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Domingo 21 de marzo de 2010| por Marcos Moraga
Axl Rose ha convertido la tensión en bandera. El grupo apareció en escena casi dos horas después de que el ex vocalista de Skid Row, Sebastian Bach, diera un concierto con más sangre de lo que sugiere su pega de telonero. Bach partió a las 21:20 y a los diez minutos ya agitaba una bandera chilena, gritaba en convincente español "¡esperamos 20 años por esto!" y prometía un "terremoto de rock n' roll".
Consiguió mostrar temas de su nuevo álbum "Angel Down", no paró de pedir volumen a su micrófono y hasta citó los movimientos de Tom Araya ("él es de Chile", se reía). Le preocupó tanto que el publico coreara su música -por supuesto que resultó con "I remember you" y "Youth gone wild"- como que vitorearan el nombre de Guns n' Roses, los dueños de casa ausentes. Se fue arropado con una bandera, gritando "¡Chi-le-es-la-ra-ja!", rojo de esfuerzo y con una sonrisa genuina. Un verdadero amigo de todos.
A las 00:30 horas aproximadamente, entra Rose entre la parafernalia rojo-comunista que adorna su último disco a la fecha, "Chinese Democracy" (2008). Con poco volumen en su micrófono abre con la canción homónima al álbum, y las presentaciones las tiende entre explosiones y bengalas.
Rápidamente se refugia en su repertorio duro: pasan "Welcome to the jungle", "It's so easy" y "Mr. Brownstone". Rose es generoso con una banda en que los integrantes están tratando de quitarse el mote de músicos de sesión. Tres reciben tribuna destacada: Richard Fortus, de guitarra a la rodilla y rasgueos agresivos, abre paso a "Live and let die"; Ron "Bumblefoot" Thal se da el tiempo de jugar con la música de la Pantera Rosa. Y ahí está Dj Ashba: una probable cruza entre Slash -lo emula desde el cigarrillo en equilibrio hasta el sombrero de copa- y el mago Chris Angel. Que estará lejos de llenar las botas del guitarrista más carismático que haya pasado por la banda, pero que siempre se procuró un primer plano, ya sea colgado al palco lateral o aprovechando su segmento en solitario para abrir, con total dignidad, el inagotable riff de "Sweet child o' mine".
No es ninguna sorpresa que los cortes seleccionados desde "Chinese Democracy" tengan menos convocatoria en cámaras al aire y público coreando que la selección de los años noventa y previa. Son canciones que se escuchan con respeto y gratitud, como una cuota de reciprocidad convenida con Axl Rose. Pero que de a poco parecen peajes impuestos antes de escuchar balazos con más calle como "Rocket Queen" o éxitos épico-radiales tipo "November rain".
Rose está en buena forma vocal, es capaz de desempolvar esos giros con micrófono de cuando tenía 20 años (y quizás kilos) menos y hasta hace de taimado cuando interpreta "Knockin' on heaven's door". Pero incluso el imaginario que cita en las pantallas de LED -desde iconografía política a pequeñas historias suburbanas donde las lágrimas corren sobre maquillaje barato- sugiere demasiada gravedad para una banda que reinó alguna vez por un hedonismo genial y atolondrado, por canciones algo complejas a las que nunca le faltó un riff memorable o el contoneo lascivo de una mujer en calzón con lentejuelas como imagen de fondo.
Ahora, Guns n' Roses se trata más de un grupo de músicos muy profesionales, impecables en técnica. De fuegos artificiales y explosiones con perfecta coordinación. De un vocalista que ya reconoce su pasado como "una marca": los movimientos, el pañuelo en la frente, la polera suelta y ajada, la mala onda que terminamos queriendo. Pero que, por suerte, todavía es capaz de perderse sin tanto cálculo, ahí donde el pasto es verde y las chicas son bonitas, como sigue cantando en "Paradise city", la canción con que despide a sus invitados. Por varios momentos, ahí estuvo Axl. Y lo acompañaron unos 15 mil.