
Jueves 18 de marzo de 2010| por Editorial
El Colegio Médico, así como profesionales vinculados con los problemas de salud mental, han subrayado el escenario de estrés postraumático a que se enfrenta un amplio porcentaje de la población, debido al terremoto del sábado 27 de febrero, la alteración del orden público y las reglas sociales, las réplicas posteriores y -finalmente- el apagón o "blackout" del domingo 14 de marzo. Los especialistas, junto con dar a conocer su preocupación, han manifestado su voluntad de coordinar mecanismos de ayuda a las personas que lo requieran, sobre todo en las zonas que resultaron más dañadas por la catástrofe y que tienen menos oferta de servicios sanitarios. Las cifras indican que las consultas médicas en general han crecido en torno a 25% y han experimentado un salto las licencias y la compra de fármacos.
El análisis de los expertos describe con claridad los indicios asociados al marco de tensión: problemas con el sueño, ansiedad, oscilaciones del humor, desánimo, sensación de angustia y temor nocturno. A estas señales más sicológicas se suman respuestas fisiológicas precisas, como problemas estomacales, riesgo cardiaco y problemas lumbares y de columna. Estos síntomas, si bien alcanzan a un extenso universo, pueden hacerse más agudos en individuos sometidos a cuadros de incertidumbre mayor. En este escenario se ubican, por ejemplo, los que perdieron un familiar o conocido en la tragedia, gente que quedó damnificada o sin vivienda y aquellos que observan cómo su empleo podría hacerse más inestable. Un ámbito particular de inquietud son los niños, que demandan tratamientos más específicos de parte de sus padres y la institución escolar.
Desde luego este contexto se articula de modo muy directo con tendencias más estructurales y de largo plazo en la vida cotidiana de los chilenos, que pueden interpretarse a la luz de la configuración de una sociedad de masas, tecnificada, abierta, individualista, liberal y mayormente tolerante, aunque -por lo mismo- también más incierta e insegura. Son los rasgos asociados a una condición de la propia modernidad.
Las profundas transformaciones sociológicas de las últimas décadas son las que explican la distinta reacción de la población respecto del terremoto de hace tres semanas, en comparación con la respuesta de las personas, que podría definirse como más fatalista y resignada, ante los grandes sismos de 1960 y 1985.
Estos cambios son los que explican, por tanto, el distinto nivel de demanda y presión de la ciudadanía sobre el Estado y la empresa privada. Aunque los expertos destacan la importancia de la acción moderadora de las autoridades y las figuras de referencia a que acuden los individuos, valoran en paralelo la capacidad que ha tenido la sociedad civil de desarrollar estrategias de solidaridad, contención y mitigación. Se trata de señales que muestran una positiva conducta de resiliencia colectiva que debe ser profundizada y apoyada desde el Estado y otras instituciones.