golpean fuerte sobre una base salvaje.
No se funde
Desde "One" y hacia el final, comienza la segunda parte: un capítulo atravesado por fuegos artificiales, erupciones de fuego y petardos precisos. Son los únicos lujos en una puesta en escena sobria de dos niveles y tres pantallas de alta definición, llenadas por tomas a la altura.
A Metallica se le puede acusar de mucha pirotecnia. Y sí, ahí está el solo de Kirk Hammet en "Nothing else matters", coronado por bengalas. Son extremos a mucha honra. Todo al extremo, como se le pide a su categoría. Y los quiebres complejos, perfeccionistas, con Ulrich como el héroe de la jornada, responsable de aplacar cualquier imperfección, incansable, todavía fino para entrar a la trituradora de "Whiplash" de "Kill 'em all" (1983), a la mitad de la segunda salida.
Y en momentos asoma lo curioso: es difícil poner un show tan potente al frente del activismo anti-descargas que lideró Lars Ulrich durante la última década. Contra cualquier arremetida de la piratería, van a estar bien: arriba del escenario tienen una voz única, su concierto pisa como gigante y se esfuma entre torres de fuego, dejando tímpanos lelos y cuellos tensos. Metal que no se funde.
"Seek and destroy" cierra la cita con una promesa del vocalista: "¡Vamos a romper el récord de volumen de esta ciudad!". Paseos por el escenario, baquetas y uñetas al público, palabras de mala crianza ("¡Están de acuerdo en que deberíamos venir algo más seguido que cada siete putos años!", grita Ulrcih) y el calor permanece aún cuando el fuego se va. En Beaucheff con Tupper, los saltos siguen.