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Cuento corto para morir de risa

El "jefe" de la denominada "nueva narrativa inglesa" recopila en "La mesa limón" once formidables y desenfadadas historias sobre la vejez y la muerte. Con un delicado humor no caricaturizado, el maestro del relato breve nos pone frente a los fantasmas de nuestra derrota final.

Miércoles 8 de junio de 2005

El aprendizaje del arte de contar mediante la escritura es un sendero largo, prácticamente sin final, hacia la perfección. Julian Barnes (Leicester, 1946) lo lleva recorriendo paso a paso desde hace veinte años, cuando se dio a conocer con aquella ocurrente y deliciosa novela que fue, y en mi opinión es, "El loro de Flaubert", convertida por el tiempo en punto de referencia de lo que entonces se llamó "nueva narrativa inglesa" y él en indiscutido jefe de filas del grupo de brillantes escritores hoy consagrados que forman Ishiguro, Martin Amis, William Boyd, Ian McEwan, Graham Swift o MagnusMills. Una estela deslumbrante en sus distintas gradaciones. De todos ellos Julian Barnes es quizá el más específicamente británico en sus maneras, el que mejor entronca con la tradición posvictoriana de Bloomsbury, el que posee más vastos registros expresivos y, sobre todo, el que domina como ninguno de sus colegas los secretos del relato corto.

¿Qué diferencia hay entre el cuento y el relato que no alcanza ser novela breve o nouvelle? Tal vez la extensión y por tanto la intensidad. De todos modos es difícil ponerse de acuerdo en qué se entiende o se debe entender por cuento, porque no tiene nadie la certeza. ¿Cuento es lo que escribía Chejov, Cortázar, Carver, Calders o escribe Tobias Wolff? ¿Relato son las cinco soberbias piezas con las que William Gass compuso En el corazón del corazón del país? En ningún caso, necesariamente, existe un código o patrón que defina la naturaleza y los límites del género ni la forma de interpretarlo para conseguir que el producto roce la excelencia de lo único.

El escalofrío del trapecista

En "La mesa limón" hay relatos excelentes, casi todos modélicos sin caer en el artificio, según criterio de los ortodoxos de una inexistente normativa, de que al final, si es posible en la última frase de cada episodio, la historia dé un vuelco espectacular con el que se pretende sorprender al lector, dejarle sin resuello. Las creaciones de Barnes fluyen de manera armónica, como una corriente de agua que avanza hasta verterse al mar. Y uno se deja llevar mecido, sin apenas sentir que es arrastrado por la fuerza de los acontecimientos hacia un desenlace al que se llega con naturalidad y con el convencimiento de que lo que ocurre no podía ocurrir de distinta manera. Ésa es la mejor prueba de la maestría alcanzada por el escritor inglés en su dominio de los resortes narrativos de la brevedad. Hay otros detalles esenciales que respaldan lo que digo. El más importante de todos ellos es el asunto de alto riesgo que se erige en el hilo conductor que cruza los once relatos y los cohesiona.

Parece como si Barnes quisiera saborear el escalofrío del trapecista ante el abismo visto desde lo alto del cable tensado. Los personajes de las historias que cuenta son gente que ha rebasado en poco o mucho la mediana edad, adentrada por lo tanto en la vejez, con la muerte revoloteando a su alrededor y cuyo hálito perciben ya como un perfume familiar. Entre los chinos el limón es el símbolo de la muerte. Y el último de los relatos, El silencio, está protagonizado por un célebre músico anciano que hace del silencio su música -nunca concluirá la Octava Sinfonía que el mundo insiste en reclamarle- y que suele frecuentar en un bar de Helsinki la tertulia de la mesa limón en la que los asistentes se obligan a hablar de la muerte, a debatir sobre ella.

Los temas relativos a la juventud resultan siempre atractivos, son luminosos, no provocan rechazo; todo lo contrario, la vejez y la muerte expuestos en términos reales, no en abstracto o como algo despersonalizado y remoto que afecta a los otros pero sin obligarnos a reconocer que tarde o temprano nos van a acosar, es asunto demasiado sórdido y preocupante para confundirlo con la ligereza de una agradable lectura. Sin embargo, la desenfadada inteligencia narrativa de Barnes consigue lo en teoría inconcebible. Tiñe el dramatismo de humor, un humor sutil, rigurosamente británico a lo Wodehouse o Alan Bennett, incluso a lo Evelyn Waugh, que impregna los relatos y tiende sólidos puentes entre la terrible e insoslayable condena biológica y los recursos con que las personas se sobreponen al infortunio aferrándose a sus impulsos de vivir y haciendo caso omiso de su inminente devastación. En este aspecto considero modélico pero estremecedor el relato titulado La jaula para frutas, en el que un hijo ya maduro cuenta asombrado el cruel desenlace de la vida de sus padres, él octogenario y ella setentona, despojándose sin pudor de las máscaras convencionales tras las cuales ocultaban su medio siglo de fingimiento y profunda infelicidad conyugal resuelta en violenta ruptura. Una narración dura, muy dura, la que más del conjunto. Le sigue en la lista Saber francés, un puñado de cartas que supuestamente Julian Barnes recibe de una distinguida anciana francófila, de carácter fuerte, recluida en un geriátrico poblado de "locas y sordas", que dirige al autor después de haber leído en la biblioteca del centro "El loro de Flaubert", lo que le dará ocasión de hablar de sí misma, de la conciencia de su vida que se la ha escurrido de las manos sin obligarla a hincarse de rodillas, convirtiendo así en confidente a un ilustre desconocido, el único que se aviene a escucharla y, probablemente, entenderla hasta que sus mismas cartas acaban en cenizas.

En algunas ocasiones los efectos de la pérdida dibujan una línea más tenue, como en La de cosas que sabes, el diálogo entre dos señoras viudas de profesores de un campus universitario que todos los miércoles toman el té juntas y se dedican a maquillar con colores suaves, levemente pastosos, las miserias de su pasado que ambas conocen en su estricta crudeza y una y otra comparten a medias el desprecio mutuo que se inspiran. Pero también hay alguno en que dada su textura irreductible Barnes prescinde del humor e incluso orilla el sarcasmo. Es el caso de La historia de Mats Israelson, tremenda descripción de un amor prohibido que los protagonistas sólo vivirán en su atormentada conciencia, abrumados por la rígida moral calvinista de una pequeña e introvertida comunidad de la costa sueca que finalmente los transformará para siempre en odiosos extraños. La ironía determina la narración del tipo que, en Una breve historia de la peluquería, desde la niñez hasta adentrado en la madurez ocupa el mismo sillón de una barbería y por fin decide ser audaz y rebelarse con un no rotundo a la tiranía del espejo. El sillón, es decir, ese objeto sin alma que aquí da la impresión de desempeñar una función casi humana, opera como nexo del pasado y el presente que configuran los rasgos íntimos de la persona que se ha sentado en él, siempre indulgente pero nunca pasivo, a lo largo de más cuarenta años.

Exprimir hasta la pulpa

Creo que no hace falta exprimir uno por uno los once relatos con sus múltiples encuadres y matices para afirmar que "La mesa limón" es un estupendo libro de relatos o cuentos, como se prefiera considerarlo, superior en calidad al último que leí del mismo Barnes, "Al otro lado del canal" (1996), colección que tenía como idea unitaria la dualidad Inglaterra-Francia, la atracción de la isla, que es la del propio Barnes, por el gran país del continente. Entiendo que en estos nueve años que separan los dos volúmenes, el narrador británico ha avanzado un considerable tramo en el constante aprendizaje del arte de contar con la delicadeza del humor argumentos ilustrativos, no precisamente benignos ni caricaturizados, de una realidad tan hosca e insufrible como la decrepitud humana y la cita a ciegas con el instrumento de su derrota final. Pienso en otro libro de cuentos igual de formidable y comprometido con otra de las variantes perturbadoras de la vida: los desarreglos mentales. Hablo de "Aquí no eres un extraño" (Salamandra, 2004), la primera y hasta ahora única obra del norteamericano Adam Haslett.

Es requisito primero y fundamental para hacer digeribles historias que nos obligan a mirar de cara a nuestros propios fantasmas sin desviar los ojos, un despliegue excepcional y convincente de sensibilidad creadora. Es lo que hace, vaya si lo hace Julian Barnes, exprimiendo el limón hasta la pulpa. Y uno, fascinado, se traga el zumo ácido como si fuera pomelo. Prodigios de la buena literatura.

© La Vanguardia

(The New York Times Syndicate)

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