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  ¿Cómo se mantiene Silvio Berlusconi?

  Berlusconi ha dado más estabilidad a Italia que en ningún momento de los últimos 50 años. Los italianos saben que cuando él se vaya será un desastre. De manera que prefieren postergar ese día y optar por su encantador libertino.

Lunes 24 de agosto de 2009| por Peter Popham/Prospect

Durante los últimos 20 años, muchos líderes han sido súbitamente derrocados. Italia experimentó un momento como esos en 1992, cuando un escándalo de sobornos derribó a la mayoría de su clase política. Y su actual líder, Silvio Berlusconi, ha parecido maduro para una variante judicial del trato a Ceausescu desde que fue elegido por primera vez en 1994.

¿Qué clase de control tiene este plutócrata envejecido y lascivo sobre su pueblo? Municiones siempre ha habido: supuestas conexiones mafiosas; opaco financiamiento de su imperio televisivo; tácticas prepotentes y cuestionables prácticas de contabilidad.

Jueces trabajaron para levantar cargos. Pero una determinación y una habilidad para reescribir ocasionalmente las leyes significan que siga intocado.

Si la ley no puede derribarlo, algunos piensan que su debilidad por las muchachas sí podría. La prensa ha estado llena de truculentos detalles de este abuelo de 72 años.

En otras partes, los líderes podrían fantasear con eso, pero es impensable otra democracia donde un Primer Ministro pudiera sobrevivirlas. Pero a Berlusconi no le hacen mella. Su popularidad ha caído pero sigue cerca de 50%.

En 1994, Berlusconi, como Margaret Thatcher, ganó apelando a una clase media baja aspiracional que había perdido la paciencia con la elite.

Ahí estaba el antipolítico que llevó la serie "Dinastía" a sus televisores y cuyo éxito se derramaría sobre ellos. Las mujeres lo amaban.

Locuaces y rutilantes partidarias fueron desde un comienzo un rasgo de su apoyo. Algunos ven esto como el amor siempre perdonador de la mamma italiana por su mimada prole, y en ello hay un elemento de verdad.

Pero al mismo tiempo él era galante con su propia madre, proveía a su esposa e hijos, iba a la iglesia cuando era necesario y se preocupaba de mantener la "bella figura". Una vida privada caótica y una compulsión por seducir eran sólo parte del encanto.

En las últimas acusaciones, muchos italianos parecen haber encontrado poco que sea verdaderamente chocante. Berlusconi, dicen, siempre ha sido así.

Tuvo tres hijos fuera del matrimonio antes de divorciarse de su primera esposa y casarse con su amante. Incluso entonces fue promiscuo: el fallecido Carlo Caracciolo, fundador de La Repubblica, recordaba reuniones al desayuno, antes de que Berlusconi entrara a la política, donde "solía llevar cada vez a una chica diferente; parecía que le era una obsesión".

Como dijo Berlusconi con sorprendente candor en vísperas de la cumbre del G-8: "Así es como soy. Soy demasiado viejo para cambiar ahora. La gente me toma como me ve".

Su actitud es posible por el continuo apoyo de la Iglesia. De todos los candidatos que podrían dirigir a Italia, sólo Berlusconi es confiable en los asuntos que más importan a la Iglesia: aborto, eutanasia, fertilización in vitro y enlaces civiles. Aunque su pacto rara vez se explicita, es la piedra de la popularidad de Berlusconi.

Su promiscuidad no parece dañar su respaldo. Su coalición, en gran medida sin cambios desde 1994, une a secesionistas antisur de la Liga del Norte con la Alianza Nacional postfascista.

Juntar a estos intocables fue una movida no convencional, pero ha perdurado: ningún partido estaría en el gobierno sin él, por lo que ninguno quiere volverse en su contra ahora.

El factor aglutinante, sin embargo, es la falta de una alternativa. Berlusconi prometió en 2001 un milagro económico y nadie (ni siquiera los que se informan de las noticias a través de sus canales) cree que lo haya cumplido.

Pero, preguntan los votantes, ¿podría otros hacerlo mejor, dada la incoherencia del breve gobierno de centroizquierda de Romano Prodi (2006-2008)? Con todas sus fallas, Berlusconi ha dado más estabilidad a Italia que en ningún momento de los últimos 50 años. Y no tiene un sucesor que pudiera aspirar a mantener unida a su coalición.

Los italianos saben que cuando él se vaya será un desastre. De manera que, por cautos, conservadores y cínicos que sean, prefieren postergar ese día y optar por su encantador libertino por todo el tiempo que puedan.

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