
Jueves 4 de febrero de 2010| por Cartas
La jornada vivida por los tres millones de chilenos que siguieron en directo el recorrido y las maniobras de la Pequeña Gigante y su tío Escafandra, especialmente en los niños, ha dejado una huella realmente imborrable. Se trata de una experiencia única, que si bien no corresponde a los parámetros que tradicionalmente usamos para determinar lo que es o no es cultura, involucró tanto a quienes estuvieron en las calles como los que la siguieron por televisión. De todas forma el solo pensar en el ingenio de los mecanismos puestos en acción para lograr los movimientos requeridos por los dos gigantes es algo que no podemos dejar de admirar, tanto por su ingenio como por su precisión, compromiso y trabajo en equipo.
Sin embargo, lo que más llama la atención es la forma en que ha reaccionado el pueblo chileno. Realmente las personas se involucraron en la acción siguiendo y participando activamente en el quehacer de los dos gigantescos personajes, perdiendo nuestra tradicional apatía. Ojo: somos uno de los pocos países latinos que nunca hemos tenido carnaval, además de ser famosos por nuestra conducta flemática, lo que nos ha valido el jocoso título de ser los ingleses de América. Se vio la emoción que provocaba cada parte de la historia. Además, la gente lo consideró como la ocasión propicia para darse un solaz y poder tenderse a servirse un picnic o un refrigerio en alguno de los parques o jardines de las calles de nuestra ciudad.
Frente a todo ello resulta tan mezquino el comentario respecto de la basura dejada en las calles por quienes participaron de la actividad, lo que no muestra otra cosa que la ceguera y el desconocimiento respecto de lo que la gente y la ciudadanía en general requieren. Si bien aquello es algo que debemos corregir, no empaña en lo más mínimo el enorme éxito de esta actividad.
Armando Aravena Arellano, Santiago