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La ciudad que la tierra quiere tragarse

La ciudad que la tierra quiere tragarse

En el krai de Perm, una de las 83 regiones administrativas de Rusia, la tierra está por tragarse a la ciudad de Bereznikí. Su mina de sal potásica le permitió prosperar, pero dejó su subsuelo como una cáscara vacía.

Jueves 15 de septiembre de 2016 | por Deutsche Welle   Publicado por: Patricio Gutiérrez Villagrán - Foto: AFP + Sigue a La Nación en Facebook y Twitter

Artículo sindicado desde nuestro Medio asociado Deutsche Welle

El jardín de los Chorow no delata la dimensión de la catástrofe. Su modesta cosecha de papas, tomates, eneldo y cerezas es la encarnación de un idilio; es lo único que le queda de bucólico al hogar que Irina y Andrej construyeron juntos en Bereznikí hace trece años. Es al entrar a su casa cuando salta a la vista el infierno en que se ha convertido la vida de la pareja: sus paredes muestran grietas espeluznantes, sus puertas no se pueden ni abrir ni cerrar, su estructura es como un esqueleto que se desarma sin remedio.

La casa de los Chorow está torcida. Tan torcida como las de sus vecinos. Todas han sido visitadas por fuerzas telúricas conjuradas en nombre del progreso y ahora sus habitantes son presa del miedo. En el krai de Perm, una de las 83 regiones administrativas de la Federación Rusa, la tierra está por tragarse a la ciudad de Bereznikí; explotada durante décadas, su mina de sal potásica le permitió prosperar, pero terminó horadando su subsuelo hasta dejarlo transformado en una cáscara vacía de 84 millones de metros cúbicos.

De aquellos barros, estos lodos

La mina es ocho veces más grande que la urbe sobre sus túneles. A 400 metros de profundidad hay espacio para 11.000 edificios residenciales de cinco pisos. No es de extrañar que el suelo bajo los pies de los Chorow se esté hundiendo literalmente. En la tierra se abren cráteres progresivamente, sin pausa. Algunos dejaron de crecer cuando medían seis metros de diámetro. Otros, los más grandes, son bocas de 600 metros de diámetro que desayunan árboles y almuerzan edificios, como los de las autoridades administrativas de la ciudad.

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Durante décadas, los mineros soviéticos cavaron vorazmente, no siempre respetando las ordenanzas pertinentes. Un buen día, el agua encontró su camino hacia la mina, las capas de sal comenzaron a deshacerse y las rocas, a desprenderse en las cuevas. La superficie cedió y desde entonces la tierra se ha estado abriendo en diferentes zonas de Bereznikí. Uralkali, la empresa que actualmente opera la mina, asegura que se han tomado medidas para garantizar la seguridad de la población, apuntalando las capas de sal superiores.

Fe en Bereznikí

“Eso les da estabilidad”, subraya la compañía Uralkali, acotando que ella trabaja siguiendo los estándares internacionales en minería. Los Chorow no se sienten reconfortados. No obstante, las zonas de peligro de Bereznikí son vigiladas por cámara; tres funcionarias del centro de control monitorizan las imágenes y toman nota de cada variación percibida. Fuera de las zonas de alto riesgo, la vida continúa como si nada. El sector en torno a la plaza central de Bereznikí no deja intuir el drama que se desarrolla en otros barrios de esa urbe.

El hogar de los Chorow ha sido catalogado como una casa “parcialmente habitable”. De ahí que Irina y Andrej deban luchar por una indemnización como la que han recibido otras familias. Ellos están conscientes de que la suma que recibirían no sería equivalente al valor real de su inmueble, pero tienen la esperanza de que el dinero les alcance para construir una nueva casa en una zona segura de Bereznikí. Y es que ellos se resisten a creer que esta ciudad de los Urales, a orillas del río Kama, vaya a ser engullida completamente por la tierra sobre la que se asienta.

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