
Miércoles 17 de marzo de 2010| por TOM CHATFIELD
UN cerebro instruido es diferente, estructuralmente, a uno analfabeto. Es imposible establecer cómo surgen estas diferencias durante la infancia. Pero experimentos que comparan los cerebros de adultos cultos e incultos muestran un vínculo entre el gyrus angular, área del cerebro asociada al lenguaje, así como con patrones diferentes y más intensos de otras actividades mentales. Hemos aceptado desde hace mucho que la alfabetización es un hito fundamental. Hoy, sin embargo, los neurólogos enfrentan preguntas perturbadoras para muchos observadores: si ser instruidos cambia nuestros cerebros, ¿cómo sería un cerebro digitalmente instruido (uno configurado por interacciones con medios digitales)? Las evidencias son escasas, en especial sobre si una cultura de pantallas en la infancia es dañina. Pero están empezando a surgir investigaciones neurológicas que usan medios interactivos para ofrecernos un entendimiento más preciso de cómo trabaja el cerebro.
La Red Neuro-Educacional de Investigaciones, dirigida por el neurosicólogo Paul Howard-Jones en la Universidad de Bristol, está en primera línea. Con una mezcla de imágenes cerebrales y modelos matemáticos, Howard-Jones espera develar de qué modo interactúan tecnología y aprendizaje. Su objetivo es construir modelos de cómo aprende el cerebro durante las interacciones digitales (juegos de computación o al usar un computador para trabajos caseros). Un experimento usa un quiz computarizado donde los participantes responden preguntas con alternativas y, si las contestan bien, ganan una cantidad de puntos. Cuando fallan, se les revela lo correcto y se los alienta a aprender: se trata de descubrir cuándo más probabilidades tienen de recordar la respuesta y captar bien una pregunta la próxima vez.
El experimento se usa para testear diferentes modelos matemáticos de mecanismos de recompensa en el cerebro: mecanismos relacionados con los niveles de dopamina en el cuerpo estriado del cerebro. Éste es un neurotransmisor asociado con las conductas que buscan recompensa, y Howard-Jones ha podido aplicar un modelo que predice mejores tasas de aprendizaje en individuos que se someten al test. El trabajo brinda el inicio de un modelo empírico de cómo aprendemos a nivel neuronal, un modelo potencialmente capaz de predecirlo.
Una comprensión de la recompensa y la memoria es importante por muchas razones: permite a los investigadores calibrar la probabilidad de recibir recompensas para maximizar la emisión de dopamina. Usar esos resultados para optimizar las experiencias de aprendizaje a un nivel neurológico es un elemento de predicción potencialmente transformador.
Otro desarrollo relacionado está en el potencial de las nuevas tecnologías de aprendizaje para superar nuestra comprensible aversión al riesgo y el fracaso. Howard-Jones sostiene que los entornos digitales son buenos para incorporar incertidumbres (y perspectivas de fracasos) en una forma que no tengan un impacto negativo en la autoestima. Un juego de quiz, si está adecuadamente diseñado, genera un riesgo cómodo para las personas: dar respuestas equivocadas no se convierte en una barrera. Tal vez los resultados más excitantes están en un área conocida como memoria funcional, la capacidad de recordar información de corto plazo, como guardar un número de teléfono o el nombre de alguien a quien se acaba de conocer. Experimentos en este campo de Torkel Klingberg, profesor sueco de neurociencias, han mostrado que con un entrenamiento computarizado, aquellos con déficit atencional pueden mejorar significativamente. El sistema, Cogmed, ofrece una experiencia adaptable a cada usuario, diseñada para prolongar en el tiempo la memoria funcional mediante una serie de ejercicios. Otra investigación, de Susanne M. Jaeggi en la Universidad de Michigan, sugiere que el entrenamiento de la memoria funcional en los adultos puede incrementar el CI. Está en sus inicios, pero el potencial es amplio.
Una conciencia sobre este potencial es lo que sustenta los temores más comúnmente articulados respecto de los peligros de la cultura de pantalla en la infancia: que puede ser aislante, excesivamente imperiosa y dañina. Hay algo de verdad, porque es peligrosamente fácil pasarse muchas horas ante una pantalla. Es obvio que los niños no deberían pasar el día usando computadoras. Pero hay mucha menos evidencia de que los medios digitales hagan daño a sus cerebros de lo que suele suponerse. Todavía conocemos muy poco acerca del impacto neurológico de largo plazo de la tecnología. Pero la perspectiva de usar la neurología para comprender cómo responden nuestros cerebros a la información y cómo aprendemos, se está convirtiendo en una realidad. Dado que la cualidad definitoria de todos los medios digitales es su interactividad, hacer que estas interacciones respondan con precisión a nuestras mentes es una de las fronteras más excitantes del siglo XXI. Y promete no encadenarnos a nuestros escritorios, sino enseñarnos nuevas maneras de relacionarnos.