
Miércoles 12 de mayo de 2010| por CHRISTINE LAGARDE
En respuesta a un periodista que me preguntó hace unos meses sobre la fortaleza de las mujeres en tiempos de crisis, sonreí y le dije que si Lehman Brothers hubiese sido Lehman Sisters (hermanas), la actual crisis económica se vería claramente diferente. Fue una broma por supuesto, pero revela algo sobre cómo veo las cosas. Cuando se llama a intervenir a las mujeres en tiempos de turbulencias, a menudo se toman en cuenta su aplomo, sentido de responsabilidad y gran pragmatismo en situaciones delicadas. Augur Capital, un fondo de capitales privados de Islandia administrado completamente por mujeres, es el único de estos fondos que ha pasado la crisis sin un rasguño.
Y en febrero de 2009, los ciudadanos de Islandia eligieron a una mujer, Johanna Sigurdardottir, como Primera Ministra en medio de la crisis financiera del país. Al otro extremo del espectro, Muhammed Yunus se orientó primero a las mujeres para promover el micro-crédito. Ellas representan ahora 97% de sus 8 millones de clientes en Bangladesh. Cuando lanzó esa revolución en 1976, él sabía que las mujeres usarían sus préstamos para desarrollar proyectos o comprar herramientas, mientras recelaba de lo que harían los hombres con el dinero.
Ha pasado largo tiempo desde que las mujeres estaban relegadas a hablar de las cosas del mundo a la hora del té. En la arena económica y política están asumiendo mayor poder. La actual crisis económica nos da una oportunidad para imponer enfoques más responsables, moderados y equitativos en las finanzas. La lista de mujeres que ocupan cargos de responsabilidad crece a diario y una mujer en una posición de poder ya no es la excepción que confirma la regla. Sin embargo, yo sé que nada puede nunca darse por sentado, que la situación aún es frágil y que se necesitan esfuerzos constantes para convertir el poder femenino en una realidad compartida.
Necesité cierta suerte y mucha voluntad para llegar al cargo que hoy ocupo. Tuve la suerte de nacer en un ambiente familiar que era tan exigente como estimulante. Crecer en una familia con cuatro hijos enseña disciplina, compartir y el significado del trabajo duro. Fui afortunada al beneficiarme de un sistema educacional desafiante, que desarrolla las capacidades necesarias para el éxito. Y tuve la suerte de hacer carrera en el campo que elegí, conociendo mentores y colegas que me ayudaron en el camino. Se necesita también mucha voluntad para dirigir la economía francesa y, a través de mis actos, influir en las decisiones que toman las autoridades políticas a nivel nacional e internacional.
No estoy haciendo esto por las mujeres, sino que como mujer estoy quizás más consciente del daño que ha causado la crisis mediante la codicia, el orgullo y la falta de transparencia. Como ministra de Economía, Industria y Empleo de Francia, estoy decidida a hacer todo lo que esté en mi poder para cambiar las reglas del juego y a esforzarme para asegurar que una crisis como ésta nunca vuelva a ocurrir.
Por el peso de la tradición, demasiadas culturas y muchos gobiernos mantienen aún hoy a las mujeres en un rol subordinado. No obstante, en la mayoría de los países todas las profesiones, excepto unas pocas, están abiertas para nosotras. Ya no tenemos que ser mejores que los hombres para ser aceptadas y nuestra lucha ya no es por el reconocimiento de jure, sino por el reconocimiento de facto.
Aun así, a la comunidad empresarial todavía le cuesta darnos los cargos máximos: el reparto de responsabilidades, la igualdad salarial y el equilibrio entre la vida profesional y la vida privada no siempre se experimentan de igual manera en ambos lados del techo de vidrio. Aunque la brecha de pagos se está cerrando gradualmente y las universidades reclutan tantas mujeres como hombres, si no más, muchos directorios de empresas y gabinetes gubernamentales deberían reflejar mejor la diversidad del mundo y nutrirse de diferentes puntos de vista y experiencias.
¿Necesitamos normas estrictas respecto de la paridad de géneros? Más bien juzguemos a las mujeres tal como lo hacemos con los hombres: sobre la base de sus acciones. El punto no está por cierto en borrar las diferencias entre mujeres y hombres, sino en estimar los talentos de cada individuo. Como dijo una vez Eleanor Roosevelt, una mujer es como una bolsita de té: nunca se sabe lo fuerte que ella es hasta que entra al agua caliente. Asegurémonos de que los talentos que emergen durante la crisis no pasen inadvertidos cuando nuestras economías se recuperen. Todos pueden y deberían contribuir.
* Ministra de Economía, Industria y Empleo de Francia
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