
Miércoles 5 de mayo de 2004
El juicio oral más esperado desde que se comenzó a implementar la reforma de justicia en el país, comenzó ayer en Quilpue, donde se analizó en caso del ex cabo de Carabineros, Gabriel Páez Hernández, quien el 2 de enero de este año asesinó a su esposa y su suegra en medio de una misa, en la parroquia Nuestra Señora del Rosario, de esa ciudad.
Se trata de uno de los hechos policiales que más conmoción pública ha provocado en el último tiempo en la quinta región y que llega a su etapa judicial ante la sala itinerante del Tribunal Oral en lo Penal de Valparaíso en el marco de la aplicación de la nueva justicia penal. Páez Hernández es acusado por el Ministerio Público de los delitos de parricidio y homicidio calificado, por ello solicita al tribunal la pena perpetua y 20 años.
"No deseo declarar señor juez", dijo el acusado en completa tranquilidad y bajo la custodia de cuatro gendarmes. Mientras su defensa, el abogado César Vergara, afirmó que su cliente actuó "en un momento de locura temporal" y atribuyó los crímenes a los malos tratos sicológicos sufridos por Páez a manos de su señora, Jennifer Araya.
Agregó incluso, que la mujer aceptaba tener relaciones sexuales con el acusado, "cuando éste estaba de pago", lo que generó sorpresa entre los jueces y los asistentes a la audiencia.
Los magistrados Francisco Hermosilla, Silvana Donoso y María Cruz, integraron el tribunal a las 9.05 de la mañana de ayer. El primero en hablar fue el acusado, quien entregó su nombre completo, dirección y profesión.
En el relato de la causa, se informó que Páez mató por la espalda a su mujer de tres tiros, mientras que la suegra, Leonor Biott, recibió dos.
La fiscal de Quilpue, Catalina Duque, reasaltó que Páez "avanzó por el pasillo y se ubicó detrás de las víctimas quienes no pudieron hacer nada para defenderse". Agregó que el delito, tiene dos agravantes "alevosía y haberlo cometido en un lugar destinado al culto".
Ante ello, la defensa, replicó que "mi defendido no es un monstruo cruel e insensible, sino, que una persona temerosa de Dios y amante de su familia, aunque vulnerable sicológicamente".
Esto, bajo el argumento de que "la conducta de su mujer Jennifer era de menosprecio total, de menoscabo e indignidad hacia su condición de hombre".
Luego fue el turno de los testigos. El primero fue Mario Abarzúa. "Veo a una persona con arma que dispara. Me tiré encima y le propiné golpes en el cuello. Lo tomé de la cabeza y me dejé caer".
Agregó que "un señor de edad lloraba y gritaba. Una señora estaba en el suelo y sangraba por la boca, la otra no tenía pulso, ya estaba muerta".