
Inicio » Cultura y Entretención
Domingo 2 de enero de 2005
Samir Nazal
El Quijote cumple una condición narrativa que sólo se da en las obras maestras, como en Latinoamérica lo es el caso de Pedro Páramo, de Juan Rulfo. La condición esencial de éstas es que hay un compromiso del autor por captar la vida y la experiencia de su propia comunidad.
El Quijote es una novela total, como lo han sido La Guerra y la paz de León Tolstoi, como Los Hermanos Karamazov de Fiodor Dostoievski o como Ulises de James Joyce, pero la diferencia estriba en que es menos intelectual que estas últimas. El Quijote está lleno de los sentidos de la percepción de la vida inmediata, con los valores humanos expuestos, nunca de modo discursivo-dispositivo y siempre relativizados. Las situaciones en que Cervantes introduce a sus personajes siempre son relativas, por ende éstas te obligan, finalmente, a reflexionar. Cavilaciones que poseen una actualidad salvaje.
La historia del ingenioso hidalgo está siempre entregando información inmediata, y no elaborada intelectualmente, discursos a veces cargantes, como en la primera parte donde se incorporan historias ajenas, cuestión que se retoma en gran parte de la novela del siglo XX.
Hago clases en la universidad y cuando les dan a los alumnos un montón de libros para leer, entre ellos el Quijote, yo les digo ¡no lo lean, yo les paso un resumen! Como dice Rimbaud hay que encontrar el lugar y la fórmula ¡Ahí hay que leerlo! Con admiración y fascinación. Porque leerlo es una especie de despertar.
Ni hablar de su lectura obligada en los colegios. ¡Un adolescente no debe leer el Quijote! Esta gran obra exige cierta experiencia vital, que hayamos vivido de algún modo las cosas. El Quijote tiene la levedad, que es pesadez para un joven. ¡Léanlo pasados los 30 años! Las sutilezas de Cervantes se pueden captar a esa edad.
EL CORAZÓN ES UN ARMA
Pero ahora ¿quién lee el Quijote? Parece que hubiese una dificultad para la lectura, más allá del precio de los libros. Estamos perdidos con nuestra identidad, hablamos de ella todo el tiempo sin saber a ciencia cierta de qué hablamos. Esta obra tiene ese problema no resuelto, pero planteado de una manera admirable: el de la identidad de Alonso Quijano, el protagonista, quien tiene problemas con su propia identidad. Conflicto que se expresará de una forma demencial y genial en la segunda parte del libro.
La bondad, la ingenuidad y la ironía son potentes y se pasean por toda la novela. La libertad propia ("el libre albedrío" para el siglo XVII) y la realidad española se nutren constantemente. Sancho Panza, un hombre de pueblo, cuando gobierna la isla de Barataria habla con proverbios todo el tiempo, y eso que Sancho, al parecer, era analfabeto.
Otra cosa curiosa de la novela es que el Quijote se va sanchificando, y Sancho se quijotiza, se hace más idealista, un hombre desinteresado, que quiere entender a la gente, como su amo. El Quijote es un personaje que persigue la utopía, pero la utopía personal. Y la utopía se produce cuando uno trasciende su propia persona para estar al servicio de cualquier cosa que a uno lo empape de placer.
En el Quijote es muy intuitiva su defensa del huérfano, de la viuda, del desamparado, del desprotegido. Más que romper esquemas Cervantes reivindica valores humanos y todo ello en un clima de comicidad que siempre exalta el amor. El nivel erótico de los personajes es menor, por eso Dulcinea se nombra pero nunca aparece descrita en su corporalidad.
Cervantes muere en la pobreza y con la idea de la imposibilidad de haber amado. Se dice que muere el mismo día que Shakespeare, entonces los dos genios de la lengua inglesa y española coinciden hasta en la inmortalidad.