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Tajamares del Mapocho en peligro

La construcción de la autopista Costanera Norte develó los restos de unos antiguos tajamares bajo el cauce del río Mapocho. Estos trozos de historia fueron trasladados al Parque de los Reyes mientras la concesionaria de la obra les encontraba un lugar definitivo, pero un año y medio después siguen allí, abandonados al sol, la lluvia y el polvo. El Consejo de Monumentos Nacionales está furioso y estudia llevar el tema a tribunales.

Jueves 27 de noviembre de 2003

Estuvieron más de un siglo reposando bajo el Mapocho y sólo a principios de 2002 volvieron a emerger. Pero lo que se suponía sería el rescate de una parte importante del patrimonio de Santiago se ha convertido, irónicamente, en una situación de riesgo arqueológico.

Se trata de los tajamares de ladrillo del río Mapocho, construidos a finales del siglo XVIII, y que dominaron el paisaje santiaguino por casi un siglo. Luego de ser encontrados en enero de 2002 en los trabajos de remoción de terreno para la autopista Costanera Norte, la apatía de la empresa constructora los ha puesto en riesgo, al punto que hoy existe la posibilidad de que se pierdan.

Estos muros, obra del arquitecto Joaquín Toesca, protegieron a la capital de las inundaciones durante un siglo, sirviendo además de paseo para los santiaguinos. Pero la canalización del río Mapocho, realizada entre 1888-1889, hizo que perdieran su vigencia, y fueron destruidos en su parte superior o derribados para realizar la nueva canalización. Otra parte de ellos quedó sepultada a comienzos del siglo pasado por la construcción del Parque Forestal, siendo redescubiertos durante las labores de la Línea 5 del Metro.

La Costanera

En enero de 2002, cuando comenzaban los trabajos de excavación para construir la Costanera Norte, se descubrieron partes de los cimientos de los tajamares de ladrillo, de un metro y medio a dos metros de alto. Si bien la idea inicial del Consejo de Monumentos era dejarlos en su emplazamiento original, la constructora mostró que esto era imposible, ya que el proyecto requería de una caja impermeable, imposible de lograr con el ladrillo.

Se generó entonces un plan para rescatarlos: serían cortados en segmentos de seis a cuatro metros, y trasladados temporalmente al Parque de los Reyes, para luego formar un Museo de las Aguas. La Concesionaria Costanera Norte debería realizar los proyectos para la remoción y conservación de los tajamares, que incluyera su puesta en valor, es decir, la elaboración de materiales didácticos que explicara la historia de las piezas y su importancia.

Todos parecían felices con el arreglo, pero los roces comenzaron con el inicio de las labores de traslado: "Los empresarios italianos (de la concesionaria) no sólo presionaban para continuar con sus trabajos lo antes posible, sino que decían a viva voz que encontraban ridículo que se tratara de conservar estos trozos de ladrillo que no valían nada", comentó una fuente ligada al proceso.

Sin embargo, la empresa se hizo responsable de la mudanza de los trozos al Parque de los Reyes, donde fueron rotulados y cubiertos de plástico para protegerlos. Pero en ese momento, se desligó del asunto. "Nunca nos llegó el proyecto que se había pedido, que debía incluir, entre otras cosas, el compromiso de un lugar para dejar las piezas en forma definitiva, junto con los procedimientos de conservación y puesta en valor", cuenta Mario Vázquez, arqueólogo del Consejo de Monumentos Nacionales a cargo del tema, y agrega que "esto fue pedido formalmente, de oficio, pero la constructora ha tratado de desentenderse del tema, planteando que ellos no tienen ninguna responsabilidad en ello".

A más de un año y medio del traslado, las piezas arqueológicas se han mantenido en completo abandono. Peor aún, en estos momentos ni siquiera se tiene certeza de si será posible reconstruirlas, ya que los plásticos con la rotulación fueron quemados por los niños vagabundos que circulan por el barrio. En estos momentos, la única guía respecto del orden de las partes son las anotaciones incompletas de los arqueólogos que fueron parte del proceso.

El silencio de la concesionaria

Va más de un año de conversaciones entre la Concesionaria y el Consejo de Monumentos Nacionales sin que se haya llegado a una solución definitiva. Este último organismo estudia la posibilidad de llevar la disputa a tribunales, donde ya se han enviado algunos oficios, aunque siguen presionando para que la constructora acceda finalmente a cumplir con su compromiso. La empresa simplemente no accedió a dar su versión de los hechos a La Nación, pese a los insistentes requerimientos.

En el Consejo confían que con las notas de los arqueólogos se pueda llevar a cabo la reconstrucción de las piezas arqueológicas, pero ni siquiera existe la aprobación para colocarlas en un lugar definitivo, donde puedan servir de testimonio de la enorme obra de ingeniería que durante siglos defendió a Santiago de los embates del río, sirvió de paseo a sus habitantes y hasta tema de grabados y óleos. Mientras, las piezas de los tajamares esperan silenciosamente a que alguien se haga cargo, descansando en el parque de una ciudad sin memoria.

Los guardianes del río

Los Tajamares son los muros de ladrillo y piedra que fueron levantadas entre los siglos XVII y XIX para evitar los efectos de las inundaciones del río, que desde la fundación de Santiago han amenazado el sector central de la ciudad. Los primeros datan de 1610, cuando el Cabildo (Municipio de la época) acordó erguir muros de defensa contra los desbordes.

En 1749 se hizo necesario realizar una nueva construcción, esta vez de piedra, de 1,3 metro de ancho y 2,2 metros de alto, que fue destruida en 1783 por la "avenida grande", una gigantesca inundación.

Por esto, entre 1792 y 1802 se levantaron los imponentes tajamares de ladrillo, de 4,5 metros de alto y 1,6 metros de ancho, que se extendían por 30 cuadras desde la altura de Miguel Claro, en Providencia, hasta la actual Estación Mapocho. En enero de 2002, la Concesionaria Costanera Norte encontró parte de este último grupo de construcciones.

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