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Santiago TRIPLE X

Santiago TRIPLE X

Nunca antes había ido, pero sentía curiosidad por la fauna humana que se encierra en esas estrechas salas a ver sexo en primerísimos planos. Y también, lo reconozco, para saber qué pasa cuando una mujer se atreve a ingresar a este ambiente casi netamente masculino. Así que fui, pagué una entrada y...

Domingo 15 de junio de 2003

¿Cuánto vale la entrada?-, pregunté a la cajera.

-Mil-, me respondió seca, mirándome fijamente a los ojos y con abierto rechazo. No pude evitar pensar que esa era, sin duda, una de las peores miradas que alguien me lanzó alguna vez en la vida. Pese a ello no me sonrojé, aunque estoy segura que era lo mínimo que esa mujer esperaba de mí: un poco de vergüenza.

Yo, al contrario, me mantuve intacta. Le pasé las dos "lucas" (ella nuevamente me tiró un par de molotov por los ojos), recibí los boletos y bajé al subterráneo con JP, un colega que se ofreció gentilmente a acompañarme a modo de guardaespaldas.

Al igual que la mayoría de los cines porno, el Hard Cinema se encuentra en una galería céntrica escondida (Huérfanos 786) y en un subterráneo. ¿Qué lo distingue? Tras el fin de la censura en Chile esta sala exhibió la primera película XXX en el país: Blanca Nieves y los 7 Enanitos. Además ahí funcionaba la ex Sala Azul, de propiedad de la actriz Ana González, quien, según el propio administrador del cine porno, nunca se enteró del destino que tuvo su teatro.

¿Adelante o atrás?

No es por cartucha o algo parecido, pero debo reconocer que nunca antes había visto una película porno. Esas en que el argumento de la película se reduce a un "¡Ohhh, Ahhh, Uhhh, Yess, Yes!" repetido hasta el cansancio. Menos se me había cruzado por la cabeza pagar una entrada para ver un revoltijo de cuerpos sudando y penetrándose por cuanto orificio alguien pudiera imaginarse.

Primero porque creo que el porno, además de ser un tanto chocante, es sobre todo latero. Y segundo, porque esas salas antiquísimas, apostadas estratégicamente en oscuros subterráneos no me daban muy buena espina, en especial por el rumor insistente de que muchas de ellas se habían convertido en lugares de encuentros sexuales gay y hétero.

De ahí la insistencia de mi colega en acompañarme. Él mismo siendo estudiante de periodismo había tenido que visitar una de estas salas y su impresión no era la mejor.

Bajamos las escaleras hacia el subterráneo. Nos recibe un desagradable olor a humedad. Abajo un tipo sesentón nos corta los boletos y nos mira a ambos, pero sin mayores gestos. Inmediatamente un acomodador de la tercera edad prende su linterna, levanta una cortina negra y pesada y pregunta a viva voz:

-"¿Dónde prefiere?, ¿adelante o atrás?" -parece un chiste de doble sentido.

-Atrás-, le digo (para tener mejor panorámica).

Son las 17:20 horas del miércoles. Y mientras afuera el cielo sobre Santiago estaba a punto de vivir su propio orgasmo -lanzando bocanadas de aire tibio y unos gruesos goterones-, en el Hard Cinema una sala repleta de hombres está con el termostato a full. Al ojo, más de cien personas, coincidimos con JP.

Un promedio de público que se repite en las otras ocho salas triple X de la capital, que al día promedian entre 250 y 350 espectadores, según me cuentan el administrador del mítico cine Capri y la cajera del Apolo.

Mientras camino hacia la butaca iluminada por el proyector y la linterna, las miradas de los varones que están sentados se posan sobre mí. No quise ni siquiera imaginar lo que pensaban al ver una mujer como consumidora de cine porno, pero tenía una idea por lo que me había dicho la cajera del cine Apolo: "lo único penca del negocio es que algunos tipos creen que porque una es cajera de un cine triple X está dispuesta a todo. Yo ni siquiera conozco las salas y trabajo aquí cortando boletos no más para alimentar a mis cinco hijos".

Suspiros calientes

Nos acomodamos en la zona caliente, donde se supone que algunos aprovechan la mayor oscuridad para dejarse llevar por el calor ambiental, sin pudores. Al minuto de habernos sentado al menos cuatro personas que estaban atrás nuestro abandonaron la sala. Quizás se sintieron funados, pienso.

La oscuridad inicial -que daba esa horrible sensación de no saber en qué patas de caballo uno está metido- iba cediendo lentamente y permitía divisar las cabezas de las butacas y alguno que otro detalle. Reconozco que estaba algo tensa, en especial cuando el silencio de la sala era interrumpido por el restregar constante de los pantalones varoniles en las butacas de cuero. Reacomodos, imaginé. Estábamos todos tan juntos que era difícil mirar con descaro.

El ambiente era asfixiante: sólo cuatro ventiladores en el techo nutrían con algo de aire la sala. Por eso y la película en pantalla -un demonio muy bien dotado follando de múltiples formas a una rubia con el doble de trasero y pechugas como la Pamela Anderson - no era difícil que la temperatura estuviera al máximo.

Pese a que el propio administrador del Hard Cinema me había confidenciado un día antes que "del 100% de espectadores, 70% viene a ver la película y un 30% es la inmundicia más grande", no presencié nada fuera de lo normal. El mismo señor, en todo caso, me había confesado que a los que pillaban "en escenas raras" los echaban de un ala del cine.

Además de los movimientos en las butacas y los suspiros-quejidos que se desprendían de las gargantas extasiadas de los asistentes justo en las escenas más "hard" (generalmente eyaculaciones volcánicas tras un felatio), sólo vi a un grupo de hombres comunes y corrientes de todas las clases sociales y edades: obreros, universitarios (mochila al hombro), administrativos, profesionales y varios señores muy bien vestidos, incluso un elegante caballero de pelo blanco, que podría ser el tierno "tatita" de cualquiera.

Nada fuera de lo común. Es más, en algún minuto hasta pensé encontrarme con alguna cara conocida, ¿por qué no? Así como algunos gustan del cine arte, otros del porno y punto. Cada uno con lo suyo.

Todo esto me confirmaba los datos que me habían entregado en el Capri y el Apolo: "Aquí viene de todo, aunque generalmente hombres, parejas escasamente y mujeres solas casi nunca. Los horarios top de los rotativos son durante el almuerzo y después de la 17:00 hrs.".

"Puta la película mala"

Estaba al borde de la asfixia por la falta de ventilación de la sala. Dejé a un lado de la butaca mi bufanda regalona. Cada dos minutos entraban y salían tipos de la sala.

-Permiso-, dijo uno y se sentó a mi lado. Llevaba un kojak en la boca, y mientras el olor dulzón a frutilla se mezclaba con el del sudor de la sala, podía escuchar el desagradable sonido de la bola de azúcar dando vueltas por su dentadura al ritmo de las caderas y traseros voluminosos de un trío lésbico que jadeaba en la pantalla.

-"Puta la película mala"-, reclamaba un tipo de la fila de atrás, cuando los primero planos y los "cógeme esto, lo otro y aquello" salían de escena para dar paso a cuadros más eróticos que porno.

No aguanté más. Le dije a mi colega que nos fuéramos. De verdad casi no se podía respirar adentro. Al salir otra vez la cajera nos lanzó una mirada y recién miré el cartel con el nombre de la cinta: Noche Eterna.

Afuera estaba a punto de llover. Al frente el cine Euro, también triple X, ofrecía su cartelera. Debo reconocer que siempre me he reído a carcajadas de los títulos de las películas porno. Nadie puede poner nombres del tipo: Házmelo Fuerte, Gózame Caliente y Fuerte, Vengadores Anales, Traseros Insaciables, Fugitiva Sexual, Mujeres Indecentes, Sucias y Pervertidas o Ninfómanas al Rescate.

La media plancha

Caminando por Huérfanos, sin duda una de las calle más hot de Santiago (además de tres cines porno se le suman dos sexshop), llegué al Roxi. Y adivinen: está en una galería y en un subterráneo.

Husmeando entre los locales pude confirmar algo que me dijo el administrador del Hard Cinema: "Algunas veces la gente disimula mirando las vitrinas y cuando no ven a nadie en la boletería o en el pasillo, vienen, compran la entrada y pasan volados pa' abajo".

El problema es que esa estrategia para pasar piola no siempre resulta.

Un desafortunado tipo, que se dio demasiadas vueltas para bajar a la boletería del Roxi esperando que la galería estuviera más desocupada, pasó la media plancha. Justo cuando pisaba los primeros escalones que daban hacia el cine, se encontró de golpe con unos revoltosos estudiantes que salían de la tienda Flamante, apostada a un costado de la escalera del Roxi:

-¡Soy entero caliente, viejo!-, le gritó uno de los cabros, mientras el resto reía a carcajada limpia y el pobre hombre se moría de vergüenza. Debo reconocer que yo tampoco pude aguantarme la risa.

En ese momento me di cuenta que mi bufanda regalona no estaba en mi cuellito. ¡Maldición! La había olvidado en las butacas del Hard Cinema. Me acordé de la mirada de la cajera, de los suspiritos califas en la sala y del ambiente asfixiante. ¿Y si además me encontraba con un grupo de mocosos de pesadilla? Caminé hacia la calle y me subí el cuello de la chaqueta ¡Adiós bufandita!

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