
Domingo 5 de septiembre de 2010| por Daniel Wiezenberg
Escribir hoy es escribir dos décadas después de la caída del Muro de Berlín. Esto no es sólo un indicador del paso del tiempo, también nos habla de un rasgo clave para entender a las nuevas generaciones de la segunda década del siglo XXI.
Quienes hoy tenemos entre 15 y 30 años crecimos posmundo bipolar, en pleno auge expansivo de la hegemonía del capitalismo occidental, aprendiendo a hablar mientras un tal Francis Fukuyama decretaba el fin de las ideologías, comenzando a desear, inducidos, combos de Mc Donalds y empezando la escuela (quienes tuvimos la suerte de ello) mientras en América Latina el mercado se inmiscuía cada vez más en las relaciones sociales y le ganaba posiciones estratégicas al Estado. Es decir hubo una cultura que, como cualquier cultura, nos encaminó hacia una forma de ser determinada.
Mario Benedetti supo decir que la peor herencia que nos dejó la dictadura (a los latinoamericanos) fue la mezquindad. Es que las dictaduras de los años 70 y 80 en la región iniciaron la edificación de una fuerza moral, afín a los intereses mezquinos que representaban, que fue complementada por gobiernos democráticos pero en la misma línea. La moral es la reflexión sobre lo bueno y lo malo y se vuelve fuerza moral (es decir: se politiza), en tanto, quien logra imponer su interpretación de lo bueno como lo bueno para todos es quien vence en la cultura, el ángulo más profundo de la política. Allí parece residir parte de una victoria dictatorial de la cual todavía somos contemporáneos, se estableció hegemónicamente una determinada forma de ser.
Las nuevas generaciones hemos recibido una fuerza moral signada por el individualismo, cargada de una resignación que parece decirnos no te metas, no vale la pena, haz tu vida. En síntesis, una interpretación de lo bueno carente de lazos sociales, imbuida por la competencia. He ahí la fuerza moral establecida.
Un filósofo argentino, Ricardo Forster, escribió que una verdadera democracia es aquélla en la que se da una lucha por ser árbitro de su sentido, de su gramática, por adueñarse de su decir pero en la que nadie lo logra finalmente. Es decir, hay un conflicto natural y permanente porque ninguna sociedad termina de suturarse del todo. En esa imposibilidad aparece, paradójicamente, la posibilidad de los jóvenes de discutir la moral y poner en duda el sentido de lo establecido. José Ingenieros (otro pensador argentino, pero de principios del siglo XX) supo pronosticar que cada generación anuncia una aurora nueva, la arranca de la sombra, la enciende en su anhelar inquieto.
Por eso, la tarea de la juventud (como buena aurora nueva) es decretar el fin del fin de las ideologías porque, como también señaló Ingenieros, la juventud no necesita programas que marquen un término, sino ideales que señalen el camino. Decretar el fin de los ideales es decretar el apaciguamiento del horizonte. Pero, atención, el horizonte es el anuncio, borroso pero visible, del futuro. Las nuevas generaciones, como levadura moral de los pueblos, podemos situar en ese horizonte la justicia social y marchar hacia él trazando alegría donde hay resignación, recuperando la política donde hay desesperanza y procurando no abandonar la lucha por la igualdad, porque si volvemos a ocupar los espacios comunes solidariamente estaremos no solamente interpelando al sentido común sino, al mismo tiempo, llenando de sentido nuestras propias vidas. Si se acepta lo existente y lo dado como lo que debe ser, se arranca a los hombres el timón de la historia en cuanto a posibilidades de inventar un futuro diferente del presente escribió Paulo Freire, por lo que si renunciamos masivamente a la política, lo hacemos también al futuro. ¡Atención y en marcha! //LND