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Por el vino me quedé...

Tuvo todo para ser un ídolo musical: un enorme talento y el carisma de un líder extravagante. Pero el delirio del ex Parkinson y primera viola de la Orquesta Sinfónica, truncó su destino. Cada vez que lo visitaba la manía, Guiñez se transformaba y hacía pedazos el piano o rompía puertas con un balón de gas. Aquí, su historia.

Domingo 5 de diciembre de 2004

Por los pasillos del Hospital Psiquiátrico circulan algunos pacientes y sus cuidadores y no es sencillo distinguir a primera vista quién es quién. En el sector siete, donde están los pacientes agudos, las puertas se mantienen con llave. Hay que tocar un timbre para poder ingresar. Es la precaución que se toma para que los enfermos en estado sicótico, no se arranquen o se hagan daño a sí mismos o a terceros.

Hasta hace unos meses, en ese lugar estuvo internado Rafael Guiñez (43) un músico de excepcional talento, que desde los cinco años estudió música en el conservatorio y llegó a ser la primera viola de la Orquesta Sinfónica. Guiñez padece un trastorno bipolar, que le dispara momentos de euforia y depresión cada vez que deja los medicamentos. Y a lo largo de su vida, los ha dejado muchas veces, porque al menos al comienzo de cada crisis, una sensación de bienestar y de expansiva creatividad lo invade hasta que la situación se descontrola.

VIOLA LOCA

Y fue un descontrol el que motivó su ingreso al hospital en febrero pasado. Un psicólogo del sector recuerda que llegó en muy mal estado: "Sucio, casi desnutrido y mentalmente deteriorado. Había abandonado los fármacos y consumido drogas y alcohol, lo que en su caso provoca reacciones adversas y aumenta el riesgo de desarrollar una recaída. Rafael es un tipo simpático, culto y muy genial. Ver a un gallo así enfermo, duele".

Aunque nadie sabe muy bien cómo, de allí se escapó al menos tres veces. Las fugas de Rafael duraban un par de días, en los que solía merodear por el Drugstore de Providencia, donde muchos recuerdan haberlo visto. Visitaba a viejos amigos y les pedía plata prestada. Incluso el doctor a cargo del sector hospitalario donde estuvo interno, recuerda habérselo topado tomando cerveza y que, con una sonrisa de niño pillado en falta, le dijo: "ando escapado". Después de esas andanzas, volvía a los remedios y los tratamientos.

Sin embargo, su última fuga, ocurrida en abril pasado, terminó mal. Rafael, que es un tipo grande de casi dos metros, rompió con un balón de gas la puerta de entrada del departamento en Ñuñoa, donde vivía con su hermana Carmen Gloria y su cuñado Francisco Mendoza, ambos músicos, y con hijos. El departamento estaba solo, pero él, poseído por la manía, pensó que no querían abrirle la puerta y la hizo pedazos.

No era primera vez que actuaba con violencia. Años atrás, en un desborde de locura, había destrozado la escuela de música de su cuñado, rompiendo a fierrazos y patadas dos pianos y varios instrumentos más. Por eso, en esta oportunidad, la respuesta de la familia fue radical.

Francisco Mendoza, el cuñado, presentó un recurso de protección en contra del director del Hospital Psiquiátrico y el director general de Carabineros por omisión del deber que les cabe en detener, contener y estabilizar a un enfermo mental. "Fue una medida desesperada, la familia se sentía amenazada", explica Julio Jofré, el abogado de Mendoza.

Días después, el ex Parkinson fue detenido: se lo llevaron con las manos atadas con cinta adhesiva de regreso a la urgencia del Hospital Psiquiátrico y de ahí otra vez al sector siete, donde extremaron las medidas de seguridad. La familia quería estar segura de que no volvería salir hasta que diera garantías de buena salud mental.

EL DESBORDE

Cristián Freund, músico y diseñador de sonido, tiene en su lugar de trabajo una vieja foto. En ella, al centro, aparece Rafael, rodeado por sus compañeros de banda: James Frazier, Barraco Parra, Gonzalo Carvajal y Sebastián y Cristián Freund. Ellos integraban L`Yea, el grupo de jazz fusión que formaron en 1988 y que duró hasta 1993, cuando las crisis de Rafael hicieron insostenible el proyecto.

"El Rafa pudo ser un Charly García: tenía esa misma mezcla de genio y excentricidad. A finales de los ochenta, era raro ver personajes así. Fue el primero en usar aros con plumas. Si ibas a ver un concierto de la Sinfónica, te encontrabas con un tipo de pelos parados teñidos rojos; ése era el Rafa. Llamaba la atención por su físico. Y ni hablar si agarraba un instrumento. Era súper talentoso, pero un talento desperdiciado totalmente. Se desbordaba, era desbocado, daba la sensación de que no se toleraba a sí mismo. Yo creo que por su talento lo respetaban, porque si no era un pelotudo, un arrogante que se las sabía todas", explica.

Freund tiene guardados algunos temas de L`Yea que se registraron en vivo, porque no alcanzaron a grabar discos. "No se podía, porque este personaje que era esencial en el equipo, de un día para otro pelaba el cable y no era capaz de hacerse cargo de nada".

Fueron buenos tiempos, juzga Freund. Ensayaban seis horas diarias y se presentaban en forma regular en La Batuta, a veces hasta tres noches seguidas. Rafael componía, tocaba la viola y cantaba. Era un verdadero líder en el escenario.

A Freund le tocó verlo mal muchas veces y sabía reconocer inmediatamente su estado sicótico porque le cambiaba la mirada y caminaba distinto. En ese estado asegura que no tocaba bien, que era mucho mejor intérprete cuando estaba lúcido."Una vez lo fui a ver a su casa en plena pelada de cables, cosa que nunca había hecho. Estaba en su pieza y tenía fotos de su familia pegadas en las murallas y cruces; es decir manicomio total".

L`Yea sobrevivió a cinco crisis de Rafael, pero cuando ocurrió la última, todo se vino abajo. La banda se presentó en una discotheque en la Plaza San Enrique y Rafael pasaba por una crisis. "Fue un desastre, inventó las letras, sonamos horrible. Ahí quedó claro que no podíamos seguir".

DEMONIO ELEGIDO

Como un karma, la historia de Rafael y sus bandas tuvo siempre el mismo final: se derrumbaban, porque enloquecía. Y es así como casi no hay registros de su trayectoria, salvo con Los Parkinson, donde tocaba la viola, y lograron editar dos discos."De repente, desapareció. No supimos de él en harto tiempo. Hasta que una noche el guitarrista recibió un llamado suyo en el que le dijo que estaba internado y le quedaban dos electroshock para salir. Ahí tiramos la esponja y se terminó el grupo", recuerda Miguel Iza, ex vocalista de Parkinson.

Sin embargo, Guiñez siempre ha sido persistente con la música. Y desde la cenizas, vuelve a emerger con grupo nuevo. Su último proyecto y el más personal fue Los Trompos, donde él componía, tocaba el bajo y cantaba a dúo con Elvira Mena Edwards, entonces su mujer.

"El Rafa y la Elvira eran increíbles: estrambóticos, bien punky. Estuvieron seis años juntos, que fueron los mejores del Rafa. Ellos se habían casado a escondidas y en contra de la familia de ella, que era Edwards. Sus hermanos lloraban. El Rafa estaba con la manía y recién casado fue a parar a la clínica", cuenta Felipe Gutiérrez, músico que hoy lidera The Gutiérrez Experience y que participó de Los Trompos en su etapa final.

"La Elvira lo acompañaba a todo, le tenía una fe increíble hasta que perdió la paciencia. Porque las crisis del Rafa cada vez eran más seguidas y violentas. Al final, toda la gente se aleja de él, le tienen terror porque es un enfermo mental", agrega.

Gutiérrez es uno de los pocos que no se espanta con las locuras de Guiñez. Al contrario, considera que su parte maníaca es la más entretenida. "Cuando se volvía loco, era hiperinteligente, super iluminado, un demonio elegido".

Él, como su compañero musical hasta el año pasado en Los Trompos, fue testigo del desgaste que el carrete y las recaídas produjeron en Rafael. "En el último tiempo, nunca estaba en los ensayos. Yo tenía que hacer todo: ir a  buscarlo, poner las plata, poner cigarros, copete y pitos. Para moverlo se necesita combustible para la creatividad. Al final tocaba una canción y se fumaba tres cigarros. Estaba cada vez más disperso".

EL ÚLTIMO VIAJE

En la Clínica Psiquiátrica Victoria, en la comuna de Lo Prado, vive hoy Rafael Guiñez. Está a cargo de un equipo médico que le hace seguir un programa de rehabilitación y reinserción social. Esa fue la opción que tomó la familia, asesorada por el asistente social del Hospital Psiquiátrico, Jorge Vásquez, que los orientó en el manejo de la enfermedad de Rafael.

"Ninguno de sus familiares estaba dispuesto a recibirlo en su casa, aunque tenían la disposición a ayudarlo económicamente. Entonces la alternativa óptima era un lugar donde todo lo que se había logrado fuera reafirmado, pero además apuntando a la reinserción social plena; es decir, que vuelva a hacer una vida afectiva, familiar y laboral", señala Jorge Vásquez.

En el último tiempo, Rafael ha gozado de permisos terapéuticos: puede salir bajo la estricta supervisión de su hermana, Carmen Gloria, que es licenciada en piano y su única familiar directa porque su padre falleció hace años y su madre, hace dos meses. Rafael está muy solo. Prácticamente nadie lo visita. De sus amigos, Felipe Gutiérrez es el único que aún cree en él y que mantiene vivo el contacto.

"Me llama a mí porque es el único teléfono que se sabe de memoria y conoce dónde vivo. Si hasta su hermana se cambió de casa. El Rafa está chato porque nadie lo va a ver. Se queja de que la comida es mala, que el lugar es una pocilga. Yo fui, es una casa limpia con unas viejas que lo cuidan. Pero no basta con pagarle ese lugar, también hay que preocuparse de él. Llamarlo, ir a verlo, embarcarlo en un proyecto. Eso es lo que he tratado de hacer. Lo tengo entusiasmado con grabar un disco con los mejores temas de Los Trompos y quiero presentar un Fondart para sacarlo adelante.

-¿Ha perdido sus habilidades musicales?

-La ejecución es como andar en bicicleta, nunca se olvida. Puede que ya no sea tan bueno, que esté más lento porque siempre anda dopado. Pero el Rafa tiene una formación musical sólida. Y cuando toca se prende, se ilumina.

-¿Echa de menos la música?

-Echa de menos vivir.

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