
Jueves 18 de marzo de 2010| por FREDY CANCINO
Un previsible desvanecimiento
La rapidez del fenómeno MEO demostró, terminada la urgencia y frenesí electoral, lo que precisamente era: una burbuja mediática que creció inflada e impulsada también por los propios errores de la Concertación, sin duda el principal adversario del ex diputado, ex socialista y quizás ex díscolo. Fue una burbuja a la cual bastó el pinchazo de la cruel realidad electoral para que perdiera su aparente fuerza política; es que no es lo mismo el entusiasmo por la elección presidencial, avivado por todos los interesados en encumbrar a Enríquez-Ominami, y la fortaleza política para construir un nuevo partido o referente nacional. Se necesitan ideas y no ocurrencias del momento, solidez conceptual y no intuiciones y olfatos, líderes y no charlatanes, audacia y no aventurerismo. En fin, todo lo que el candidato y su entorno no eran.
No dudamos que tanto entusiasmo tendrá alguna resaca política, ya hay anunciado un programa TV de conversación en que Marco seguirá exhibiendo toda su pirotecnia moralista y por encima de los vetustos políticos; seguramente algunos crearán un movimiento ciudadano para aprovechar el rescoldo de tanto fuego electoral; o algún otro se situará políticamente bien como exponente del 20%, ese otro Chile que seguirá dando dividendos.
Pero también, como somos desmemoriados, cándidos o pillos, Enríquez-Ominami sentará en un buen puesto político opositor para en cuatro años más repetir su numerito, o en dos años más saltar a una buena poltrona alcaldicia. Quien vivirá, lo verá.
El terremoto también es útil
Hemos escuchado por ahí más de una idiotez como reflexión post terremoto. La tragedia colectiva es caldo de cultivo para validar las teorías, sociológicas, políticas o sicológicas que sean. Este tipo de debacle natural sirve también para desnudar la sociedad, mostrar sus carnes y fallas sin el aditamento de la cosmética de la vida normal, de las luces y colores que después de todo hacen más agradable la pasada por este planeta. Y claro, cuando todo se reduce a lo esencial, a salvar la vida, comer, dormir, defender lo tuyo, afloran las posibilidades de leer esa nueva realidad con los instrumentos de la propia ideología o creencia, ésa que tenías de antes del terremoto.
Es una oportunidad para atacar con similar fuerza sísmica a los adversarios de toda la vida, para agigantar sus culpas y conductas. Y también para verificar la cualidad positiva de tus ideas y actitudes. De entre los escombros sale nueva savia para tus razones. Así, todo el aparato público es una masa de incompetentes, y viva la empresa privada; o a la inversa, privados y empresarios son la canalla que quedó ferozmente al descubierto en la tragedia. Los militares en la calle son ángeles o demonios según tu filosofía
pre terremoto. El Chile moderno y rico muestra pies de barro, o el país demostró su fortaleza económica y su garra nacional. Toda arista del gran sismo sirve para afianzar las propias razones. Ya lo había dicho yo es la muletilla de moda.
Hay una idea que salió por allí, absurda pero útil para el ecologismo fundamentalista: la naturaleza contraatacó por la intervención humana en el medioambiente. Como una inteligencia superior dio una lección de vida al país que construye carreteras, puentes y represas. Una enseñanza de humildad para quien quiera someter su fuerza y cambiar el planeta. Para qué ahondar en el sin sentido de esta aseveración. La única lección que deja la terrible hecatombe es que las cosas hay que hacerlas mejor, que Chile es un país de terremotos y que la prevención, siempre, es mejor que la curación. Y punto.