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Carne de estatua y monumentos olvidados

El acucioso trabajo en dos tomos de la profesora finlandesa Liisa Flora Voionmaa empuja a nuestro cronista a recorrer el bandejón central de la Alameda en busca de monumentos heroicos y tristes. Las estatuas están hechas para resistirlo todo, para durar más que nosotros y desafiar la noche de los tiempos. Hoy la ciudad ha perdido la escala peatonal, y lo que ayer fue majestuoso, hoy aparece a menudo como un mojón negruzco.

Lunes 30 de mayo de 2005

Francisco Antonio Severo

 

Francisco Antonio Severo

 

 

-Toca, toca, que ésta es carne de estatua -le iba diciendo Salvador Allende a mi tío, al que llamábamos "el rojo", aquella tarde de 1972. Allende sacaba pecho y sus ojos capotudos eran dos rayitas risueñas detrás de las gafas. Irrespirable estaba el aire, y con mis compañeros del colegio nos divertíamos con el menjunje. Había paros, marchas y cacerolazos por todos lados, nadie obedecía a nadie, cada cual iba a lo suyo. Mi tío, antiguo amigote del Presidente, asistía en esos momentos a una especie de celebración de algo, y yo, imberbe aún, lo había acompañado. Me parece que el evento era en la Intendencia. Desde detrás de los asientos de alto respaldo alcancé a escuchar un poco lo que hablaban, así como también eso que dijo Allende respecto a su muslo o su rodilla -toca, toca-, en relación a las estatuas.

El tío no tocó, se quedó sonriendo al aire con aquella expresión liviana que no se sabe si expresa adhesión o incredulidad, luego vino alguien, se dieron unos abrazos y palmetazos al estilo de antes, y el Presidente, finalmente, recuperó a sus edecanes y se perdió entre un grupo de gente.

 

POR EL BANDEJÓN CENTRAL

Tenía razón Allende. Su carne fue carne de estatua. Aunque probablemente no se imaginaba él toda la sangre, el dolor, la desesperanza y la astucia líquida que correría por los suelos de Chile hasta que ese bronce estuviera instalado frente al Palacio de La Moneda. Quiero pasar por alto aquí cualquier consideración relativa a las aptitudes del autor del monumento al Presidente Allende, y pensar que el modelaje extremadamente torpe y rígido de la figura en bronce, la ambigüedad de las ropas, la mezquindad total de la pieza, la infame solución de los anteojos, no son sino expresiones de la decadencia generalizada que de un tiempo a esta parte han experimentado los monumentos públicos.

Un acucioso trabajo en dos tomos de la profesora finlandesa Liisa Flora Voionmaa acerca de las estatuas de Santiago y la celebración del día del patrimonio cultural de ayer, nos permite poner el tema en contexto. Nostálgico como soy, enamorado de los tiempos antiguos, unido por grapas de hierro a los viejos modales de la patria y envuelto en las llamas opacas de esta ciudad desventurada, he preferido concentrarme en las estatuas realistas.¡Qué bonitas eran! No está de más querer a esas cosas oscuras y frías que antes fueron hitos de la ciudad y hoy, bajo el estrépito de micros y autos japoneses, ante el resplandor parpadeante de los neones y las paletas publicitarias, han pasado a ser estorbos incomprensibles, restos de una capa geológica urbana misteriosa. Me voy de paseo, pues, por el bandejón central de la Alameda, me hundo en el ayer.

Con mis hermanos -¡cómo corren los años!- trepábamos por las estatuas, tratando de alcanzar el pezón de piedra o la nalga de bronce. Eran domingos familiares de paseo por la Alameda, saludar a otras familias, comprar las empanadas en el Cordon Bleu o acompañar a la abuela a la misa de San Ignacio. Aquellas manos enormes, las pupilas muertas, los pelos organizados en buclés, infundían en el ánimo una doble sensación de aires heroicos y de tristeza.

 

ABANDONO

Al día de hoy, la Alameda a la altura de San Ignacio no es sino una zona periférica de la ciudad, un área borrosa, descuidada, sucia, donde nadie pasea los domingos por la mañana. Observo, bajo las nubes heladas del invierno, la disposición ahora militar de los héroes, pergeñada probablemente en los funestos años de la dictadura. Hay algunos perros vagos y miserables, también se divisan bolsas de plástico. Mi caminata, encogido ya el ánimo, se ve interrumpida por la estación de metro Los Héroes al paso de la Norte Sur, y me veo obligado a deslizarme a través de una vereda de unos diez centímetros de ancho por mientras los autos a toda velocidad desarreglan el aire junto a mi cuerpo. Hay por allí un monumento a un "americanista" inglés de apellido Canning, obra de Guillermo Córdova, escultor de esfuerzo. Nació en Chañarcillo, estudió con Nicanor Plaza y siguió en París nada menos que con Auguste Rodin. En el friso del Museo de Bellas Artes nos plantó a un joven desnudo de aspecto heroico, piernicorto y falilargo, junto a un caballo alado y siete figuras más. También es obra suya una esplendorosa hembra de pecho abierto, con alas, evidentemente, que está en un monumento de la Colonia Francesa, frente al anterior.

Pero yo sigo mi penoso paseo por la Alameda, tan gris, y llego al monumento a Artigas, algo folklórico, aunque con prestancia. Discutible artísticamente, en cambio, es la estatua ecuestre de Carrera, del hijo de Samuel Román, quien parece haber heredado de su padre el entusiasmo escultórico aunque no el talento: la pieza es una mezcla de soldado de plomo y pieza arcaica griega. Mejor era la anterior, del francés Agustin Dumont, en que Carrera aparecía de pie. Samuel Román, en cambio, nos legó el inmortal bronce de Balmaceda, en la Plaza Baquedano y unas damas de piedra en la Alameda.

 

EL CRITERIO LAVÍN

Abandono la Alameda poco después de admirar el embutido humano que produjo la gran Rebeca Matte con los cuerpos de su monumento a los héroes de La Concepción. La estatua está sucia, pero mantiene su extraño vigor pagano. Más allá del aire derrotado de muchas de sus esculturas, la Matte sabía realmente cómo poner los músculos y de qué modo armar las figuras, pese a que les dejaba los 'cogotes' un poco demasiado largos.

Pero si uno quiere ver figuras, lo mejor es ir a la Fuente Alemana, en la punta del Parque Forestal. La composición es del todo absurda: una barca de bronce de unos veinte metros avanza en la cima de unos roqueríos, comandada por una figura masculina de hermosas proporciones, con una mano altanera. Desde allí y en confusa pirámide hacia abajo se despliega la diosa Flora con una buena ración de frutas resbalándole por entre sus suaves pechos turgentes, otro ser un poco encorvado, varias mujeres, una foca, un cocodrilo, un Mercurio, y finalmente, para cerrar la mezcolanza, un cóndor de alas desplegadas. El insensato Lavín, cuando estuvo de alcalde, autorizó a los niños a bañarse en la Fuente Alemana. Yo estaba consternado. El obsceno festival mediático de Lavín, aquella gente encaramada en la grandiosa alegoría alemana de bronce y piedra con toallas, quitasoles plásticos, radios a pila y bolsas de papas fritas se me antojaba un sacrilegio. Suerte que la inquietud del entonces alcalde viró pronto hacia la nieve artificial, y la Fuente Alemana pudo regresar a sus soledades majestuosas. Las estatuas, como se sabe, están hechas para resistirlo todo, para durar más que nosotros y desafiar la noche de los tiempos.

Más allá, al frente, el alcalde Labbé, de modales bruscos, pero con algo de sentido común, hizo restaurar la estatua con la que la Colonia Italiana nos brindó su saludo. El de culito carnoso del ángel rivaliza con los cojones del león en la parte trasera, en tanto que hacia el frontis de la estatua hay antorcha y rugido.

Han decaído los monumentos, es verdad, y ya casi no los vemos. La ciudad ha perdido la escala peatonal, y lo que ayer fue majestuoso hoy aparece a menudo como un mojón negruzco. Pero yo saludo aquel afán de ver su carne convertida en bronce que tenían los antiguos políticos como Allende, y agradezco que existan libros como el de la profesora Voionmaa: ella describe allí hasta 126 monumentos públicos, de los cuales una buena cantidad son de la manera antigua. Los confusos flujos digitales de hoy nos hacen olvidar injustamente el oficio eficaz e irrepetible de esos escultores clásicos que sabían cómo hacer manos y torsos de bronce, caballos encabritados, drapeados, alas y coronas de laurel, disponiéndolas de manera monumental y educativa para los ciudadanos.

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