
Domingo 28 de junio de 2009| por DIEGO MOULIAN
Quienes transitan por la calle Inés Matte Urrejola deben hacerle el quite a las decenas de colegialas que todos los días se instalan a las afueras de los canales de TV. Son jaurías de escolares cimarreras a la caza de las figuras de la industria televisiva criolla. Apenas aparece un "rostro" -aunque sea el hombre del tiempo- se lanzan eufóricas sobre su humanidad, con sus celulares y cuadernos en ristre, para sacarse una foto junto a él y conseguir un autógrafo. A sus ojos, basta con aparecer en pantalla para adquirir la calidad de un personaje famoso cuyo retrato es digno de ser atesorado en el álbum de los recuerdos.
Barack Obama ha acaparado miles de portadas de diarios y minutos en televisión desde que comenzó su ascendente carrera política. Sin dudas, es uno de los hombres más populares del mundo, y, por lo tanto, es comprensible que los sabuesos de la prensa nacional hayan cedido a la tentación de fotografiarse al lado del John Kennedy del siglo XXI. No lo entendieron así los periodistas norteamericanos, siempre tan serios, objetivos, circunspectos y carentes de la típica espontaneidad latina. Reaccionaron indignados, acusando a sus colegas chilenos de olvidar la objetividad periodística y sobrepasar la frontera que separa al reportero del admirador.
Algo de razón tienen estos gringos fomes. Dejando de lado las consideraciones acerca de lo que debiera ser el desempeño riguroso del periodismo, tras el incidente de la foto hay un problema estético. Resulta poco decoroso que los representantes más granados de los principales medios nacionales actúen como fans del nuevo ídolo de la política mundial, corriendo y empujándose para aparecer junto a él, tal como lo hacen las calcetineras que cotidianamente persiguen a Felipe Camiroaga a la salida de TVN.
La escena me hizo recordar el Festival de Viña pasado, cuando los reporteros de espectáculos se comportaron de la misma forma que el público que esperaba a Leonardo Farkas fuera de su hotel con la esperanza de recibir alguna dádiva. En vez de contentarse con billetes lanzados al cielo, los profesionales de la prensa le exigieron al excéntrico millonario una fiesta bien regada y con harta comida. Feo, muy feo.
En todo caso, no hay que escupir al cielo. Nadie está libre de pecado. Así como los diputados que chatean en el hemiciclo son representativos del chileno medio bueno para sacar la vuelta, los enviados especiales a Estados Unidos sólo fueron los embajadores de todos nosotros, habitantes de un país provinciano que fácilmente nos dejamos obnubilar por las luces del primer mundo y vivimos pendientes del reconocimiento exterior. Un país que es acogedor y amable con el amigo cuando es forastero, sobre todo si es poderoso y famoso. Así se explica la actitud de una destacada periodista televisiva que -usando un lenguaje menos coloquial- le lanzó a Obama la clásica pregunta que condensa la consabida hospitalidad nacional: ¿Cuándo vái pa' la casa?