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Viviendo con Henry

Por Alistair Horne

Kissinger es sensible sobre su posición en la historia. Sigue siendo una figura controvertida. Algunos quieren verlo inculpado por el derrocamiento de Allende o los bombardeos sobre Camboya.

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Lunes 7 de septiembre de 2009 | | Blog Lectores

Cinco años. Ese es el tiempo que me tomó escribir la historia de un solo año de la vida de Henry Kissinger, el 56º secretario de Estado de Estados Unidos (EEUU). Habla, espero, más de su incesante actividad que de mi indolencia. Conocí a Kissinger en 1980, cuando yo escribía la biografía oficial del ex Primer Ministro británico Harold McMillan. Mi investigación me llevó a EEUU, donde se me pidió actuar como anfitrión de McMillan en un evento. Por casualidad, me tocó sentarme junto a Kissinger. Resultó ser el inicio de una amistad, más espasmódica que estrecha.

Luego, en 2004, mi editor británico, George Weidenfeld, me propuso que escribiera la biografía oficial de Kissinger. La propuesta era tentadora. Pero me preocupaba la cantidad de trabajo: se rumoreaba que el archivo de Kissinger totalizaba 33 toneladas. Lo decliné lo más amablemente que pude. De inmediato lo lamenté. ¿Cómo podía yo rechazar una oferta para escribir sobre uno de los hombres más significativos de nuestros tiempos? Volé a Nueva York a ver a Kissinger. Almorzamos y salí con una contrapropuesta. ¿Podría quizás escribir sólo sobre un año? “¿Qué año?”, “¿1973?”. Para mi sorpresa, dijo: “Esa es una gran idea”. Se llegó a un acuerdo y comencé poco después.

¿Por qué 1973? Era el gran año. En octubre, el mundo se impactó con la guerra del Yom Kippur. El mes anterior, en Chile, el Presidente Allende fue derrocado por el general Pinochet. Fue el año del pacto para terminar la guerra de Vietnam, de la distensión con la Unión Soviética y Watergate. Y Kissinger ganó el Premio Nobel de la Paz y se convirtió en secretario de Estado. Preocupado por su sitio en la historia, me alentó a publicar el libro lo más rápido posible. Fue lo bastante generoso para asegurarme su permanente amistad, no importaba lo que yo escribiera.

Tras su retiro oficial en 1976, la vida de Kissinger sigue llena de interés y acción. En privado, actúa discretamente como consultor de líderes políticos y empresariales. Fue incluso llamado por Bush y se le pidieron sus opiniones durante las etapas más difíciles de la guerra de Irak. Esto fue después de que Bush le pidió una investigación oficial sobre los ataques del 11 de septiembre de 2001, rol que tuvo que dejar un mes después debido a inquietudes por potenciales conflictos de interés con su compañía consultora, Kissinger Associates, con clientes en el Medio Oriente.

Tal como la diplomacia secreta fue su sello distintivo en 1973, hoy sigue siendo inescrutablemente discreto sobre sus actividades. Pese a ser un adherente de los republicanos, tiene una alta opinión del Presidente Obama… y de Hillary Clinton, quien siguió sus pasos como secretaria de Estado. Me sorprendería si no estuviera trabajando activamente para Obama en operaciones por “canales no oficiales”. Aunque cumplió 86 años en mayo, su pasión por los viajes sigue siendo formidable. En un mes, por ejemplo, voló a Moscú, Beijing y Tokio sucesivamente. En Beijing, donde se lo reverencia como el estadista que sacó a China del frío, conoce a todos quienes importan. En Moscú, tiene puerta abierta a Vladimir Putin, que ha llegado a confiar en él. E, incluso ahora, tiene cosas que quiere lograr en la vida pública. Es un activista de larga data de la no-proliferación nuclear y pienso que le gustaría que su legado fueran nuevas iniciativas para terminar con el azote de las armas nucleares. Este es ciertamente un objetivo que ocupa sus pensamientos, más quizás que ningún otro.

Durante muchas sesiones, Kissinger estuvo siempre disponible. ¿Pero cuán abierto era? Su sucesor como asesor de Seguridad Nacional Brent Scowcroft me advirtió que “Henry podía decir la misma historia de diez maneras distintas a diez diferentes personas y nunca contradecirse”. Como descubrió su biógrafo alemán Evi Kurz, también podía ser opaco sobre su vida personal. Y sólo después de cuatro años de interrogatorios reveló detalles sobre sus experiencias en la batalla del Bulge en 1944. ¿Me gustó? Sí, y más aún cuando llegué a conocerlo mejor.

A medida que tomaba conciencia de los problemas que enfrentó en 1973, admiraba más todavía sus logros. Muy ajeno a la imagen del frío practicante de la realpolitik, descubrí a un ser altamente emocional y de corazón blando. En su cargo, fue un duro jefe de equipo y, sin embargo, casi todo su personal sigue siéndole afectuosamente leal, y muchos siguen trabajando para él. Le pregunté si se lamentaba de algo. “Sí”, respondió, “de no haber podido lograr la paz en Vietnam”. Tal vez el más duro golpe que le asestó el destino fue haberle concedido el Nobel de la Paz en octubre de 1973 por su rol en las negociaciones para Vietnam. Después de que Vietnam del Norte rompió los acuerdos de paz e invadió el sur, el honor se convirtió velozmente en cenizas en su boca.

En abril de 1975, tras la caída de Saigón, ofreció devolver la medalla de oro, no habiendo aceptado nunca el dinero. A mi parecer, sin embargo, Watergate tuvo tanta culpa en esa derrota como los esfuerzos de Kissinger en las negociaciones de paz. Y si los escandinavos hubieran esperado un poco, la historia tendría que haber reconocido a Kissinger por lograr la paz después de la guerra del Yom Kippur de 1973, convenciendo a Israel de devolver parte de la tierra que había ganado y despejando el camino para las negociaciones con Egipto.

Kissinger es sensible sobre su posición en la historia. Y no sin razón. Sigue siendo controvertida; en EEUU la gente lo ama o lo odia. Algunos escritores (como Christopher Hitchens) quieren verlo inculpado por crímenes de guerra en torno del derrocamiento del régimen de Allende en Chile o los bombardeos sobre Camboya. Mi investigación refuta en gran medida el primer cargo: Kissinger había instruido específicamente al embajador estadounidense en Santiago en contra de involucrarse en el golpe. En Camboya, mi crítica sería que el bombardeo fue estratégicamente inefectivo, así como moralmente cuestionable. Uno de los anteriores biógrafos de Kissinger lo acusó de ser “fuerte en realpolitik, pero débil en derechos humanos”. Su trayectoria dice otra cosa. Sólo en 1973 ayudó a llevar la paz a una crisis del Medio Oriente y sacó a la URSS de la región, preservando la distensión entre oriente y occidente. Creo que las generaciones futuras lo verán como uno de los estadistas sobresalientes de nuestros tiempos. Y yo, por mi parte, añoraré vivir con Henry.

Prospect, derechos exclusivos para La Nación

 
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