
Martes 9 de marzo de 2010| por SERGIO MUÑOZ
Cuando se quiebra violentamente el orden en el que vivimos, y el miedo y la incertidumbre nos vuelven más vulnerables de lo que somos, cuesta tener una mirada clara y pensar con serenidad. Pero es aún más difícil si son frágiles los pilares éticos en que nos apoyamos.
En medio de un desastre, actuamos casi por instinto, pero incluso así se manifiestan las diferencias. El instinto de una madre será proteger a sus hijos; el de un carabinero, curtido en emergencias, auxiliar a la gente que pueda; el de un antisocial u oportunista, robar cuanto sea posible.
Chile fue golpeado por el quinto terremoto más destructivo experimentado por el planeta desde que existen mediciones científicas. De lo que se trata ahora es de dar la mejor respuesta posible a las calamidades que trajo consigo. En estos casos, sólo sirve unirse para reforzar el sentido de comunidad. Nos esperan tareas que sólo podemos enfrentar unidos.
No cuesta mucho probar que el gobierno tuvo enormes dificultades para medir la magnitud de la desgracia en las primeras horas con el fin de definir el mejor curso de acción (que la primera petición de la Presidenta Bachelet a EEUU haya sido el envío de teléfonos satelitales lo dice todo). Tampoco cuesta demostrar que la Armada falló en un momento crucial y que debe investigar a fondo lo ocurrido en el SHOA.
La verdad es que el conjunto del Estado mostró serias falencias. Hay allí un desafío inmenso. Nuestro país tiene la obligación de reforzar sus sistemas de alerta ante los desastres naturales para mejorar sus defensas y capacidad de respuesta. Ello exigirá cuantiosas inversiones para contar, entre otras cosas, con equipos profesionales de primer nivel y con alta tecnología en los ministerios de Interior y Defensa, la Onemi, los gobiernos regionales, etcétera.
Es necesario poner al día las leyes para que las FFAA actúen rápidamente ante una catástrofe mayor. Carabineros tiene muy claras sus obligaciones para tales casos y, precisamente por ello, actuó de inmediato de un modo que la población valora altamente.
A los jefes de prensa de la TV les costó zafarse de la compulsión sensacionalista que busca estremecer antes que informar. Se demoraron en entender que por el camino de mostrar 500 veces las imágenes de destrucción y dolor sólo contribuían a neurotizar y desmoralizar a la población.
A pesar de todo, en pocos días el país consiguió salir del estado de shock y fue capaz de activar el gran movimiento de apoyo a los damnificados en el que los militares han jugado un relevante papel.
En los días posteriores, hemos conocido casos de varios héroes anónimos que salvaron numerosas vidas; de madres que no tuvieron tiempo para llorar porque se preocuparon de organizar ollas comunes en su barrio; de jóvenes que partieron rápido a colaborar en los pueblos arrasados. Allí está la fuerza moral que debe inspirarnos.
La jornada Chile ayuda a Chile ayudó a poner las cosas en su lugar. La solidaridad no sólo permitió reunir dinero, sino que generó energía positiva en la mayoría del país. Es lo que más necesitamos.
Resistimos mejor que en el pasado. La ingeniería chilena superó una durísima prueba. Pero deberá ser todavía más estricta la fiscalización de las normas de edificación y habrá que sancionar la negligencia.
Chile es hoy más fuerte económicamente que en 1985, cuando hubo otro terremoto. Pero las nuevas necesidades serán muy altas y habrá que potenciar la asociación público-privada. Habrá que aprovechar la buena disposición de los organismos financieros internacionales para respaldar la reconstrucción.
Analizar lo ocurrido con criterios partidistas sólo conduce a la esterilidad y al extravío. El país sólo saldrá adelante si neutraliza las mezquindades políticas y se cohesiona de verdad.
Ésta es la hora de la unidad y la generosidad. Es valioso que los partidos de la Concertación hayan manifestado su disposición de cooperar con el nuevo Presidente en las tareas de reconstrucción. Es de esperar que Piñera esté a la altura de los tiempos. Debe sumar fuerzas y proponer una perspectiva integradora.
En los doce días finales de su mandato, la Presidenta Bachelet debió enfrentar circunstancias que habrían sido muy difíciles para cualquier gobernante. Y cumplió con su deber. En estos cuatro años, se ganó el afecto y el respeto de la mayoría de los chilenos y una alta estimación de la comunidad internacional. Recordaremos que en las horas más dramáticas, supo actuar con gran coraje y se puso a la cabeza de los primeros esfuerzos del país por ponerse de pie. ¡Salud, Presidenta!