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El efecto Biden

Obama tiene razón en estar enojado. Netanyahu, revelando el creciente gusto israelí por el statu quo, ha estado jugando con él. Hace un año, en marzo de 2009, escribí que “las nuevas políticas de Obama de diplomacia y diálogo en el Medio Oriente” implicarían “un probable enfriamiento en las relaciones estadounidense-israelíes”.

Martes 16 de marzo de 2010| por ROGER COHEN

Me tienta ver la visita del vicepresidente Joe Biden a Israel como una parábola: un tipo bueno se mete en un lío y la verdad queda revelada. Hemos tenido al Primer Ministro Benjamín Netanyahu aclarando el hecho de que “Israel y EEUU tienen intereses mutuos, pero nosotros actuaremos de acuerdo con los intereses vitales de Israel”. Por supuesto, EEUU tiene “intereses vitales”. Incluyen llegar a una solución de dos estados, para la cual el espacio físico se erosiona a diario mientras se expanden los asentamientos israelíes en la Ribera Occidental. La paz es un interés estadounidense vital por muchas razones. Pero durante la última década EEUU ha estado facilitando el costoso emprendimiento de los asentamientos vertiendo en Israel 28,9 mil millones de dólares. El objetivo estratégico de que haya estados israelí y palestino ha sido socavado por su diplomacia de cheques en blanco.

Bueno, adiós a todo eso... quizás. Algo cambió cuando a Biden se le agradeció su constante apoyo a Israel con un desaire: el anuncio de que otros mil 600 departamentos para judíos serán construidos en Jerusalén Oriental, una directa provocación cuando reanudar las conversaciones de paz es el propósito de EEUU. El Presidente Obama quedó furioso. En una administración vertical como ésta, uno no consigue que la secretaria de Estado, Hillary Clinton, arremeta contra Netanyahu durante 45 minutos y que el alto asesor de la Casa Blanca David Axelrod hable de “una afrenta” y de “un insulto” y de un paso “muy, muy destructivo”, si el mesurado líder de EEUU no está inmensurablemente irritado.

Obama tiene razón en estar enojado. Netanyahu, revelando el creciente gusto israelí por el statu quo, ha estado jugando con él. Hace un año, en marzo de 2009, escribí que “las nuevas políticas de Obama de diplomacia y diálogo en el Medio Oriente” implicarían “un probable enfriamiento en las relaciones estadounidense-israelíes”. Creía yo que Israel había leído mal, o subestimado, un giro estratégico básico de la Presidencia de Obama: un alejamiento desde la retórica de con-nosotros-o-contra-nuestra de la guerra al terrorismo hacia un acercamiento al mundo musulmán como la base para aislar a los terroristas. Bueno, aquí está el enfriamiento. No se puede tener acercamientos con los musulmanes mientras se condona la persistente apropiación israelí del espacio físico para Palestina.

La derecha israelí, sea religiosa o secular, no tiene interés en una paz basada en dos estados. Almorcé el otro día con Ron Nachman, el alcalde de Ariel, uno de los mayores asentamientos de la Ribera Occidental. Me dijo que “no puede haber un Estado palestino” y que “Israel y Jordania deberían dividirse la tierra”. Me gustó su franqueza. Clarifica las cosas. El tiempo para una idéntica franqueza por parte de Netanyahu. ¿Incluyen “los intereses vitales del Estado de Israel” seguir construyendo Jerusalén oriental y la constante apropiación de la Ribera Occidental, o tiene su adhesión a la frase “dos estados para dos pueblos” más que un significado de camuflaje? Las excusas de Netanyahu no bastan. EEUU está pidiendo “acciones específicas”. Yo diría que como mínimo éstas incluirían la anulación del plan los mil 600 departamentos. Israel debería también asegurarse de que su líder sepa qué están haciendo los miembros de su gobierno.

Éste es un momento decisivo. La violencia palestina, las incitaciones palestinas antisemitas y la infiltración yihadista en el movimiento nacional palestino, socavan las iniciativas de paz y son inaceptables, Biden estuvo en lo correcto al reafirmar el compromiso de EEUU con la seguridad israelí. Pero ya es tiempo de sobra para que las fallas palestinas dejen de servir como una excusa para la dispersión cínica y sin remordimientos de Israel del pueblo palestino en enclaves que hacen de su estado una farsa. Esa es “una afrenta” para Estados Unidos.

La incursión de Biden ha sido saludable. Sacó a la superficie los “intereses vitales” de EEUU. Desafió las políticas de la avestruz de Israel, que conducirán más probablemente a un Estado dividido y no democrático que a “dos estados para dos pueblos”. Volvió a hacer la pregunta formulada por David Shulman en la Universidad Hebrea de Jerusalén: ¿son todavía los sobreprotegidos israelíes capaces “de ver, imaginar y reconocer el sufrimiento de otros seres humanos, incluyendo aquellos aspectos de su sufrimiento por los cuales nosotros somos directamente responsables?”.

El diario de circulación masiva Ma’ariv puso en su portada una caricatura post-Biden de Obama cocinando a Netanyahu en una olla. Se suponía que ilustraba una relación “en llamas”. Pero la imagen (un negro cocinando a un blanco) decía también algo acerca de la manera en que Israel ve a sus críticos. Israel se equivoca al burlarse de sus críticos contractivos. Sólo ellos pueden sacar al país del atolladero de un Estado.

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