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¡Qué poca dignidad!

¡Qué poca dignidad!

Meses antes de que el presidente provisorio de Colonia Dignidad, Michael Müller, reconociera que en el enclave alemán se violaron los derechos humanos, un grupo de parientes de víctimas ingresó al predio. Buscaban saber la verdad, pero se encontraron con algo más parecido a una operación de limpieza de imagen. Sonrisas y relaciones públicas en la casa de Paul Schäfer.

Domingo 20 de marzo de 2005

Olga cuánto?" preguntó en un dificultoso español la señora alemana que salió a recibir el furgón que acababa de ingresar al predio de la ex Colonia Dignidad. Tendría unos 40 años y era baja y maciza, con sus mejillas rosadas de tanto aire limpio y comida sana."Weisfeiler," contestó Olga. El amable rostro de la alemana se desfiguró. "¡¿Weisfeiler?!" exclamó, dando un saltito atrás. Parecía haber visto un fantasma.

"Sí. Quisiéramos hablar con Hernán Escobar". La señora anotaba el nombre de la visita en una libreta. No necesitó que le deletrearan el apellido.

Minutos antes de ese sábado, 27 de noviembre del año pasado, el furgón con los doce convidados de piedra había traspasado el portón de acceso a los terrenos de Colonia Dignidad, dirigiéndose directamente a la casa de recepción. La misma casa donde por años se manejaron los equipos de filmación, fotografía, y grabación para controlar el ingreso al predio, de acuerdo al testimonio de Lotti Packmor, quien trabajó en esas "tareas" antes de fugarse de la Colonia con su esposo en marzo de 1985.

En el furgón iban Mercedes Fernández, madre de Luis Aguayo Fernández, inspector del Liceo Nocturno de Parral, detenido en su hogar el 12 de septiembre de 1973, a los 21 años; Rosa Riveros, hermana de José Hernán Riveros, obrero, detenido en casa de sus padres en Parral el 11 de octubre de 1973, a los 27 años y aún convaleciente de una operación; y Tina Escanilla, hermana de Claudio Escanilla Escobar, estudiante de 15 años arrestado por efectivos del Ejército en la vía pública en Parral, el 13 de septiembre de 1973. Era la primera vez que llegaban a Colonia Dignidad sin que les tiraran gases lacrimógenos, huevos o retroexcavadoras encima.

A bordo también iban Olga Weisfeiler, hermana del ruso-estadounidense Boris Weisfeiler, arrestado por una patrulla militar en los terrenos colindantes a la Colonia el 5 de enero de 1985, y llevado ahí, donde se le perdió el rastro; y Adriana Heyder, hermana del capitán de Ejército Osvaldo Heyder, asesinado en Talca el 5 de junio de 1975. Según el testimonio de Hugo Baar, uno de los fundadores de la Colonia, que huyó del enclave en diciembre de 1984, al menos dos dirigentes de la Colonia participaron en el homicidio.

LOS ANTIGUOS

La alemana se devolvió a la casa para lidiar con el predicamento y el furgón se estacionó bajo la sombra. Algunas de las "visitas" se acercaron a la casa y la señora, tensa, salió a su paso. Sin poder despegar los ojos de Olga, contó en alemán a los Hey-der-Boos que era enfermera y que llegó a Chile hace 20 años con otras dos mujeres de la Cruz Roja alemana para "ayudar" a los chilenos. Horas después, el joven asistente de la Colonia, Víctor Briones, diría que esta señora "no podría contarles nada", porque había llegado recién hacía ocho meses por razones de salud.

Tras misteriosas gestiones dentro de la casa, arribó una camioneta con Briones y Hernán Escobar, el ex vocero de la Colonia, quien más tarde contaría que había dejado de ser vocero porque "era mucho el peso que uno cargaba injustamente" al tener que "decir lo que me pedían que dijera".

Ni ellos ni los familiares sabían bien cómo abordarse mutuamente. Saludos cordiales y una vaga referencia a lo que se venía, con una aún más ambigua respuesta de haber entendido el propósito de la "visita". Parte del grupo ingresó a la casa, a una sencilla sala de estar decorada a la antigua, con flores plásticas incluidas. En un esfuerzo por mostrar hospitalidad, sirvieron jugo natural de manzana, y con una incómoda sonrisa, Escobar y Briones se sentaron a escucharlos.

"Sé desde hace tiempo que mi hermano estuvo aquí, y quiero averiguar qué pasó con él", comenzó Olga Weisfeiler, sin rodeos.

"Si yo pudiera dar alguna respuesta se la daría, pero yo no tengo absolutamente ningún antecedente. Creo que está equivocada en buscarlo acá. Pero no puedo poner las manos al fuego por nadie," dijo Escobar. "Es un caso conocido aquí. Hay muchos argumentos para defender la tesis de que no está acá, como también hay argumentos que avala de que estaría acá. No puedo defender algo sin estar cien por ciento seguro".

"Soy hermana del capitán Heyder", se presentó Adriana. "Tengo antecedentes de un testigo que declaró en Alemania que su asesinato fue programado en la Colonia. Yo no tengo interés en mandar a nadie a la cárcel, yo simplemente quiero saber la verdad".

"Tiene todo el derecho. Me da pena que esto pese sobre nosotros y se mantenga algo tan cruel en el secreto. ¿Pero qué puedo hacer? Ojalá pudiera tomar tijeras y cortar el pasado y dejar que la gente que lo hizo solucione su pasado oscuro y los otros podamos seguir viviendo tranquilos", respondió Escobar.

¿Cómo las personas en cargos directivos no iban a saber lo que sucedía dentro de esa comunidad cerrada? Los más antiguos son los que deben responder, insistió Escobar. Además, agregó, "la mejor inteligencia se hace cuando nadie se da cuenta de que se hizo… Antes, cuando Paul Schäfer era dueño y amo de las tierras y de la confianza de cada uno, él hacía y deshacía sin preguntarle a nadie. Nosotros creíamos en él y nadie cuestionaba nada".

¿Y sobre los vínculos con los militares? "Me consta que había lazos muy cercanos con gente de las Fuerzas Armadas, con generales, con coroneles, y me imagino que hubo un grado de cooperación. Me imagino que si en ese tiempo un coronel hubiese llegado acá a pedir algo, estoy seguro de que se lo hubieran concedido, porque existía ese lazo de amistad. Fue un contacto que siguió después de asumir los gobiernos democráticos", dijo.

"Quiero que entiendan algo", continuó Escobar. "Para quienes queremos proyectarnos aquí, nuestro único anhelo es vivir en paz. Y lamentablemente, hay cosas del pasado que obstruyen eso. Pero yo no puedo apuntar a alguien con el dedo y decir: tú eres el culpable, si no tengo pruebas, si no tengo algo tangible para comprobarlo. Lamentablemente, tengo que aceptar que alguien viva al lado mío que a lo mejor tiene algo que ocultar".

Entonces había que hablar con los antiguos. Schäfer obviamente no estaba. ¿Con quiénes se podía hablar? "No sé, con el señor [Kurt] Schnellenkamp, con el señor [Gerhard] Mücke", ofreció Escobar. "Pero no están". Horas más tarde, los visitantes sabrían que la totalidad de los dirigentes sentenciados el 16 de noviembre pasado por el juez Hernán González como cómplices y encubridores de los abusos sexuales de Schäfer se había esfumado el día después del fallo.

"En todo caso, aquí nadie va a hablar nada si no se siente presionado", deslizó Escobar.

NO SOMOS TURISTAS

Llegado a un punto muerto, se pidió permiso para recorrer los terrenos y sacar fotografías. Apareció Michael Müller, presidente provisorio de la ex Colonia, para relevar a Escobar. Todos de vuelta al furgón para ingresar al predio. Olga y una intérprete se fueron en la camioneta de Müller y Briones, quienes, sin poder ocultar su incomodidad, intentaban asumir el rol de guías turísticos.

Caminos polvorientos llevaban al Hospital Villa Baviera. A la izquierda, un nuevo y experimental criadero de avestruces. "Es muy buena la carne -explicaron- de bajo colesterol". A la derecha, tractores, construcciones de madera y una pista de aterrizaje. Colinas verdes, hectárea tras hectárea de hermosos predios, pasto bien cuidado. Una imagen de postal que sin duda, requería de abundante mano de obra.

En todo el trayecto, en toda la extensión de los terrenos de Colonia Dignidad, no se veía persona alguna de las más de doscientas que viven ahí. Es que es sábado y están todos descansando o salieron al pueblo, dijeron.

En el hospital esperaba al grupo Esther Laube, esposa de Müller, con el hijo de ambos, Matías, de tres años. El doctor Hartmut Hopp no estaba, dijeron, porque sólo atiende los martes. Además, porque se había esfumado con los demás condenados. En ambos lados del pasillo de entrada, enormes cuadros con las fotos de decenas de niños chilenos nacidos en el hospital en la década de los sesenta. Laube señalaba a algunos. "Él viene a veces de visita, ya adulto", contó orgullosa. Pero la primera foto en la entrada no era de un bebé, sino de Franz Joseph Strauss, el ultra derechista ex primer ministro de Bavaria y ex ministro de Defensa de Alemania, quien visitó Colonia Dignidad en los '70.

El hospital estaba helado, brillante, pulcro. Entraron con cautela; un silencio sepulcral permeaba el ambiente. Cada uno imaginaba las barbaridades que tal vez sufrieron sus familiares en las salas del segundo piso, donde dicen que algunos presos fueron llevados tras brutales torturas. A ese piso no se les permitió subir, ya que "el ascensor estaba malo".

"Me sentí helada por dentro. Me temblaban las manos y las piernas, y me aterrorizaba la idea de que Boris haya sido torturado en esas salas y probablemente enterrado en algún rincón de esos terrenos. Y ahora estaba yo ahí sacando fotos como si fuera turista", relató después Olga Weisfeiler.

Continuó el recorrido, esta vez en compañía del pequeño Matías, un querubín de cachetes rosados que rompió el denso ambiente con sus incesantes preguntas en alemán. Atravesaron paisajes idílicos, aún sin ver a un ser humano en el camino, los valles, las suaves colinas.

"Usted sabe que no estamos aquí como turistas", le recordaron a Müller. El alemán asentía con la cabeza. "Estamos aquí porque sabemos que nuestros familiares estuvieron aquí y ustedes tienen el deber moral de decir la verdad. Si quieren cortar con ese pasado que a ustedes les pesa, ya saben lo que tienen que hacer…".

"Llegué de niño aquí, el año 1964. Yo no sé lo que pasó acá. No podría asegurarle nada. Son otros los que deben responder por sus actos", afirmó Müller.

Llegaron a un área boscosa a orillas de un lago y bajaron. Briones, entusiasmado, explicaba cómo querían habilitar este sector de Villa Baviera para un camping turístico. Sí, todo muy bonito, le respondían. Pero no vinimos de paseo. "Sentí algo raro en la laguna", dijo después la señora Mercedes. "Me dio la impresión de que nuestros familiares me decían que ahí estaban. Me pareció ver gente en el agua…".

La misma sensación embargó a Olga: "Yo trataba de no mirar el agua. Me imaginaba cuerpos en el fondo, rostros debajo de la superficie."

El grupo se disgregó y el diálogo se tornó a ratos agresivo y contradictorio. Mientras algunos no le daban respiro a Briones para continuar con su discurso turístico, Olga apartó a Müller y le rogó le contara la verdad, que de alguna manera entregara información. Müller escuchaba atento, con la cabeza gacha.

"No estamos preguntando si nuestros familiares estuvieron aquí. Estamos preguntando qué hicieron con ellos. Es imposible que usted no sepa algo", lo emplazó.

"No estoy diciendo ni sí ni no, sólo que son otros los que deben hablar," insistió Müller. "Llévenos a ellos, entonces", exigió Olga.

QUÉ PODÍA ESPERAR

Emprendieron marcha sin saber hacia dónde. Los vehículos se detuvieron ante un valle, un hermoso mirador rodeado de verde, cielo azul y ningún ser humano. Las mujeres, ante la sofocante enormidad del campo, se sumergieron en un pensamiento común: ¿dónde, en estos vastos, bellos terrenos, estarán los nuestros? ¿Dónde los habrán enterrado?

El sector residencial parecía un pueblo fantasma. Ocasionalmente pasaba un joven en bicicleta, o una señora cruzaría el camino principal. A lo lejos se divisaban algunas señoras con pequeños niños: la nueva generación de colonos alemanes nacidos sólo después de la huida de Schäfer, cuando las parejas finalmente pudieron casarse y formar familia. Ahí estaba el edificio donde se reunían en asamblea, la cocina principal, algunos talleres, casas, un estacionamiento de bicicletas.

Entraron a la casa de huéspedes, la Freihaus, que contaba con un amplio comedor con televisor, una pequeña cocina, un baño, y las dependencias que alguna vez fueron la residencia de Schäfer, su refugio, su escondite y escenario de sus perversiones. Ordenado, limpio, austero, y deshabitado. Una placa a la entrada había sido despegada de su pedestal.

Adriana Heyder insistió en ver a la señora de Hugo Baar, quien había regresado desde Alemania a la Colonia tras la muerte de su esposo hacía pocos años. Después de muchos tira y afloja, Briones tradujo a la señora Waltraud Baar, demandando saber qué querían de ella. Adriana intentó explicarle lo que había atestiguado su marido, pero la señora dijo que nada de eso era verdad. Además, dijo, Hugo Baar jamás ocupó un puesto relevante en la Colonia y por lo tanto no podía ayudarla. Se despidió tan fría como llegó.

"La frustración fue grande, pero la indignación fue peor. Sentí furia, repugnancia y asco. De impotencia me quedé silenciosa y vacía. Quise arrancarme, pero después pensé: ¿qué esperaba yo de ellos? Qué ingenua fui al querer saber algo…", reflexionó la hermana del capitán Osvaldo Heyder.

Müller y Briones se despidieron efusivamente mientras los miembros del grupo, uno a uno, subían al furgón. El vehículo emprendió su marcha, y al volver la vista atrás, las 12 "visitas" vieron cómo en medio segundo se borraban las anchas sonrisas de los nuevos dirigentes, sus rostros reflejando una mezcla de alivio y preocupación.

Dentro del furgón, poco se habló. Cada uno enfrentaba sus fantasmas.

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