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  Chile se reencuentra con su memoria

  A menos de una semana de su inauguración, miles de chilenos ya han sentido la urgencia de verlo con sus propios ojos. Quieren confrontar recuerdos y fantasmas, o entender versiones que les han sido contadas. De esos hombres y mujeres, de sus modos de mirar y de sus intensas emociones trata este relato.

Domingo 17 de enero de 2010| por Mariela Vallejos

La última vez que quedó desempleado, Yael Yapur (41) se puso a vender sopaipillas en la puerta de su casa. No le fue mal. Los obreros de una construcción vecina cruzaban la calle a diario para comprarle. Cubiertos de polvo y manchados de cemento, los trabajadores comían, tomaban café, bromeaban y regresaban a la faena. Y Yael se quedaba pensando en las increíbles ironías de la vida.

Poco a poco, los cimientos de la obra se fueron transformando en columnas, muros, escaleras y rampas, y un día, el edificio estuvo listo. Yapur había estado esperando ese día. Salió de su casa bajo un sol cegador sintiendo que emergía de las profundidades de la tierra. Iba vestido con el traje formal que se ponía para salir a buscar empleo, y llevaba un pequeño portadocumentos casi vacío. Atravesó la calle sin prisa, caminó por la explanada, respiró profundo y entró al Museo de la Memoria.

"Soy el preso político número 26 mil 809", contó Yapur esa misma mañana a la primera persona con que pudo hablar en el museo. "Tenía 19 años cuando me detuvieron junto a mi mamá y mi hermano, el 3 de agosto de 1987. Ahí mismo, en nuestra propia casa, ésa que usted ve ahí enfrente. Nos hicieron un simulacro de fusilamiento, nos golpearon. Después nos llevaron a un centro de torturas y estuvimos cuatro meses presos. Mi mamá era comunista, yo militaba en el FPMR. Después de la electricidad, sólo quería que me mataran. Nunca me recuperé del trauma".

A través de un ventanal del edificio nuevo, Yapur mira incrédulo hacia el otro lado de la calle. Nunca pensó que alguna vez observaría su vida desde este ángulo.

Como Yael, muchas otras víctimas de violaciones de derechos humanos han sentido la urgencia de conocer el edificio inaugurado el lunes 11 de enero por la Presidenta Michelle Bachelet y que da cuenta de las violaciones de los derechos humanos ocurridas en Chile entre 1973 y 1990. Los sobrevivientes no sólo buscan confrontar sus recuerdos. Ansían compartir y elaborar su dolor, y esperan que los demás visitantes -sobre todo los jóvenes- se pongan por un momento en su lugar. El recorrido por la exhibición remueve sus recuerdos, y la emoción los sobrepasa. Patricio Órdenes (20), uno de los jóvenes guías de la muestra y estudiante de Derecho de la Universidad Alberto Hurtado, ya aprendió a reconocerlos. "Están remecidos, emocionados. Saben más del pasado que nosotros y necesitan compartir su experiencia. Para mí es un privilegio conversar con ellos", dice. "Me han enseñado mucho en estos pocos días. Más que muchos libros de historia". Como sus compañeros, Patricio recibió entrenamiento para tratar a todos y cada uno de los que llegan: "Sabemos que éste es un tema muy sensible", afirma. "La visión de cada persona es distinta. Pero todas merecen el mismo respeto. Lo principal es aprender a escuchar".

El flujo de gente no se detiene. Pasos firmes, pasos débiles, muletas, sillas de ruedas. Rostros curtidos, abuelas con nietos, hombres maduros que explican a otros más jóvenes dónde estuvieron detenidos. Exiliados que toman fotos o graban con teléfonos celulares para llevar la experiencia consigo. Es la gente que fue tocada: sobrevivientes de las cárceles secretas de la dictadura y familiares de detenidos desaparecidos, de ejecutados y de torturados. "He conversado con sindicalistas, líderes obreros, gente que ahora vive en Suecia o Francia, que nunca pudo volver y que vino a Chile a ver a la familia, y supieron del museo", relata Órdenes. "Algunos andan solos. Otros están con hijos y hasta con nietos. Es bien emocionante verlos conversar".

Recorriendo el recinto que alberga unas 40 mil piezas documentales y audiovisuales (incluidas copias en papel de algunos de los millares de recursos de amparo presentados a la justicia de la época), encontramos a Sergio Romo Aguilera, ex dirigente de los trabajadores de Madeco, que hasta hace poco residía en Bélgica. "Este museo es un buen comienzo", afirma. "Pero falta evidencia de los campos de concentración que tenía el Ejército. Yo entiendo que el gobierno tuviera que ceder en cosas, pero hay que señalar a los que tienen las manos manchadas con sangre", lamenta. "A mí me torturaron, me destrozaron el hombro. ¿Quién me devuelve lo que perdí?"

Desde la perspectiva de las víctimas, nada es suficiente para compensar lo sufrido. Ni siquiera para relatarlo en toda su crudeza: "No están los implementos de tortura que uno conoció", reclama Yael, "apenas una parrilla eléctrica".

-¿Apenas?

-A lo mejor es uno el que está curtido -admite, tras una pausa-. Es que el trauma es demasiado grande. Tal vez hay cosas que nunca vamos a poder compartir con los demás.

Afuera, en la explanada destinada a las reuniones sociales, se producen encuentros fortuitos. "Perdone. ¿Me puede encender el cigarrillo?". "Por favor, sáquenos una foto". "¿Ya entraste?, ¿qué te pareció?". Para la parvularia Patricia Méndez (27) el museo resultó "una experiencia límite". Quedó choqueada. Sin saber la temática de la exhibición, ella y una colega llevaron a los niños de su jardín. "Por suerte no se dieron cuenta", dice, devolviéndose. "Me interesó como educadora, y voy a venir. Pero más preparada emocionalmente, con otro adulto con quien pueda conversar", concluye.

Como ella, hay toda una generación de jóvenes que se asoman a la historia reciente. Y también está la generación madura, que acude a articular sus propios recuerdos en una visión panorámica de país. "Yo vi por televisión cuando la Presidenta inauguró el museo", relata José Núñez, profesor (58). "Me impresionó mucho la emoción de ella. Su llanto interno, que no era de rencor sino de paz. Eso nos hizo pensar en lo que somos como sociedad y venir. Con mi señora estuvimos aquí antes de que abrieran la puerta".

"Yo traje a mis alumnos de octavo", cuenta la profesora Pamela Cortés (30), de la Escuela Alianza 1193, de Cerro Navia. "Los chiquillos saben lo que pasó, por sus padres y familiares que les han contado. Preguntan detalles y uno se da cuenta de que esto no es del otro mundo para ellos. Te sorprenden". Cortés pretende regresar. "No alcancé a ver mucho por preocuparme de los cabros. La próxima vez voy a venir sola. Uno necesita un par de horas de reflexión para asimilar la experiencia".

A la salida, del brazo de su marido, María Teresa López (65) cavila. "Sólo podemos imaginar el dolor de las madres que, hasta el día de hoy, no saben de sus hijos. Uno no calibra hasta que está acá y lo ve". El marido asiente y ella agrega: "Pero también es importante que valoremos lo que tenemos ahora. Lo mucho que ha cambiado Chile. Tenemos que cuidar lo bueno que hemos construido, no echarlo a perder. Antes de ponernos a hablar, cada chileno tiene que venir aquí y dar gracias por vivir en paz".

Desde el martes, miles de chilenos y extranjeros llegan cada día al museo entre las 9 de la mañana y las 6 de la tarde, a recorrer los 14 mil metros cuadrados del recinto. Se detienen a mirar artesanía hecha por prisioneros, muñecas tejidas por presas en la cárcel secreta en Pirque y que fueron rescatadas por sus familiares, dibujos infantiles o las cartas que el padre de la Presidenta, el general Alberto Bachelet, escribió desde la cárcel antes de morir de un infarto a causa de las torturas, y las que escribió en isla Dawson el ex ministro de Allende José Tohá, padre de la jefa de campaña de Frei. Las misivas conmueven a los visitantes: "Cómanse toda la comida", lee en voz alta una mujer de 65 años, explicando a su nieto de 16 que se trata de la carta de un prisionero a sus hijos pequeños. "Si no vuelvo, sepa que su negro la quiere", lee a continuación, explicando que se trata de una carta del mismo hombre que se sincera con su mujer.

Según las autoridades, la creación del Museo de la Memoria responde a la necesidad de que el país reafirme valores que le fueron negados durante la dictadura y que quedaron plasmados en imágenes, íconos y documentos. Un reconocimiento de esos valores como parte importante de su historia por la sociedad chilena, para avanzar en la construcción de una cultura democrática de respeto. Se trata, dicen, de un espacio que pertenece a toda la sociedad y cuyo objetivo es dar visibilidad a las violaciones de los derechos humanos ocurridas entre 1973 y 1990, más allá de las experiencias individuales para interpretar a todo el país.

En una emotiva ceremonia inaugural, la Presidenta Bachelet destacó que la obra refleja la unidad del país, labrada en 20 años de democracia. "La inauguración de este museo es una poderosa señal del vigor de un país unido. Unión que se funda en el compromiso compartido de nunca más volver a sufrir una tragedia como la que en este lugar siempre recordaremos", señaló emocionada la Mandataria. Finalmente, subrayó que lo sucedido "puede tener muchas explicaciones, pero ninguna justificación".

A menos de una semana de la apertura del museo, el libro de visitas consigna cientos de opiniones: saludos, críticas, propuestas. Yael Yapur no sabe si escribirá algo o no. Está más preocupado de seguir buscando trabajo: su pensión de 140 mil pesos no le alcanza para vivir con su hija de 4 años y su pareja. Con todo, tener el museo frente a su casa resulta una especie de imán. Dice que traerá las cartas escritas por su madre cuando ambos estuvieron presos. Son un testimonio que querría compartir. "Mi mamá, ahora fallecida, estaba preocupada de que yo no dejara de estudiar. Ni aunque estuviera preso", recuerda. "En una carta me pone que trate de dar exámenes como alumno libre. ¿Como alumno libre? Se pregunta ella misma. ¡Qué ironía! Pero insiste en que estudie y salga adelante. Así era ella. La echo de menos". //LND

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