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Domingo 19 de junio de 2005


En acción

En estas páginas se pueden leer artículos y fragmentos de libros de Ricardo Piglia:

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ENTREVISTA A RICARDO PIGLIA
El pequeño Borges

Ricardo Piglia no tiene muchas ganas de hablar. Mejor dicho: no tiene ganas de hablar casi nada sobre su reciente opus, “El último lector”, y menos sobre los problemas judiciales que lo acosan desde 1997, cuando ganó el Premio Planeta por su novela “Plata quemada”, y dos días después se destapó un supuesto fraude entre el autor, su agente y la editorial. Con una prosa llena de personajes paranoicos, y ahora conversando con el Che, Borges y Kafka, el escritor más renombrado de la narrativa argentina se mece en su silla. Y lee. Lo demás, le rebota.



Nacion Domingo

Pablo Chacón

Está a un tris de salir hacia Estados Unidos, donde da clases en la Universidad de Princeton. Las querellas jurídicas llegan asordinadas y él puede ocuparse de lo que más quiere, es decir a enseñar, a escribir y, sobre todo, a leer. Tal y como lo hizo en “El último lector”, compuesto por un cuento y cinco ensayos, que según cuenta, es “acaso, el más personal y el más íntimo de los que he escrito”. Luego de esta entrevista, Piglia se enteró de la muerte del escritor Juan José Saer y partió a París a acompañar a los familiares de su amigo.

-¿Qué diría de este nuevo libro, tan esperado por todos sus lectores? ¿Ha pensado en sus lectores?

-Bueno, el libro se llama “El último lector”, pero de ninguna manera me arrogo esa representación; es una figura, la del lector, que de alguna manera condensa toda la literatura, los que la hacen y los que la leen, que a veces son el mismo, a veces son otros. Esa tensión, justamente, está explorada, porque así como alguna vez dije que la literatura se opone a la realidad, ahora digo que el lector está en tensión con la realidad, porque se aleja de la realidad, se abstrae, se encierra.

-¿Piglia es el último lector?

-La figura del lector es múltiple y metafórica. Sus rastros se pierden en la memoria.

-Sin embargo, usted ha elegido ejemplos muy precisos: Borges intentando descifrar las letras de un libro con los ojos pegados al libro; Joyce leyendo con una gran lupa; el Quijote con sus novelas de caballería; el Che Guevara leyendo, en plena selva boliviana, a la sombra de un árbol. ¿Esto es ficción, no ficción?

-Una cosa puede no haber existido en la realidad y tener un punto de verdad. En mi caso eso está desde el principio. Diría que en casi todos los textos aparece como un elemento que viene de la no ficción y que después es tratado por la ficción misma. Me parece que esa tensión es una de las grandes formas contemporáneas de la narrativa, como los textos de (W. G.) Sebald o de (Claudio) Magris. En este libro, trabajo leyendo las representaciones imaginarias del arte de leer en la ficción. En una novela, digamos, alguien aparece leyendo un libro. Esas cosas le gustaban a Borges. Acá, Don Quijote aparece leyendo. Y Madame Bovary, que dice: “No se trata de leer en un libro una vida posible que se pretende alcanzar, sino de leer en un libro la propia historia, la letra del destino”.

-El acto de leer, ¿aclara el enigma del lector? ¿Qué es un lector?

-Es la pregunta misma de la literatura. Esa pregunta constituye a la literatura, no es exterior, es su condición de existencia. Y su respuesta, para beneficio de todos nosotros, lectores, hipócritas lectores, lectores impertinentes pero reales, la respuesta es un relato: inquietante, singular, siempre distinto. Pero para definir al lector, diría Macedonio Fernández, primero hay que saber encontrarlo. Macedonio fue el primero en plantearse estos problemas, el primero en escribirlo, en ordenarlo, en “Museo de la novela de la eterna”, la obra en que el lector será por fin leído. Encontrar al lector equivale a nombrarlo, individualizarlo, contar su historia. La literatura, claro, hace eso: le da, al lector, un nombre y una historia, lo sustrae de la práctica múltiple y anónima, lo hace visible en un contexto visible, lo integra en una narración particular.

-El ensayo sobre Kafka…

-Sí, pero antes… la legendaria indecisión de Hamlet, por ejemplo, podría ser vista como un efecto de la incertidumbre de la interpretación, de las múltiples posibilidades de sentidos implícitas en el acto de leer.

-En ese caso, entonces, podría decirse también que hay escritores que sólo leen escritores y escritores para escritores y lectores.

-Pero no hay diferencias a la hora de leer. Igualmente, es cierto que hay escritores para escritores; es más, hay escritores para un solo escritor, que es su lector. Es posible que Samuel Beckett haya entendido el “Finnegan’s Wake”, de Joyce, como no lo entendió nadie; o que sólo Ezra Pound apreciara en su verdadera dimensión la poesía de Allen Ginsberg. Richard Ellmann (el biógrafo de Joyce), en un momento lo muestra muy interesado por estas cuestiones. “Dime, Bird”, le dijo a William Bird, un frecuente compañero de aquellos días, “¿has soñado alguna vez que estabas leyendo?”. “Muy a menudo”, dijo Bird. “Dime pues, ¿a qué velocidad lees en tus sueños?”. Es decir, hay una relación entre la lectura y lo real, pero también una relación entre la lectura y los sueños, y en ese doble vínculo la novela ha tramado su historia.

-¿Cómo sería eso?

-Digamos que la novela -con Joyce y Cervantes a la cabeza- busca sus temas en la realidad, pero encuentra en los sueños un modo de leer. Esta lectura nocturna define un tipo particular de lector, el visionario, el que lee para saber cómo vivir. En ese registro imaginario de los modos de leer, con sus tácticas, estrategias y desviaciones, se produce además, por supuesto, un desplazamiento, que es una muestra de la forma específica que tiene la literatura de narrar las relaciones sociales. La experiencia está siempre localizada y situada, se concentra en una escena específica, nunca es abstracta.

SOÑAR LEYENDO

-“El último lector” tiene un regusto a utopía. Si mal no recuerdo, usted ha dicho que la literatura es una forma privada de la utopía.

-Sí, lo he dicho muchas veces. La literatura funciona, para el lector y el escritor, como la construcción de un mundo alternativo, como la expresión de cierto deseo de trascendencia, de voluntad de crítica del presente. Yo creo que las utopías, más que construir mundos en el futuro, lo que hacen es criticar el presente para construir realidades alternativas. La literatura es un modo microscópico de hacer eso.

-¿…?

-Desde el principio este libro ha estado para mí secretamente unido a “The last reader”, la canción de Charles Edward Ives basada en el poema de Oliver Wendell Holmes que usé en el epígrafe. Cada vez que la escuchaba a lo largo de los años pensaba escribir una historia inspirada en ese tema. Al fin el resultado de ese proyecto fue este libro hecho de casos imaginarios y de lectores únicos. Mi propia vida de lector está presente y por eso este libro es, acaso, el más personal y el más íntimo de todos los que he escrito.

-Esa es toda una confesión.

-Es que el individuo, el lector en este caso, está insatisfecho con lo real, con lo que está sucediendo, y me parece que la literatura es uno de los pocos espacios donde es posible recomponer ciertas ilusiones y esperanzas que han desaparecido. Por esa razón, creo, la literatura tiene una función que no debe ser entendida en un sentido arrogante, es una función mínima, pero es una función.

-Es una función, para los lectores, al parecer no tan mínima.

-Bueno… en toda la novela (el Quijote) nunca vemos a Don Quijote leer libros de caballería -salvo en la breve y maravillosa escena en la que hojea el falso “Quijote” de Avellaneda donde se cuentan las aventuras que él nunca ha vivido. Ya ha leído todo y vive lo que ha leído y en un punto se ha convertido en el último lector del género. Hay un anacronismo esencial en Don Quijote que define su modo de leer. Y a la vez su vida surge de la distorsión de esa lectura. Es el que llega tarde, el último caballero andante.

-¿Ese, entonces, sería el último lector?

-El último lector responde implícitamente a ese programa. Su lectura siempre es inactual, está siempre en el límite. Claro que el lector de literatura no es un filósofo, su lentitud es de otro carácter. La linterna de Anna Karenina no es la lámpara de Diógenes. Hay otra claridad, otra oscuridad, se busca el sonido en otra parte.

-¿En qué otra parte?

-…

-Esa es la tarea del lector.

-Pero un lector también es aquel que lee mal, desviado, que distorsiona, interfiere, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor.

-Borges sería el ejemplo contrario.

-En Borges, el arte de la lectura es un arte de la escala y de la distancia. “El Aleph”, el objeto mágico del miope, ordena y reordena según la posición del cuerpo: es un ejemplo de esta dinámica, leer y descifrar. Desde luego, este libro no intenta ser exhaustivo. No reconstruye todas las escenas de lectura posibles, sigue más bien una serie privada; es un recorrido arbitrario por algunos modos de leer que están en mi recuerdo. Por eso digo que mi propia vida de lector está presente. LCD


PIGLIA PARA PRINCIPIANTES

Considerado uno de los más punzantes analistas de la literatura trasandina, además de escritor, Ricardo Piglia se ha posicionado como crítico literario y ensayista. Nacido en la localidad de Adrogue (Buenos Aires, 1941), publicó “La invasión” (1967), su primer libro de relatos, por el que recibió el Premio Casa de las Américas. Pero su obra fundamental y considerada como angular en la nueva narrativa argentina fue “Respiración artificial” (1980). Luego vino su bullado problema judicial por el Premio Planeta que recibió en 1997 por su novela “Plata quemada”, que después tuvo su adaptación cinematográfica.

Escritores y periodistas recuerdan que la misma noche de la entrega del premio, circulaba el nombre de Piglia y de su novela como números cantados. Este cronista recuerda que esa noche estuvo conversando con un colega, visiblemente nervioso, como si supiera algo que no podía decir. A los dos días, la periodista Claudia Acuña publicó en la revista “3 Puntos” una investigación en la que denunciaba un arreglo bajo el título “La novela del fraude”.

El arquitecto Gustavo Nielsen, primer finalista, enterado y afectado, recogió el guante y decidió entablar juicio a la editorial, al escritor y al editor responsable, Guillermo Schavelzon. Siete años después, la Cámara de Apelaciones resolvió que, efectivamente, hubo “predisposición o predeterminación” en favor de Piglia. En 1997, Menem era el Presidente argentino y los escándalos (de corrupción y de los otros) estaban a la orden del día, pero nadie se imaginó nunca que podían llegar hasta los premios literarios, desde ese momento sospechados o viciados de ilegitimidad. Para mayor abundamiento: el autor impugnado no era cualquiera, sino uno de los intocables de la literatura local, autor de “Respiración artificial”, “Nombre falso” y “La ciudad ausente”, entre otros títulos.

Del fallo, que en esta instancia sólo puede ser apelado ante la Corte Suprema, se desprende que la novela de Piglia nunca debió presentarse porque se comprobó que su edición estaba comprometida con el grupo editorial, algo prohibido expresamente en las bases. Se consideró demostrado que “Piglia había transferido por título oneroso la producción literaria por la que cobró 50 mil dólares al firmar el contrato de junio de 1994 y otros 50 mil dólares un año después (...). Dicha producción no había producido el rédito inicialmente previsto, de manera que se vislumbró la posibilidad cierta de una razonable recomposición patrimonial mediante la adjudicación del Premio Planeta 1997 a la obra de Piglia, acompañada, claro está, con amplia publicidad de méritos y difusión”. Es decir, que la editorial coló una novela por la que ya había pagado un adelanto, entre las obras que se entregaron al jurado, como forma de compensar una mala inversión. Además, “la admisión de los originales debió cerrarse indefectiblemente el 4 de septiembre de 1997”, dice el fallo, pero “el plazo fue postergado con notoria laxitud”.

En la actualidad, la totalidad de la obra de Piglia fue adquirida por Editorial Anagrama, donde publicó “El último lector” y “Formas breves” (corregido y aumentado). Además de leer compulsivamente, dicta cursos sobre literatura argentina y latinoamericana en la Universidad de Princeton.


 

EL ÚLTIMO LECTOR

(Extracto autorizado por Anagrama)

Sartre lo ha dicho bien: “¿Por qué se leen novelas? Hay algo que falta en la vida de la persona que lee, y esto es lo que busca en el libro. El sentido es evidentemente el sentido de su vida, de esa vida que para todo el mundo está mal hecha, mal vivida, explotada, alienada, engañada, mistificada, pero acerca de la cual, al mismo tiempo, quienes la viven saben bien que podría ser otra cosa.”

Las mujeres son las que han encarnado ese malestar (vistas desde los varones que escriben las historias). En la ficción, la salida de esa perturbación ha sido, tradicionalmente, el adulterio. Frente al malestar de sus propias vidas, las mujeres que leen (Anna Karenina, Madame Bovary, Molly Bloom) encuentran otra vida posible en la infidelidad.

Si tuviéramos que acuñar una fórmula, irónica, podríamos decir que el modelo perfecto del lector masculino es el célibe, el soltero a la Dupin, mientras que el modelo de la lectora perfecta es la adúltera, a la Bovary.

De algún modo, la feminización del lector de novelas confirma los preconceptos dominantes sobre el rol de la mujer y de la inteligencia femenina. Las novelas se pensaban aptas para las mujeres, consideradas criaturas de capacidad intelectual limitada, imaginativas, frívolas y emotivas. Las novelas, circunscriptas al reino de la imaginación, eran lo opuesto a la lectura práctica e instructiva.

En este sentido, los periódicos se oponen a las novelas. En tanto refieren acontecimientos públicos, eran reservados para el lector masculino -como vimos en los relatos de Poe-, mientras que las novelas, con su tratamiento de la vida íntima, eran parte de la esfera privada a la que eran relegadas las mujeres.
















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