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Domingo 12 de febrero de 2012| por Carlos Salazar
La semana previa a la improvisada Guerra de las Pistolas de juguete en la Plaza El Llano de San Miguel, Juan Pablo, un niño de 10 años, hijo único y escolar de quinto básico, tapizó de carteles los alrededores del barrio. Los pegó en árboles, postes de luz y el diario mural de algunos de los abundantes condominos de la cuadra. La invitación era para una tarde de jueves a las 18:25 en punto y los datos de contacto estaban garrapateados con la letra de un niño más aficionado a las teclas que a la caligrafía.
Juan Pablo Stohwing se propuso encontrar otros niños en su situación: parqueados de verano que hacen puntería con sus armas de plástico contra el gato o los jarrones de la abuelita.
Incluso ya aburridos del computador, del Playstation y ansiosos de una cuota de vida real. A la antigua.
“Pensé que quizás otros niños tampoco tenían con quién jugar. A mi un amigo menor que yo me regaló una pistola de éstas que lanza balines de espuma”, dice blandiendo con energía una especie de pistola futurista que se carga con aire y dispara unos tampones con velcro que se pegan a la ropa de la “víctima”.
Ricardo, el papá del niño apoyó la idea desde un principio, pero con dudas sobre el éxito de la convocatoria. “Me pareció una idea linda, sana, como la de años antes. A mi no se me habría ocurrido hacer algo así”, cuenta. Separado de la mamá de Juan Pablo, recibe la visita de su hijo y suelen hacer duelos de juego en la plaza.
“Ese día ya eran como las seis y media y no llegaba nadie, Juan Pablo estaba medio bajoneado y yo un poco preocupado. De repente detrás de unas ramas apareció un niño con tenida de combate, un rifle de estos de colores, bien agazapado y buscando una guerrilla o algo así”, recuerda Ricardo. Así fueron llegando otros niños con sus papás y las armas de juguete que disparan dardos inofensivos. Tres niños más Juan Pablo que fueron un lote suficiente para asegurarse una tarde completa de guerra: “Hicimos equipos pares, después nos repartimos por la plaza y creamos bases. Después hacemos ataque y el que gana debe llegar a la base o matar a los demás. Nos quedamos como dos horas y media o tres. Igual lo pasamos bien”, cuenta. Aclara también que en la invitación estaban prohibidas las pistolas de agua para no jugar con la paciencia de los papás. “Al final todos se portaron excelente y captaron la filosofía de la guerra Nerf", evalúa el chico.
"Los nerds son otra cosa"
Una tarde de jueves común en la plaza ubicada en José Joaquín Vallejos esquina Ricardo Morales es una postal de niños en los columpios, parejas jóvenes corriendo detrás de un poodle o gente mayor trotando mientras aún se alarga el día en verano. “Sin ánimo de discriminar, te cuento que no todas las plazas son así. Cerca de Franklin por ejemplo, los niños no pueden andar hasta muy tarde en bicicleta, porque hay harto chorizo. Acá los niños se divierten en un buen ambiente, por eso lo apoyé cuando me dijo”, recuerda.
Agrega que un dia mientras se enfrentaba de igual a igual con su hijo pistola en mano, un niño le decía a su mamá: “Así me gustaría tener un abuelito”. Él se lo tomó como un halago, eso si: “Es que son muy entretenidas estas cosas”, reconoce. “Cuando me hablaba de las Nerf yo pensaba que Nerf significaba “tonto”, dice Ricardo, pero Juan Pablo lo corrige: “¡No po, papá, los nerds son otra cosa!” mientras el chico que también juega Guitar Hero, pero que por una extraña razón prefiere jugar al aire libre, carga de aire una pistola sacada de una fantasía bélica de Schwarzenegger y dispara una fila de balas de ventosa que se pegan en la ventana.
Actualmente algunos niños (e incluso adultos) también se organizan vía redes sociales para actividades parecidas. Y aunque Juan Pablo no va a dejar de pegar carteles en el barrio, deja su página de Facebook para quienes quieran sumarse a sus guerras de plazoleta los días jueves de lo que resta de verano. Dice que espera sumar más integrantes a estas filas de niños que de a poco vuelven a ver el sol, “y si es con los papás, mucho mejor”, cree don Ricardo.
“Las guerras se hacen ese día para no interferir con otros planes que las familias tengan los fines de semana”, aclara el muchacho y su papá lo avala: “Que los chicos vuelvan a jugar a la plaza es sano, es bonito. Uno mismo como adulto se pega a la TV y de pronto se da cuenta de que está atrapado, por eso es un alivio dejar la tele apagada, un relajo”, cree.
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