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Por María Olivia Monckeberg, especial para La Nación Hasta hace un tiempo en Chile la amplia diferencia entre los que tienen y ganan más y los que apenas sobreviven, parecía ser de esos asuntos escondidos bajo la alfombra del desinterés. Tal vez fue el ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre, quien cambió un poco el ambiente cuando en la Enade del año pasado afirmó: “La distribución de ingresos en Chile es una vergüenza”, y la calificó como “el principal problema del país”. En el gobierno, del Presidente para abajo, creen que la educación será la palanca maestra para encarar el problema. Nada de reformas impositivas ni de políticas salariales, se encargó de precisar Eyzaguirre. “La distribución del ingreso puede ser mejorada”, indicaba el senador Alejandro Foxley, en un artículo en La Segunda, en el que reconoce que en el mundo político se empieza a escuchar “con cierta exasperación” el argumento que relaciona la mala distribución de ingreso con la baja calidad de la educación, “no porque sea falso, sino porque implica que poco o nada se podría cambiar en este tema, excepto en el largo plazo, digamos en un período no inferior a los 20 años”. El senador DC puso el dedo en la llaga: “El riesgo es que el tema explote políticamente antes”. “Un gran fracaso” Desde la derecha, el economista Cristián Larroulet, director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, responsabilizó a la Concertación por la deficiente distribución y sentenció: “No hay duda que para una coalición de centroizquierda como la que gobierna nuestro país esto es un gran fracaso, ya que sus propuestas a favor de la equidad, definida como una más igualitaria repartición de los ingresos, no han podido ser cumplidas”. En estricta lógica y si no se observan las causas del asunto, el juicio de Larroulet parece certero. También se percibe que del eslogan “crecimiento con equidad”, sólo la primera parte será real cuando culmine el mandato presidencial de Ricardo Lagos, porque la distribución del ingreso no es asunto que se arregle en un día, ni en un mes, ni en un año o dos. Pero por la misma razón, ésta es una herencia que viene de los tiempos de la dictadura. A lo largo de esos años, se generó un traspaso de poder que favoreció a unos pocos y dejó más vulnerables a la gran mayoría de los ciudadanos, sin redes sindicales ni sociales de apoyo. Se impuso la tesis del “chorreo” que planteaba que el crecimiento y las utilidades caerían naturalmente hacia todos. Pero el “chorreo” no resultó tan eficaz como sus pregoneros vaticinaban. Se profundizó la brecha de la desigualdad y la distribución hoy es peor que la de Chile en los años 60 y comienzos de los ‘70. Herencia histórica Nadie discute que hay desigualdad. Juan Guillermo Espinosa, ex director del Cienes de la OEA y representante en Chile ante el Banco Interamericano de Desarrollo, afirma que “existe un total consenso en que la distribución del ingreso se deterioró de manera importante durante la dictadura, entre 1970 y 1990. Ese deterioro fue más marcado después de la gran crisis de 1982”. Agrega que “durante los gobiernos democráticos, a partir de 1990, pese a la fuerte reducción de la pobreza que disminuyó a la mitad hasta el año 2000, la desigualdad no logró recuperar el nivel que tenía en los años anteriores al gobierno militar”. Espinosa cree que la inequidad está enquistada en el modelo económico que se viene aplicando en Chile y otros países latinoamericanos. Uno de los especialistas que desde los años 60, viene siguiendo la pista a lo que ocurre con la desigualdad es Ricardo Ffrench Davis, doctorado en Chicago y profesor de Economía de la Universidad de Chile. Desde su oficina en la cepal comenta que el “constante deterioro en la distribución de ingresos durante el gobierno de Pinochet, sólo fue detenido entre 1977 y 1980”. Pero destaca que “1987, cuando Büchi y la UDI eran los responsables de la política económica, fue el peor año en distribución”. Según Espinosa, las cifras en Chile, corresponden a una “situación inequitativa relativamente mala de acuerdo a cualquier comparación internacional”. Y argumenta: -De acuerdo a un amplio estudio realizado por el Banco Mundial en 1996 sobre la distribución en 65 países en desarrollo, Chile ocupa el lugar 58 entre los que tienen la peor. La situación era similar a Guatemala, Kenya y Sudáfrica en esos años. Otro estudio más reciente, del año 2002, ubicó a Chile entre los 15 países con la peor distribución en el mundo. Esto hace que en particular la economía chilena tenga hoy grandes contradicciones. Por un lado se la trata de poner como ejemplo de crecimiento elevado y simultáneamente exhibe una situación muy regresiva de distribución del ingreso. El ex subsecretario de Mideplan, Humberto Vega, es otro de los seguidores de estos temas desde hace décadas. Actualmente decano de la Facultad de Economía de la Universidad Central, está convencido de la gravedad del asunto: -Veo un hecho irrebatible: en los años de la Concertación se ha duplicado el Producto Nacional, pero la distribución relativa del ingreso permanece igual. A la vez, Vega advierte que la situación puede ser peor aún: “Toda encuesta de distribución de ingresos refleja mejor los ingresos de los sectores medios y de los pobres que los altos, porque ahí están los ingresos del capital que es muy difícil averiguar bien. Así, el diez por ciento más pobre de la población -el decil más pobre- recibe el 1,8 a 2 por ciento del ingreso total y así sucesivamente. Pero cuando una persona tiene diez y otra tiene cien y los dos mejoran 50 un por ciento, uno llegó a 15 y el otro 150. Y la distancia entre 15 y 150 es más que entre diez y cien. Por lo tanto, al mantenerse la distribución del ingreso, aun mejorando el total, las distancias económicas, sociales, políticas y culturales entre los chilenos, se han ahondado”. Diferencias que marcan Osvaldo Larrañaga, vicedecano de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Chile, nos recibe en su oficina en el piso 22 de la torre de Diagonal Paraguay, desde donde sigue los avatares de este problema: -Un típico ocupado de perfil alto -generalmente un profesional- versus un egresado de enseñanza media muestra una diferencia de ingresos de alrededor de 3,5 ó 4 veces. Eso es un montón, más aún si lo compara con un país desarrollado. Ahí está parte importante de la desigualdad de ingresos, que viene por los diferentes pagos según diferentes niveles de educación. Con todo, el vicedecano considera que “el problema, más que tener muy disparados a los profesionales, es tener mucha gente con educación que no es baja, ganando muy poco”. Según Larrañaga, en Chile “tenemos buena cobertura de educación en el sentido de que la mayoría egresa de la secundaria. La población en edad escolar va al colegio o al liceo. El problema es la calidad de la educación que está recibiendo. Claramente es más difícil enseñar a un niño que viene de un estrato socioeconómico bajo que a uno de un estrato alto. Eso tiende a explicar por qué tenemos brechas tan importantes como las que muestran los resultados de la Prueba Simce”. La inauguración de la Prueba de Selección Universitaria, PSU, corroboró lo que ya advertía la antigua Prueba de Aptitud: de los cien estudiantes con mejores puntajes, 75 provienen de colegios particulares pagados y 25 del sistema municipalizado que se instituyó al comenzar la década de los ‘80. La sacrosanta propiedad En la Enade el ministro Nicolás Eyzaguirre descartó de plano las conocidas como “recetas históricas de la izquierda” de distribuir activos: “Esto no tiene que ver con jaquear los derechos de propiedad que deben ser respetados en todo momento”, señaló. Tampoco se inclinó por aumentar las remuneraciones: “No renegamos de la política de ingresos, pero no vamos a mejorar con salariazos ni pensionazos”. Y reafirmó que la fórmula salvadora vendrá por el lado de la educación. El problema -como lo reconoció- “es que la actual situación educacional donde los más pobres reciben educación de peor calidad sólo agudiza la brecha de la desigualdad”. Para revertir la mala calidad declaró que necesita más recursos y para obtenerlos, lo principal es “impulsar el crecimiento”, porque considera “insostenible el camino de redistribuir patrimonio”. La pregunta que salta tras profundizar en los alcances de esta brecha es por qué si la Concertación se ha planteado la equidad como objetivo y como lema, no ha podido hacer más. Ricardo Ffrench-Davis no se autocensura al dar su respuesta: -Creo que se fue perdiendo un poco la mira. Fue primando el pragmatismo no al servicio de los ideales, sino al servicio del oportunismo. Fue imperando el sentido práctico de la realidad económica. Percibo falta de reflexión y espíritus débiles: si concilian con alguien, se sienten necesitados de renegar e incorporarse a las ideas de ese alguien. Y ese otro es el poder económico. Comparto el planteamiento de que necesitamos trabajar con los empresarios. Ellos van a ser los que van a invertir y dar empleo. Tenemos que ser amigables con ellos en lo político. Pero, ¿qué es ser sinceramente amigables? ¿En lo neoliberal o en el crecimiento con equidad? Y yo creo que al final lo neoliberal es un enemigo de los empresarios porque los hace quebrar. ¿Cuántos quebraron el ‘82 y cuántos el ‘85 por las políticas neoliberales? Entonces, si para conciliar con el mundo neoliberal tienes que convertirte en neoliberal, vas a perder el crecimiento y vas a perder la equidad”. Según Ffrench-Davis, la política económica vigente se relaciona directamente con la mala distribución de ingresos: -En los responsables de la política económica se ha instalado el criterio de ver la política macro de dos patas -de inflación baja y equilibrio fiscal-. Esa es ‘la papa’. Y transmiten eso con mucha fuerza. Se pierde de vista la tercera pata que debe incluir un tipo de cambio razonable, tasa de interés razonable y evitar las disparadas y las caídas fuertes. Pero el mensaje de la gran empresa ha sido muy potente al indicar que basta con las dos patas. Y el gran problema es que quienes dirigen la política económica siguen ese mensaje y empiezan a abrir más la cuenta de capitales, a dejar el tipo de cambio libre, a tener una política monetaria menos activa. Al seguir el mensaje de la gran empresa, algunos se han ido pasando de la renovación a la renegación. A Ffrench-Davis le parece esencial una “mirada económica que considere la distribución de ingresos”. Y asegura que “eso no se hace sólo con medidas sociales, sino que con políticas económicas de crecimiento con equidad. Porque si uno se limita a lo social, a medidas como mejorar la asignación familiar, las pensiones, incluso aspectos de la educación, no estás introduciendo la noción de crecer con equidad. Hay que lograr que el sistema sea capaz de estar dando más trabajo, más estabilidad, mejor trato a las pequeñas y medianas empresas -un sector clave- porque son las que dan empleo y están muy arrinconadas con dificultades de acceso al mercado de capitales, a la tecnología”. El grande se come al chico Para Humberto Vega la inequidad de la economía chilena “tiene mucha relación con el hecho de que haya una gran frustración. El problema de la Concertación es que su discurso fue ‘crecimiento con igualdad’, que fue el primer eslogan de Lagos, y no se ha ido dando así. Las políticas sociales lo que hacen es tratar de paliar los efectos del funcionamiento de la economía. Hay una economía que en su funcionamiento genera y multiplica desigualdad”. Y apunta a otro aspecto: Eso lo provoca básicamente porque hay una estructura productiva muy concentrada, donde los grupos económicos han tenido una influencia enorme y las grandes empresas concentran la mayor parte, mientras los pequeños y medianos tienen márgenes muy reducidos de utilidad. Y ahí, donde está el grueso de la población trabajando, no se pueden mejorar los salarios. Ante eso vienen los subsidios de las políticas sociales para tratar de corregir. Y por eso, con un tremendo aumento del gasto social en los últimos doce años se mantiene la distribución final del ingreso. Según Vega, no se ha podido hacer más “porque no se ha puesto coto al crecimiento de los grandes grupos económicos, que al empobrecer a los pequeños y a los medianos hacen que los trabajadores de esos sectores sean extremadamente mal pagados o sus ingresos no crezcan como el resto. En una empresa el capital se lleva la parte mayor y el trabajo ha perdido una gran incidencia. La concentración de la economía es un elemento importante”. Lo que hemos aprendido en estos años -dice Vega- es que la mala distribución de ingresos se da cuando las pequeñas y medianas empresas ven coartado su desarrollo por las grandes. Eso parece un hecho importante para revisar y se expresa en casos como el del supermercado Líder con sus proveedores. Y -según Vega- “cuando los grupos económicos están en problemas, como han estado en los últimos cinco años porque les fue mal en sus inversiones en el extranjero, para financiar sus pérdidas y salvar el negocio afuera, aplastan más a los chicos y a los medianos adentro. Así el comportamiento de los grandes grupos hace que la distribución del ingreso se empeore y se genere desempleo. Esto ocurrió tras la crisis argentina. El comportamiento de los grupos y su mala experiencia afuera es una de las grandes explicaciones de por qué la economía chilena ha tenido cinco años de lento crecimiento”. “Precisamente, la concentración económica es resultante de falta de políticas activas a favor de los más débiles en la carrera por el crecimiento”, indica Juan Guillermo Espinosa. Y agrega que con la llegada de la Concertación hubo un nuevo énfasis en las políticas sociales y una reorientación de prioridades del sector público como principal instrumento de redistribución. Sin embargo, a su juicio, “desde el 2000 ha primado una política de omisión del gasto público como instrumento de reactivación y estabilización de la economía. El ejemplo de lo que está ocurriendo con el tipo de cambio -la caída del precio del dólar respecto del peso- es demostrativo de esa práctica de políticas pasivas que pueden llevar a una mayor concentración en perjuicio de los productores y exportadores medianos y pequeños”, concluye. Seguramente, de esto no se hablará ni en el coffe break de la próxima Enade. |