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  Una tormenta de mierda

  Luego de publicar un quemante artículo en la revista española "Ajoblanco", en la que describe su reencuentro con Chile y sus escritores tras 25 años de ausencia, el autor de "2666" corona su vuelta con una antológica participación en el principal evento literario de este "pasillo sin salida aparente", como denominó al país.

Domingo 1 de noviembre de 2009| por Claudio Pereda Madrid / LND

La historia fue revelada en marzo de 1999 por Roberto Bolaño, en un quemante artículo para la desaparecida revista española Ajoblanco, en el que reflexionó cómo había visto Chile al regresar por primera vez luego de 25 años.

Meses antes, en el último trimestre de 1998 la revista Paula lo había invitado al país a participar como jurado en su concurso de cuentos. En febrero de 1999 publicó en la revista de papel couché el artículo "Fragmentos de un regreso al país natal". Sus primeras impresiones, la llegada al aeropuerto con su familia y la entrevista de un periodista que al otro día tituló "A su casa nomás llega".

Pero vendría "El pasillo sin salida aparente", sus palabras afiladas publicadas en Ajoblanco donde, a partir de la cena en la casa de la escritora Diamela Eltit, surgiría la visión que Bolaño se formaría del ambiente literario nacional. Mirada parcelada, que luego se complementaría con críticas a la obra de José Donoso, y disparando contra la triunfante "nueva narrativa" chilena incluyendo a Arturo Fontaine, Carlos Franz y Gonzalo Contreras.

Fue un reencuentro complejo, pero que dio sus frutos, porque el medio literario nacional se adentró sin vaselina a su particular propuesta estética, logrando concitar interés en lo que fue su primera y única vez en la Feria del Libro de Santiago, hace exactamente diez años.

"LOS ESCRITORES CHILENOS PIERDEN EL CULO"

Lo que Bolaño llamó "la extraña voluntad de este país por hundirse en vez de volar" no tardó en emerger en medio de la Feria del Libro, donde recibió variadas muestras del repudio que su artículo había causado en varios ámbitos.

Fue denostado, incluso, en su aporte literario y hasta el sector periodístico ninguneó al escritor que, para más remate, ese mismo año 1999 había obtenido el Premio Rómulo Gallegos. "En realidad, ahí conoció los dos polos de la literatura chilena", recuerda María Elena Ansieta, que en esos años trabajaba en relaciones públicas de Planeta, la editorial que lo trajo para la ocasión a presentar su libro "La literatura nazi en América".

Fue ella quien le presentó a Pedro Lemebel, de quien Bolaño sólo tuvo elogios. En el citado artículo de Ajoblanco subraya que "es uno de los pocos que no buscan la respetabilidad (esa por la que los escritores chilenos pierden el culo), sino libertad. Sus colegas, la horda de mediocres procedentes de derecha e izquierda, lo miran por encima del hombro y procuran sonreír".

Para el escritor Jaime Collyer la gracia de Bolaño, a quien considera un "fuera de serie", es que "ahonda en un arquetipo humano que floreció en estos años: el del intelectual con devociones fascistas, un monstruo de nuestro tiempo". Y va más allá: "Él decía lo que pensaba, no hizo las piruetas ideológicas que varios de nuestros colegas han hecho ahora que muchos se han vuelto tan liberales, devotos de lo cócteles, calcetineros del poder, gente que arisca la nariz ante Hugo Chávez o Evo Morales. Por eso me parece absolutamente justificado el prestigio que hoy tiene".

SUEÑO CON LA ESTACIÓN MAPOCHO

La agente literaria Jovana Skármeta, recuerda que el paso de Bolaño por la Feria del Libro fue explosivo: "Lo principal es que la gente en Chile lo conoció y, sobre todo, pudo leerlo, lo que para él fue extraordinariamente gratificante. Siempre tuvo prestigio y lo que ocurre en la actualidad es el típico fenómeno que pasa cuando un autor muere joven, quiere saberse más de él".

Al año siguiente de su paso por la Feria del Libro edita "Nocturno de Chile", donde establece la figura de Sebastián Urrutia Lacroix (un cura Opus Dei que es crítico literario) y María Canales (una agente de la DINA que organiza fiestas en su casa). Originalmente el libro se llamaría "Tormenta de mierda", pero finalmente aceptó cambiarlo ante las sugerencias de Jorge Herralde y su amigo Juan Villoro.

El origen del nombre estaba en un sueño que se le repitió muchas veces antes de volver a Chile. Se veía regresando en tren hasta la Estación Mapocho. Al bajarse se percataba que no tenía ni pasaje de vuelta ni dinero, el cielo empezaba a nublarse y la lluvia se hacía inminente, mientras se daba cuenta que andaba en ropa de verano. Algo muy parecido a lo que le pasó hace una década, en la Feria del Libro, en plena Estación Mapocho, en Santiago de Chile.

CON WARNKEN EN LA FERIA

Roberto Bolaño está cómodo, pero consciente del papel que debe cumplir en el programa. La entrevista -emitida bajo el ciclo "La belleza de pensar"- se hace con el público de la Feria del Libro. Habla de sus preferencias literarias, con nombres de autores que en esos años resultaban poco conocidos como Enrique Vila-Matas, Juan Villoro, Rodrigo Rey Rosa y César Aira.

Cristián Warnken lo recibe con una cita poética de Gabriela Mistral, en la que se subraya con un dejo de premonición: "País de la ausencia/ extraño país/ más ligero que ángel/ y seña sutil (...) en país sin nombre/ me voy a morir". Bolaño habla de Enrique Lihn, de la correspondencia que mantuvo con él, de cómo Baudelaire le resulta un poeta absolutamente maduro y consciente de todos sus aportes y logros, estableciendo una suerte de nexo lírico entre Lihn y el francés.

Habla también de la soberbia de los escritores contemporáneos que esperan su lugar en el Parnaso. "La literatura es un oficio bastante miserable, practicado por gente que está convencida de que es algo magnifico. Puedo estar con veinte escritores de mi generación y todos creen que van a perdurar. Además de ser una muestra evidente de soberbia, es un acto absolutamente ignorante".

Hoy la entrevista se instaló para quedarse en YouTube.com.

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