
Domingo 5 de septiembre de 2010| por Esteban Beltrán
Hace doce años que no venía a Chile. Entonces, Pinochet acababa de ser detenido en Londres y era un aniversario más del sangriento golpe militar. Hoy, cuando vuelvo a presentar un libro -Derechos torcidos- no puedo evitar pensar en lo que era el país y en lo que hoy es.
Acabo de recorrer el Museo de la Memoria y al hacerlo confirmé el abismo que separa a España y a Chile en el cumplimiento del derecho a la verdad, justicia y reparación de crímenes internacionales. En el libro mantengo que la transición española a la democracia no fue modelo para el mundo, afortunadamente. Mientras en Chile se levanta el museo, se abren procesos judiciales -aunque con limitado número de condenas-; en España es demolida la cárcel de Carabanchel, que albergó a miles de presos de conciencia y relatos estremecedores de torturas, y nuestra Corte Suprema procesa por prevaricación al único juez -Baltasar Garzón- que se ha atrevido a investigar más de 114.000 casos de desaparición forzada. ¿Cómo explicar a la clase política de mi país que no se puede pasar la página sin leerla?
Mantengo también que uno de los principales problemas del mundo no es el terrorismo sino la forma en que los gobiernos dicen combatirlo, recortando libertades y disminuyendo derechos. Aquí no puedo dejar de reseñar mi asombro por el hecho que, en plena democracia, en Chile, se sigan aplicando leyes antiterroristas, especialmente a indígenas.
También afirmo que la pobreza no es inevitable, es una violación de derechos humanos de la gravedad de la tortura, y, como ella, tiene responsables definidos y políticas injustas que recortan el derecho a salud, educación o vivienda digna. ¿Soy yo la única persona que se asombra porque a pesar de las hambrunas, los desalojos forzosos o la negación a las niñas de la posibilidad de escuchar un profesor, no haya nadie acusado de este tipo de violaciones de DDHH?
En relación a Chile, es alentador que desde el año 1990 a 2009 se haya reducido la pobreza, y refuerza mi tesis de que ésta se puede evitar; pero también hay que preguntarse por qué ha aumentado en los últimos tres años. ¿Puede una persona empobrecida en Chile reclamar una vivienda digna a un juez cuando este derecho ni siquiera está en la Constitución?
Doce años después el panorama humano ha cambiado. Chile se ha convertido en un país que recibe inmigrantes -muchos de ellos peruanos- y Europa se ha convertido en un continente que necesita inmigrantes para los trabajos que no quiere desempeñar o por la baja natalidad, pero desesperadamente los rechaza intentando que no lleguen y, cuando llegan, los expulsa.
En el libro mantengo que la inmigración no es un peligro para el país de acogida, si éste es capaz de diseñar una política ordenada de llegada e integración. El punto de partida debe ser: no tener papeles no significa no tener derechos e inmigrar no es un delito. ¿Tiene Chile una política de inmigración capaz de combatir el racismo? No cometan el error europeo de legislar tarde y mirando las encuestas de una sociedad atemorizada por la llegada de inmigrantes. Indudablemente el país ha cambiado y hoy se enfrenta a preguntas básicas para gobernar y ser gobernados: ¿Es la pobreza inevitable?, ¿Es la inmigración un peligro?, ¿Se aplican sólo a terroristas las leyes contra el terrorismo? //LND
*Director de Amnistía Internacional España, escritor.