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Domingo 5 de junio de 2005

Semanas antes de morir, el poeta pensaba que debían entregarle el Premio Nacional de Literatura.

Sitios recomendables

-www.uchile.cl

Aquí se pueden encontrar interesantes artículos escritos por el vate en diferentes medios y revistas literarias. Entrevistas como “Conversación beat con Allen Ginsberg”; revisiones de Ray Bradbury y Juan Emar; y estudios sobre Teillier hechos por Enrique Lihn, Jaime Giordano y Ana Traverso, entre otros.

-www.memoriachilena.cl

Fotografías del poeta y de artículos de prensa inéditos.

EL PRÍNCIPE DE LOS POETAS, 70 AÑOS DEL NACIMIENTO DE JORGE TEILLIER
Náufrago nocturno

“No creo ser ningún ejemplo digno de imitar, pero tampoco soy un predicador arrepentido”, señalaba el poeta meses ante de morir. Aquí una revisión de su vida y obra del poeta nacido el 24 de junio de 1935, relatada por su hijo Sebastián y un reportero que siendo niño jugó ajedrez con él.



La Nación

Rodrigo Alvarado / Javier García

A principios de los ’90 el equipo periodístico del programa “El mirador” de TVN se propuso realizar un reportaje sobre la vida y obra de Jorge Teillier. El poeta de Lautaro se rehusaba a ser entrevistado, prefería gastar el tiempo en darle comida a su gato Pedro o estar con sus amigos en el bar La Unión Chica de Santiago o en El Parrón de La Ligua. Teillier moriría en el hospital Gustavo Fricke de Viña del Mar el 22 de abril de 1996.

El reportaje de “El mirador” se llamó “El príncipe de los poetas”, y parte con la imagen de Jorge Teillier sentado en su habitación de El Molino de Ingenio, su casa en La Ligua. Mira a la cámara y dice con su habitual tono calmo: “Nací el 24 de junio de 1935, el mismo día que moría Gardel en Medellín, pero nunca he pretendido ser el sucesor del ‘Zorzal criollo’, sino un simple poeta de Lautaro”.

FANTASMA DE LA CIUDAD

En estos últimos años se han publicado dos libros de diversos poemarios de Jorge Teillier, bajo el sello Tajamar Editores. El primero reunió “Poemas del país de nunca jamás” y “Crónica del forastero” (1963 y 1968 respectivamente). El segundo, publicado el año pasado, rescata los títulos “El cielo cae con las hojas” (1958), “El árbol de la memoria” y “Los trenes de la noche” (1961), donde sus mejores versos se instalan en la ciudad, de la que Teillier decía: “Santiago en cierto modo era un gran pueblo de provincia, ahora los rostros de la gente están atareados y furiosos y muy preocupados de sí mismos”. Poemas como “Despedida”, “Cuando todos se vayan”, “Sentado en el fondo del patio”, se consagraban en la urbe donde Teillier estudió Historia y Geografía o “Historia y Pornografía”, como le gustaba denominar su labor de profesor.

El poeta de la generación del ’50, máximo exponente de la llamada tradición Lárica o poesía de la Frontera (junto a Rolando Cárdenas, Alberto Rubio, Efraín Barquero y Floridor Pérez) decía recurrentemente que no era un buen profesor porque “sólo me fijaba en los buenos alumnos”.

Para Teillier, los poetas de la Frontera son los que “han tenido una visión personal del mundo natural y cultural, que tomaron conciencia de las preguntas de la época, de la perplejidad en que nos situamos frente al mundo (...) sin transformar la poesía en seudopolítica, religión o filosofía”. Estas palabras forman parte de un artículo titulado “Los poetas de los lares” reproducido en “Prosas” (Sudamericana), recopilación de ensayos y artículos a cargo de Ana Traverso y publicado a fines del 2000.

En “Prosas”, los diversos temas expuestos por el poeta dejan en evidencia sus intereses y conocimiento, no sólo el diálogo que establece con la tradición poética chilena, sino también su cercanía con autores como Ray Bradbury, Saint-John Perse, Georg Trakl, Sergei Esenin, Charles Dickens y Eliseo Diego, entre otros.

Pero también desarrollará crónicas sobre The Beatles en “Beatlerías”, “El pequeño mundo de La Pequeña Lulú”, “Alonso de Ercilla, fundador poético de Chile” o el ya histórico artículo “Confieso que he bebido”. Sobre su vinculo con el alcohol, en “El príncipe de los poetas” el periodista le pregunta: “¿Si pudieras retroceder volverías a tomar todo lo que has tomado o te privarías de unos cuantos litros?”, a lo que Teillier responde entre risas que se van silenciando: “Ya he bebido mi cuota y la de varias generaciones. No creo ser ningún ejemplo digno de imitar, pero tampoco soy un predicador ambulante y arrepentido”.

LA LIGUA SIN TEILLIER

El viernes 22 de abril, en la localidad de La Ligua se realizó un homenaje conmemorando los nueve años de la muerte de Jorge Teillier Sandoval. Al final del cementerio una sepultura de estilo zen sirve de telón para un homenaje oficiado por el alcalde y por una veintena de escolares.

“Pese a todo lo mañoso que era, ver a estos niños le hubiese gustado”, señala Sebastián Teillier, hijo de Jorge y Sybila Arredondo, heredero natural de la obra del poeta, con el que vivió hasta los siete años.

“Era un aristócrata, alegaba que en La Ligua no tenía con quien conversar”, explica Sebastián. Pero de a poco fue creando lazos, incluso hay un restaurante donde todavía le “guardan” la mesa.

En El Parrón de la Ligua, Teillier escribió los versos “Viaje entre La Ligua y Cabildo”, que aún cuelgan en un rincón de la picá.

Roberto, dueño del bar El Parrón, cuenta que “a Jorge le daba lo mismo viajar al correo de La Ligua o al de Cabildo, que en ambos lugares tenía su picá para servirse un tinto” y que de esos viajes nació el poema “Viaje entre La Ligua y Cabildo”, versos que ahora están enmarcados en el rincón que ocupaba el poeta en el bar.

LA BOHEMIA NACIONAL

En 1981, Teillier fue “relegado”, como le gustaba argüir, a La Ligua. Su última mujer, Cristina Benke, lo llevó para alejarlo de la bohemia que ese año lo tuvo con un pie en el cajón. “Yo creo que le hubiera gustado cambiar, pero terminó aceptando su condición, no se iba a bancar la vida como se la banca todo el mundo”, afirma Sebastián.

Cuando venía a Santiago al bar La Unión Chica, el poeta condecoraba a sus amigos con botones negros. Amigos como Ramón Díaz Eterovic, Carlos Olivares, el pintor Germán Aristizábal, los poetas Rolando Cárdenas, Eduardo “Chico” Molina y su hermano Iván.

Aunque Teillier nunca dejó de viajar, con el tiempo empezó a quedarse en La Ligua, donde un día de lluvia llegó a El Parrón con un sombrero mexicano en la cabeza en vez de un paraguas.

“Se dejaba ver poco. Yo le decía que jugáramos ajedrez, pero se negaba porque estaba leyendo, además que siempre llegaba con una mujer guapísima... siempre una distinta”, dice Sebastián.

Le cuento que yo sí jugaba ajedrez con él. En este punto el cronista (Rodrigo Alvarado) debe consignar que Teillier vivió un par de meses en su casa en 1987. “Ustedes lo agarraron en una etapa distinta”, me explica Sebastián. Por cierto, en los ’80 el poeta, ya de 50 años, “echaba de menos tener una familia”, dice mi madre, Inés Espina, concuñada del vate.

Dos semanas después del golpe militar ella, arriesgadamente, llevó a la Embajada de Francia al padre del poeta, por esos días condenado a muerte con recompensa incluida. Su hijo nunca apareció. Sebastián cuenta que su padre “se moría de susto y había que estar muy lúcido, lo que no era su especialidad”.

Teillier estaba lejos de ser un artista institucional. Tal vez, esa fue la causa de no haber recibido una distinción mayor al Premio Eduardo Anguita en 1993. Semanas antes de morir y muy reservadamente, pensaba que debían entregarle el Premio Nacional de Literatura. Aquel año lo recibió, finalmente, Miguel Arteche.

Jorge Teillier no tuvo estrategia como en el ajedrez y vivió como un médium entre la palabra y el mundo. Lo único tangible que dejó fueron 250 poemas y su gato Pedro que aún vive.


EL VIENTO DE LOS LOCOS

 

Sopla el viento por las calles.

El viento de los locos.

El viento de los locos.

Las brujas

hacen que enciendas fuego en la chimenea

al mediodía del pleno verano,

los niños descalzos abandonan en el atajo sus morrales de piel de conejo

y no volverán más a la escuela.

Tú ya no distingues una garza de un halcón.

 

Esta noche

sopla el viento norte,

el viento de los locos

y tú recuerdas a las bellas de otros días

que ahora se pasean insomnes

por los corredores de tristes pensiones

sin siquiera pensar en hacer el amor:

María, Ana María, Mariana, María Antonia.

 

Nadie te va a mostrar cómo florece la higuera.

Ninguna niña te llevará de la mano

para que despiertes junto a las pimpinelas.

Nadie puede ayudarte:

ni el canto de los escarabajos ni la brújula de los girasoles.

El viento te lleva a una isla desierta

donde nunca llegará un arca ni construirás una canoa.

 

Sopla el viento de los locos

y hace que tu cerebro se llene de agujeros

por donde entra el vino

que te hace soñar en trenes de los cuales eres el único pasajero

que parte hacia lugares

donde cuchillos y tijeras trabajan todo el día en tu corazón.

 

“El viento de los locos” forma parte del libro “Para un pueblo fantasma” de 1978.
















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