Oprimidos y opresores
“Dawson Isla 10” es una cinta sobre “oprimidos y opresores encerrados en un perdido lugar de la tierra”, dice Miguel Littin. Es cierto, detrás de la frase hay una mirada sobre una época y un suceso. Littin no lo quiere negar. No por nada estrena un 10 de septiembre y reconoce abiertamente que es un filme “allendista y de reconciliación”. En términos estrictos, no hay nada terrible en tener un discurso a la hora de filmar, pero en este caso, la cinta comete demasiados errores por querer afirmar su tesis.
Basada en el libro de igual nombre que Sergio Bitar escribiera a partir de la experiencia de encierro en Isla Dawson, la cinta se concentra en la vida cotidiana de los ex ministros de Allende durante los días posteriores al golpe militar. Vemos a Bitar, Flores, Jirón, Tohá, enfrentar el frío y la incertidumbre, usar el tiempo libre para tallar piedritas, arreglar aparatos, reconstruir la iglesia, pero no vemos mucho de sus historias personales o sus miedos. Vemos tan solo la superficie de la historia, la fotografía del lugar y del momento. Pero no a sus personajes y sus diferencias.
Esto es lo contradictorio y una de las razones por las cuales la cinta de Littin se siente distante y manipuladora. Presenta los hechos de manera plana, pero los adorna con los peores recursos cinematográficos para dar cuenta de su idea. La voz en off de Vicuña que interpreta a Bitar no sólo entorpece el relato, le resta fuerza a las imágenes. El uso de la música demuestra que hay una clara intención por emocionar, pero olvida que para eso está la historia misma. Muchas de sus escenas, como la de Tohá entregando sus guantes (los que por error de continuidad aparecen en la siguiente escena), la lectura de las cartas con voz en off de niños, las amabilidades de algunos militares, las escenas en blanco y negro en La Moneda en las que vuelve a poner en duda el suicidio de Allende, se sienten como estrategias, y no como las parte que integran una historia.
Si se piensa, esta es una cinta sobre prisioneros, pero no hay nada que aterrice en la historia las vivencias de los hombres, prisioneros o militares. Esto no se trata de falsear un suceso histórico concreto, no se trata de hacer a los malos, peores y a los buenos unos santos. Tampoco de convertir gestos de bondad en actos heroicos. Aunque algo de eso hay cuando por ejemplo Bitar corre a buscar una Biblia, el militar “malacueva” (Dubó) lanza sus chistes o la misma escena en la que el joven Puccio va detrás de camión que lleva a su padre. Cualquiera podría creer que será asesinado, pero la verdad es que murió muchos años después.
La sensación que queda viendo “Dawson Isla 10” es que Miguel Littin tomó decisiones erradas para contar su historia. Prefirió ser excesivo a ser sutil. Prefirió el discurso por sobre la historia. Lo extraño es que es posible ver detrás de todo eso, una película que perdió la oportunidad de ser contada con justicia. Dan ganas de imaginársela sin la música, sin el drama adicional, sin la voz en off, sin los recursos facilones para empatizar. Si así fuera probablemente el resultado sería otro, porque la historia se armaría en nuestras cabezas, pero las películas son lo que son y no lo que quisiéramos que sean.