
Viernes 21 de agosto de 2009| por RAUL SOHR
El peor atentado desde que las tropas estadounidenses se retiraron de las calles de Bagdad: 95 muertos y más de 500 heridos. Una serie de vehículos estallaron de manera casi simultánea. Algunos en la llamada Zona Verde de la capital, considerada como la más segura. Los ataques son un revés de proporciones mayores para el Primer Ministro, Nouri Maliki, quien venía de anunciar el desmantelamiento de una serie de muros construidos precisamente para proteger a la población de estos estallidos. Los muros fueron erigidos para separar a las comunidades sunitas y chiitas en el período, de 2005 al 2007, en se vivió una virtual guerra civil que dejó cientos de miles de víctimas. Las milicias sectarias produjeron una separación político-religiosa.
Los chiitas en el poder, desde la caída de Sadam Hussein en 2003 operaron desde el Ministerio del Interior en la persecución de los sunitas. En especial aquellos que alguna vez fueron miembros del partido Baas, al que perteneció Sadam. En esta tarea fueron apoyados por las fuerzas de ocupación, que prohibieron a los baasistas desempeñarse en cargos gubernamentales. Esta represión alentó la insurgencia sunita que protagonizó una larga serie de feroces atentados. La violencia y el caos que dominó el país alentó la aparición de Al Qaeda en Irak, una organización sunita pero sin vínculos con el Baas. Para frenar a Al Qaeda, Estados Unidos pactó con sectores sunitas e incluso financió sus grupos de "vigilantes". La política dio frutos.
En parte el daño ya estaba hecho: la separación física entre sunitas y chiitas se había consumado. Peor, unos cinco millones de iraquíes partieron al exilio. Muchos a Siria, país que siempre mantuvo sus fronteras abiertas. La subvención a los principales clanes sunitas y las amnistías contribuyeron a pacificar a los insurgentes. Esto a su vez llevó a los chiitas y al más bélico de sus líderes, el clérigo Muqtada Al Sadr, a aceptar una tregua que con el tiempo cobró cierta fuerza.
Los kurdos, el tercer gran protagonista del drama iraquí, están situados en el norte y han aprovechado el tiempo para consolidar una gran autonomía. Pese a que también han sufrido atentados, la economía de la región kurda ha progresado como ninguna otra. Los kurdos han fortalecido su capacidad militar mediante sus fuerzas, conocidas como los peshmergas. Además, la región es rica en petróleo, lo que daría viabilidad a un Estado kurdo, que pasaría a llamarse Kurdistán.
Uno a uno han salido los diversos contingentes de 40 países que conformaron la Fuerza Multinacional-Irak. Los británicos sacaron sus últimas tropas del puerto de Basora el mes pasado. Estados Unidos tiene un calendario para abandonar el país, en 2010, y desde ya busca no participar en patrullajes callejeros y combates. Las tropas se mantienen como una suerte de reserva para el gobierno de Maliki. Pero a medida que se acerca la hora de la verdad, en que los iraquíes deberán definir su futuro, aumentan las tensiones. La invasión norteamericana no resolvió los problemas. Lejos de convertir a la nación árabe en faro de prosperidad y democracia para el Medio Oriente, la empobreció. El país ha vivido seis años de zozobras y todo apunta a que vienen nuevos tiempos difíciles.
La duda sobre si Irak, que nunca tuvo un gobierno democrático, puede constituir un Estado moderno unitario sigue vigente. Con anterioridad a la caída de Sadam los sunitas, apoyados desde los tiempos del Imperio Otomano, ejercieron el poder y reprimieron en forma brutal a chiitas y kurdos. Es comprensible que, más allá de sus múltiples errores, Washing-
ton no haya encontrado la fórmula para una convivencia entre las diversas facciones. Irak nunca existió por la voluntad soberana de sus ciudadanos. Fue una invención colonial británica, que buscó acomodar a grupos que hubiesen preferido otras opciones. Los chiitas estaban más próximos de sus correligionarios iraníes. Los kurdos quieren su independencia y los sunitas tienen más afinidades con los sirios y los jordanos. Salta a la vista que las piezas del rompecabezas iraquí no calzan.