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Domingo 6 de marzo de 2005

Víctor Hugo Díaz, premio Fundación Neruda 2004
El resto es caos

Este poeta -perteneciente la generación de los ‘80- acaba de cumplir 40 años. Ha publicado, entre otros libros, Lugares de uso (Cuartopropio, 2000) y No tocar (Cuartopropio, 2003). Hijo de costurera y de zapatero, confiesa que, cuando velaban a su padre, jugaba con piedritas a la Caída de Roma. Víctor Hugo Díaz nos habla de poesía y algo más. Como él mismo sentencia, “un poeta sin opinión, no es poeta”.

Gonzalo León
Nacion Domingo

-La poesía tiene mucho de artesanía. Tu padre fue zapatero y tu madre costurera, oficios muy artesanales. ¿Te sientes más artesano o más poeta?

-Más poeta. Pero a ver, yo sostengo que previo a la elección del género al cual te vas a dedicar, está la percepción, la Epifanía, el descubrimiento de algo poderoso. En la poesía, uno no sólo se queda en el plano del lenguaje. Uno va, uno quiere ir más allá de todo, de la realidad, del objeto o la situación observada. Por eso, pienso que uno no es más poeta o menos artesano, o viceversa, sino que la artesanía es un paso necesario y posterior a la Epifanía. Uno aplica pala cuando ya tiene la imagen. Porque esa imagen es vacía y sólo se llena con texto y con lenguaje, con artesanía.

-Tú perteneces a la generación del ’80 (Malú Urriola, Sergio Parra, Guillermo Valenzuela, entre otros), que curiosamente tiene rasgos de invisibilidad. Si uno habla de generación del ’80, pareciera que estuviera hablando de algo muy poco concreto. En cambio, la generación del ’90 (Carrasco, Anwandter, Folch y otros) y la del 2000 (González e Ilabaca, por ejemplo) son muy visibles. ¿A qué se debe esta invisibilidad?

-Primero, quiero hablar de la significación de mi grupo. Mucho se ha dicho por ahí que en los ’80 estaba la Escena de Avanzada que buscaba la deconstrucción del discurso oficial, la poesía contestaria que era más política y testimonial y la cosa lárica. Sin embargo, no existía una propuesta urbana y juvenil como invención. Nuestra generación hizo algo que no existía, y eso tiene un valor. Ahora, que los intereses y las ambiciones hayan sido un poco más ingenuos a como se manejan hoy, es otro cuento. Antes, por ejemplo, no existía el concepto de producción literaria tan exacerbada. El tema de la producción y de la puesta en escena constituye una urgencia excesiva. Me parece razonable plantear que el escritor escribe para ser leído, pero desde los ’90 es eso, escritura por escritura, y mi grupo tenía una cosa mucho más ligada con la vida, con el tiempo que estábamos viviendo. En el fondo, mi generación era mucho más epocal, más sólida, apelando a elementos más visuales y concretos.

-¿Más realista?

-No. Mi planteamiento es hacer de lo realista algo enigmático. Porque, para mí, la ciudad funciona como un pretexto, como una excusa para escribir. En el fondo, yo no tengo tema.

-La crítica Patricia Espinosa dijo no hace mucho que hablar de generaciones desde los ’80 hasta ahora era un pleonasmo, porque desde los ’80 existe una sola generación que se encuentra cruzada con el tema de la ciudad, de lo urbano.

-Yo sostengo que en los ’80 existe un puntapié inicial, pero no sé si exista una desarrollo posterior. Al contrario, porque ciertos autores han incursionado en una cosa media barroca, y hemos vuelto a esos tópicos medios metaforónicos, parafraseando a Enrique Lihn, y que sólo pasan por la oreja. Además, estos nuevos poetas están ligados a la universidad, cosa que antes no se daba. Estas puestas en escena tienen que ver con los ’60, y estos poetas se encuentran amparados por la academia. Nosotros, en cambio, surgimos solitos, a poto pelao.

-¿Existe una gran voz poética, como Neruda, Parra o, incluso, como Gonzalo Rojas?

-Yo creo que hay varias voces. Hay cerca de cinco poetas que están ligados por cierto enfoque, que es el enfoque de lo realista, de lo enigmático, del trabajo profundo de la artesanía, del que hablábamos al comienzo. Unos más conceptuales otros más vitalistas, pero todos en una misma línea.

-El que no exista esa gran voz, ¿puede hacer, por fin, realidad aquella frase: “Chile, país de poetas”?

-Yo creo que, cuando tú descubres los beneficios de la poesía, perfectamente te puedes volver loco, porque la poesía, y estoy convencido de ello, es lo máximo. El poeta tiene un compromiso profundo, que no sé si es partidista o político; o sea, político lo es, pero en el sentido de la polis, de ciudadanía, de resistencia. En el fondo, la poesía inofensiva no me interesa. La poesía es un pretexto para no aplaudir.

-¿Qué te parece el surgimiento de las mujeres como figuras de la nueva escena poética?

-Yo no creo en la poesía de género, que a fin de cuentas agrupa temáticas políticas que surgen con el único propósito de armarse nichos y de generar militancia. La sexualidad o el género de cada uno no es lo preponderante en la poesía. Recuerdo, por ejemplo, lo que decía Tennessee Williams: “No existe literatura gay”. O como afirmaba T.S. Elliot: “Sólo existe poesía y el resto es caos”. Entonces, si aceptáramos la existencia de poesía de minorías o de géneros, deberíamos también aceptar la poesía de gordos o la poesía de feos. ¡Y eso sería un chiste, ¿o no?! LND
















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