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Domingo 3 de julio de 2005

Bobby Fischer y Boris Spassky, en la histórica partida.

CÓMO UN SIMPLE JUEGO SE AMALGAMÓ AL ARTE DE LA GUERRA
El ajedrez de la guerra fría

El juego más complejo del mundo alcanzó su madurez con la guerra fría y tuvo su peak en el famoso duelo entre Bobby Fischer y Boris Spassky, en 1972. Una historia de pasiones, sangre, poder e inteligencia.



Daniel Johnson

El ajedrez proporcionó una importante metáfora para la guerra fría, y su importancia en la sociedad comunista soviética le agregó significado. Los rusos estaban atrasados en términos militares y económicos, pero en el ajedrez eran indiscutiblemente superiores.

El juego se transformó en una de las válvulas de seguridad que controlaban la presión de la guerra fría. ¿Cómo fue que el ajedrez llegó a desempeñar este rol de símbolo y antítesis de la guerra? ¿En qué forma el ajedrez ilumina el proceso a través del cual Occidente triunfa por sobre el comunismo?

Los avatares por los que el ajedrez cambió de significar un mero pasatiempo a ser una expresión artística se aceleraron con la asimilación de los judíos, y esto transformó a la clase intelectual de habla alemana europea en agentes de la reforma modernista. La simbiosis entre los alemanes y los judíos, condenada al fracaso por el antisemitismo, proporcionó el contexto cultural en el cual el ajedrez se pudo convertir en la diversión por excelencia de los intelectuales. Y, desde mediados del siglo XIX, un porcentaje extraordinariamente alto de maestros del ajedrez han sido judíos.

El ajedrez es un caso específico de un fenómeno más general: el alto coeficiente intelectual de los “judíos ashkenazy de origen europeo”, fenómeno que genera muchas preguntas, pero que aún no ha sido resuelto. No sabemos si los judíos contaban con una disposición inherente a sobresalir en el ajedrez, o si se sentían atraídos por este juego intelectualmente exigente, competitivo y sedentario que encajaba con el estereotipo que prevalecía en la Europa del siglo XIX.

Lo que sí sabemos es que lo que Gerald Abrahams identificó como “la mente de ajedrez” -una combinación de memoria, lógica e imaginación- tiene mucho en común con habilidades que fueron y son características de la vida intelectual judía.

En los balnearios

En su drama “Nathan el sabio”, Doris Lessing representa la pasión privada de Saladino, el culto sultán musulmán. Para los intelectuales cosmopolitas de Lessing, el ajedrez era una forma de superar los prejuicios religiosos, raciales, nacionales o sexuales. Debido a que no dependía del azar, y por ende disuadía las apuestas, el ajedrez era el único juego posible para los caballeros.

No obstante, el estatus del ajedrez durante la Ilustración era ambiguo. El juego fascinó a muchos de sus protagonistas, pero era generalmente percibido como el pasatiempo frívolo de una clase ociosa, más que como un ejercicio serio.

El ajedrez comenzó a surgir como una actividad competitiva popular con torneos internacionales a fines del siglo XIX y comienzos del XX. El primero de éstos se efectuó en Londres en 1852, atrayendo gran interés público. Los balnearios de la burguesía europea trataban el ajedrez como una atracción turística, proporcionando una oportunidad para múltiples maestros que pudieron ganarse la vida jugando.

Algunos lograron éxito en diversas profesiones, mientras que otros valoraban sus logros académicos o estatus social por sobre el ajedrez. Hacia 1900, no obstante, el ajedrez, en su nivel más avanzado, ya no era un juego para aficionados, y los profesionales no se veían obligados a sufrir la humillación de jugar con cualquiera por un pago indigno. Más bien, aspiró a alcanzar el estatus de una forma de arte o una ciencia.

Los años previos a 1914 vieron la época dorada del ajedrez, sobre todo en Europa central.

Los términos “maestro” y “gran maestro” otorgan cierta mística al ajedrez. Su uso, sin embargo, data sólo de comienzos del siglo XIX: la primera mención registrada de “gran maestro” ocurrió en 1838. En un comienzo, un “maestro” se refería a cualquier jugador experto, profesional o no, mientras que “gran maestro” se reservaba para el puñado de grandes figuras a nivel de torneos mundiales.

Años revolucionarios

En 1914, el Zar Nicolás II otorgó el título de gran maestro a los cinco finalistas del torneo de San Petersburgo: Lasker, Capablanca, Alexander Alekhine, Tarrasch y Frank Marshall. El título fue formalizado por la FIDE (Federación Internacional de Ajedrez), la cual en 1950 creó una jerarquía de títulos, siendo el más importante el de “gran maestro internacional”.

La brecha entre la gran mayoría y el campeón mundial aumentó de tal forma que Garry Kasparov podía jugar partidas simultáneas contra algunos de los equipos nacionales más fuertes, como Israel o Alemania, y derrotarlos sin perder un juego.

El primer gran maestro supremo reconocido como tal fue el compositor François-Andre Danican Philidor, quien, en gran parte, debe su fama al exilio. Proscrito durante la Revolución Francesa, fue obligado a emigrar a Londres, donde se ganaba la vida jugando ajedrez.

Los años revolucionarios de 1789, 1848 y 1917 enviaron a muchos otros jugadores de ajedrez al exilio. Tras la revolución fracasada de 1848, Karl Marx fue otro exiliado amante del ajedrez que llegó a Londres. Rousseau, asimismo, fue un bohemio dedicado al ajedrez. También Lenin y, sobre todo, Trotsky.

En 1917, cuando los comisarios de la utopía abandonaron el café, se llevaron el ajedrez al Kremlin. A mediados de los años ’20, la nueva Unión Soviética había decidido adoptar el juego como una forma de entrenamiento mental, una preparación para la guerra y la paz.

El temible Krylenko

El ajedrez se observaba como una demostración del materialismo dialéctico, y la ausencia del elemento azaroso lo convirtió en una actividad aceptable para los líderes del Partido Comunista. Debido a que era percibido como un ejercicio sin clases sociales y no contaminado por la ideología burguesa, se consideró como adecuado para los nuevos cuadros proletarios. Y así comenzó el experimento sin precedentes de incorporar el ajedrez en la cultura oficial de la revolución comunista.

La guerra y el ajedrez eran dos de las pocas cosas en las que la Unión Soviética se destacaba. Y ambos estuvieron conectados desde un comienzo por la figura de Nikolai Vasilyevich Krylenko (1885-1938), nombrado comisario de Justicia por Lenin y, tras una sangrienta carrera, liquidado tras la purga de la policía secreta efectuada por Stalin en 1937. No obstante, en los años ’60, Krylenko fue rehabilitado como uno de los fundadores del ajedrez soviético.

Krylenko era editor de la revista principal de ajedrez soviética, “64”, y mantenía el control ideológico de una comunidad de ajedrez que pronto incorporó a decenas de millones. El lema del partido era: “¡Llevemos el ajedrez a los trabajadores!”.

El ganador del primer torneo de Moscú de 1925 fue un ruso, Yefim Bogolyubov, pero éste pronto se unió a los emigrantes rusos en Alemania. Lo mismo ocurrió con Alexander Alekhine, otro campeón mundial que nunca más volvió a Rusia.

El primer y más grande héroe del ajedrez de la Unión Soviética fue Mikhail Botvinnik. Nacido en 1911, Botvinnik pertenecía a la primera generación que creció bajo el comunismo y, como muchos de sus contemporáneos, estudió Ingeniería, aportando de forma importante a la computación soviética.

La dominación soviética del ajedrez se estableció con la victoria de Botvinnik en el torneo de 1948 de La Haya, el cual incluyó a los cinco grandes maestros tras las muertes de los campeones mundiales Alekhine, Lasker y Capablanca.

Primacía comunista

Tras la Segunda Guerra Mundial quedó en claro que Rusia se destacaba por sobre cualquier otro país en el ajedrez. Estados Unidos se había establecido como el país más fuerte en este ámbito en los años ’30, en parte debido a la inmigración judía desde Europa, por lo cual recibió con incredulidad la derrota que sufrió a manos de los soviéticos en el primer torneo internacional de importancia, efectuado en septiembre 1945.

Al año siguiente, la URSS aniquiló a Inglaterra y durante las próximas tres décadas la única competencia seria provenía de sus propios Estados satélites.

La primacía comunista tenía una base ideológica (teórica) y práctica. Se suponía que la “escuela soviética de ajedrez” podría desarrollar la teoría del juego en cuanto a estrategias y tácticas a un nivel mucho más alto de lo que se podría lograr en la aburguesada cultura de Occidente.

Pero la verdadera base de la escuela soviética era su colosal infraestructura, que logró incorporar a millones de jugadores. A medida que la enorme campaña soviética de entrenamiento dio frutos y literalmente cientos de jugadores alcanzaron un nivel de “maestro” o “gran maestro” entre los años ’40 y ’60, se creó un formidable sistema de recompensas y sanciones, plagado de luchas internas y denuncias.

Sin embargo, así como el ajedrez reflejó la guerra fría, también marcó la caída del comunismo. En 1972, el genio norteamericano Bobby Fischer se convirtió en el primer extranjero en desafiar a un campeón mundial soviético, Boris Spassky.

La partida se celebró en Reykiavik (Islandia). Los pormenores de aquella extraordinaria partida han sido narrados una y otra vez: se sabe que las exigencias de Fischer amenazaban con abortar el evento antes de que empezara; que Henry Kissinger llamó a Fischer por teléfono para persuadirlo a jugar; que el capitalista británico Jim Slater dobló el premio monetario.

Fischer finalmente apareció, perdió el primer juego, se retiró del segundo, ganó el tercero (la primera vez que le había ganado a Spassky), y de ahí no miró hacia atrás.

En retrospectiva, la guerra fría ya se estaba apaciguando y las nuevas tecnologías electrónicas que estaban transformando Occidente ya representaban el final del comunismo soviético. La victoria de Fischer propinó un duro golpe sicológico.

La Unión Soviética aún domina el ajedrez occidental en forma póstuma, debido a que la mayoría de los mejores grandes maestros de Estados Unidos, Israel, Holanda o Alemania son del ex bloque comunista. El gran maestro que encabezó la última fase de la verdadera hegemonía soviética fue Garry Kasparov, un joven genio que desafió abiertamente a las autoridades soviéticas, sobre todo después de su triunfo en el campeonato mundial de 1985.

Cuando la Unión Soviética colapsó en 1991, Kasparov ya había adoptado una postura abiertamente anticomunista. Dominó el ajedrez a nivel mundial durante 20 años, hasta que se retiró en marzo de este año y, de paso, se unió al movimiento político contra el Presidente Putin. LND

©Prospect

(The New York Times Syndicate)
















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