
Domingo 29 de octubre de 2006
Roberto Farías
Pudahuel de noche. Los perros de la calle sueñan con huesos. Los flaites de calle Merino Correa se desvelan por dinero. Ni siquiera millones. Mil, dos mil pesos. El premio mayor: cinco mil.
"El problema no son los pacos, tengo permiso (un papel para operar juegos electrónicos, contrato de arriendo, patente de pool, etc.), sino la falta de monedas. Hay que saber tener un cerro de monedas para que éstos jueguen", dice el dueño del pool con tragamonedas Eladio Ríos Pérez, "Pachi" para los amigos.
A su distinguida clientela, los pedorreados pantalones les cuelgan del culo. Usan gorras de raperos, enormes zapatillas, parkas fluorescentes. Le tocan una ventanita de vidrio polarizado que Pachi sólo abre para cambiar monedas de 500, billetes de mil, de dos mil, por monedas de 100. Cuenta los turros con una fugaz mirada. Uno gana, la mayoría pierde.
Tuvo un almacén, quebró por los supermercados. Vendió gas, lo jodieron los camiones repartidores. El pool no daba para vivir. Una mesa apenas tiene paño, y en otra los flaites esperan sentados su turno para las tragamonedas, que son el real atractivo del boliche de madera y zinc.
La chusma está pegada a ellas como moscas a un lomo liso. Viejas guatonas, cabros chicos, cimarreros, mucho flaite, uno que otro viejo, vagos, mujeres con guagua, putingas del sector, borrachos. Todos echando monedas y dándole al botón.
Le toca el turno a un viejo cojo. Apoya la sobaqueada muleta en la pared y se aboca al asunto. Le pregunto a Eladio:
-¿No le da escrúpulos que el viejo, en vez de comprarse una muleta nueva, pierda la plata?
-¿Pierda? ¡Este viejo tiene una suerte! Escrúpulos, ¿por qué? No entiendo.
-Pero, ¿y qué me dice de los escolares? ¿No sería mejor que...?
Una joven mujer con una guagua en brazos cambia mil. Juega en el pin-ball, una especie de flipper simplificado. Pierde. Va a otra máquina. Sigue perdiendo. El bebé empieza a incomodarse, la muchacha se lo acomoda como un loro en el hombro. Gana 300. Juega las últimas monedas y se va. Apenas tendrá 18 años.
-¿Será la madre o la hermana?
-¿Qué de qué? ¿La hermana de quién? -responde Eladio desde Júpiter.
Todas las noches, Eladio debe tener 30 mil pesos en monedas de a 100 para alimentar su ávida clientela. Una o dos veces por semana pasa el dueño de la mitad de sus máquinas y le da su comisión del 20%, seis mil diario por máquina, en promedio.
Si queda corto de monedas es un verdadero problema. La clientela se va a otros tugurios. Entonces recurre a un sapo de las micros que le cambia 20 o 30 mil en monedas. Si no, va a las bombas de bencina, donde los micreros pagan el petróleo con las monedas de los pasajes. Los bomberos ni se molestan en desarmar los paquetes envueltos en hojas de cuaderno.
De la "pesera" de las micros a las insaciables máquinas, se calcula que tragan 16 mil millones anuales.
REYES Y QUINAS
Una tarde en la puerta del empresario Anselmo Gálvez (de enorme parecido a Flanders, de los Simpson), un camión descarga un container con máquinas traídas de China. A la mañana siguiente, el local hierve de pequeños comerciantes que quieren llevárselas a concesión. Es el más grande importador de Chile, Galf. Es el rey.
Para él es simple. Cuando en 1998 trajo las primeras máquinas funcionaban con fichas y no había problema. Pero cuando entregaron premios en dinero, todos vieron en sus números rojos los ojos de Lucifer. Polla y Lotería los persiguen porque le han dado un zarpazo al negocio de los raspes de 100 pesos, que era el vicio consumado del mismo público antes de las tragamonedas: El chanchito millonario, Raspe su sueldo, Black Jack, Cómplices, Las Vegas, Ruperto, El botín de la suerte, El gordo, Expedición Robinson, La rana chacotera, Horóscopo, Súper 7, La caja fuerte y, por supuesto, el inefable raspe de El rey de los huevones.
"Las mismas viejas, escolares y ancianos perdían sus monedas de 100 raspando y a ningún parlamentario le parecía escandaloso. Todos soñaban con millones que jamás ganaban. Ahora, la gente va por premios de dos mil, de de cinco mil, y se entretiene", dice Flanders-Gálvez.
Repite como buen alumno que las tragamonedas son juegos de destreza y no de azar, y por tanto son tan inocentes como esas máquinas para sacar peluches (los osos se apolillan sin que jamás haya visto un jugador con la destreza suficiente para sacar uno).
Defiende a brazo partido a las pin-ball, aquellas en que bolitas caen por un plano inclinado en diferentes hoyitos. A la primera línea de hoyos se les puede acertar mediante la fuerza del golpe. Él mismo intenta. Pierde. Segundo intento, pierde de nuevo. Hablando es mejor.
Dice no traer las "soccer", pero igual llegan a repararlas a su tienda. Es una pequeña máquina con un panel de botones y luces en la que no hay por donde influir en el juego. Aparentemente puro azar. "Ésas son de ciclo programado. Dan un premio cada 20 o 40 jugadas. Es de habilidad porque el jugador podría eventualmente, con mucha paciencia, estudiar la máquina y deducir cuándo va a dar un premio", dice. ¡Vaya!
"Las de cascada son netamente de habilidad", pero cayeron en desuso porque se requería "demasiada" habilidad y nadie les ganaba. Ahora vienen entrando las bingo, una con bolas en equilibrio y hasta una rana digital.
Gálvez dispara contra los casinos: "Ahí, los ricos pierden mi-llo-nes en una noche. Y nadie hace escándalo ¿Por qué los pobres no pueden tener algo parecido?".
Ojo, no dice nosotros los pobres, sino ellos, LOS pobres. Porque el juego se alimenta de pobres, pero da ganancias millonarias.
Hay dos asociaciones de empresarios de juegos electrónicos, como les gusta autodenominarse. Tienen asesores de comunicaciones, caros abogados para defenderse. En las oficinas de uno de ellos, en Apoquindo, cuelga un original de Pedro Lira, otro de Óscar Gacitúa, sillones de cuero, Vista panorámica... Más parece la consulta de un cirujano plástico. No hay feos tragamonedas en la oficina. Lo más parecido es la chillona corbata del siútico abogado.
LOS PROBLEMAS
No todos los empresarios están asociados. Algunos no dan la cara ni a la justicia. Al otro gran importador de tragamonedas Universe, Hsues Liao, lo investigan por exhorto en la Corte Suprema por lavado de dinero en Perú y colaboración con Fujimori. Allá hay un despelote de tragamonedas en cada esquina. Liao ya tiene prohibido el ingreso a Brasil, donde sus tragamonedas y el juego ilegal, con todos sus problemas asociados, tienen un caos social de difícil solución. Eso recién comienza en Chile.
Aquí hay "empresarios" conocidos por su eficaz marketing. A lo largo de Gran Avenida, Franklin, San Pablo, Mapocho, Independencia, los operadores a porcentaje se disputan el territorio a fierrazos. Cada uno tiene su apodo. El Pitilla, el Negro, el Pata-pata, la Rucia. "Siempre hay un vivo nuevo que quiere entrar", dice un locatario amigo de Eladio "Te hacen una oferta que no puedes resistir". Arrasan a fierrazos las máquinas. Y claro, nadie llama a Carabineros.
Por otro lado, está la justicia. 27 mil pesos la multa. Los locatarios tienen la orden de pagarla y guardar la boleta. La máquina da para pagar la multa en medio día.
Lo peor son las confiscaciones. En una ocasión hubo una "sin aviso" y a Eladio le llevaron dos máquinas "soccer". "Son las que más tienen problemas: son de azar, no son de habilidad. Yo no tengo idea. Si viene un inspector con carabineros dejo que se las lleven. Total, en la misma tarde me traen otras dos iguales".
Los empresarios defienden sus máquinas de la aplanadora en tribunales, y como ocurrió recientemente en Viña del Mar o Puerto Montt, las han obtenido de vuelta por errores de procedimiento o porque tienen curiosos permisos en el 50% de las municipalidades de Chile.
Pese a que la Contraloría, desde el 2002, insiste que las municipalidades no pueden autorizar esta actividad porque no está regulada (en el Parlamento descansan dos proyectos de ley sobre le tema), algunos municipios, como Santiago, Providencia, Ñuñoa, Pudahuel, Cerro Navia y muchos otros, les dan patentes a estos minicasinos basándose en un mismo dictamen de la propia Contraloría.
El Dictamen 40.392, de agosto de 2004, repite que las municipalidades no pueden autorizar actividades no reguladas, que la Superintendencia de Casinos no tiene atribuciones en este asunto, pero que, sin embargo, "les cabe a las municipalidades ponderar por medios de prueba [entiéndase peritos] la naturaleza jurídica de las máquinas en cuanto a si son juegos de azar o de destreza".
UN RARO AUTOGOL
Basándose en eso, las municipalidades y los operadores las han hecho periciar ante la Policía de Investigaciones, Labocar, Depto. de Computación U. de Chile, Universidad Mayor, Dictuc e ingenieros particulares. Sobre una misma máquina, algunos han dicho que es de azar, otros de destreza. Se usa el peritaje que más convenga. Algunos concluyen con dos líneas sencillas, otros con una parrafada imposible de entender sin un postgrado en física.
Las municipalidades timbran el peritaje y dan una patente especial por seis meses. Dos UTM por cada máquina. No es mal negocio. Según una alta fuente de Polla, un cálculo tímido arroja 3.200 millones de pesos en patentes por tragamonedas.
Eladio Ríos piensa que "le falta un pelito para que sea un negocio totalmente legal". Tiene su patente de pool con giro para juegos electrónicos y copia del peritaje de tres tipos de máquinas.
-¿Y qué dice el peritaje?
-No entiendo ni una lesera. ¿Los pacos? ¡Qué van a entender ésos! Si lo piden, le miran el timbre y se van.
Nunca más le requisaron una tragamonedas. Mientras, Eladio vigila desde su ventanita polarizada y sigue haciendo su sueldo. Los flaites siguen dándole al botón. El viejo cojo renguea hacia el fondo de los pasajes con mil menos y un perro le gruñe a su muleta. Como todo perro popular.