
Domingo 7 de febrero de 2010| por Nicols Copano/ La Nacin Domingo
Se puede hablar eternamente del futuro de la música. Para agregar un nuevo factor a nuestras posibilidades de ocio (ya tenemos tele personalizada y radio plan downloads, además de cine pirata a minutos), llega el iPad a promover opciones de lectura.
Da la impresión que como la tecnología actualiza nuestros gustos, empezamos a dedicar tiempos especiales a actividades que muchos antes teníamos botadas. Y ésta no es la excepción.
Pero el iPad es una minicomputadora táctil. Y funciona en base a aplicaciones. Como el iPhone. Cuando lanzaron Guitar Hero para esa plataforma, se transformó en una aplicación extremadamente descargada. Y es que probablemente ese videojuego es lo más parecido a lo que la gente desea consumir a la hora de escuchar música.
Interactuar, sentirse parte de una banda, recibir estímulos. Otros son consumidores pasivos (probablemente los menos) que desean analizar y concentrarse en la calidad musical. Pero lo que viene es un nuevo consumidor en el que hay que poner fuerza.
Si hoy tuviese una banda, lo primero que haría sería regalar mi música en todos lados. Pero haciendo una inversión sumamente simple: sólo guitarra y voz.
Una suerte de demo. No me empeñaría a ser parte de una discográfica, sino de ser adaptado por un grupo de programadores en computación.
Les pediría que diseñaran una lógica de descargas: poder escuchar por streaming en YouTube, sin videos, canal de videos en VIMEO, bajar gratuitamente el disco en torrent y en cada canción pegar al principio una promo del site.
Para cerrar mi promoción, me preocuparía de no editar en físico, sino en formato aplicación. Una aplicación es más rentable: que cada canción traiga un microjuego, un video, una aventura. Si han jugado WarioWare en cualquier plataforma Nintendo, entenderán lo que digo. Volver el arte una experiencia interactiva y modificable. Que las canciones sean plasticina.
Por la aplicación cobras. Incluso puedes entregar demo de una canción. Y eso te diseña una masa dispuesta a ir a verte a un bar.
Arma un show en cada presentación: telonéate por un comediante, no por otra banda desconocida.
Integra a otros músicos de sorpresa en tus temas y que de pronto toquen solos: un show horizontal. Pon una silla al medio del lugar y en un momento camina entre la gente del local y toca ahí, que te rodeen.
Basta de la estrella de rock que mira desde el escenario con cara de ¿que están haciendo acá? La música tiene que ser social.
De pronto, hay que violar la estrategia. ¿Qué tal si por internet la banda es una radio? ¿Y selecciona su playlist y emite? ¿O si hacen un programa de televisión? Nick Jonas podrá ser un desastre, y sus hermanos también, pero hacen mucha plata y lo que quieren.
Con una cámara, ya estás comunicando. Ofrece conciertos gratis vía internet y en cumpleaños. Diseña masa crítica que entregue aguante. En este mundo de nichos, no queda más posibilidad que ser una pandilla con el público.