MUSULMANES E HINDÚES SE DISPUTAN LA PROPIEDAD DEL MAUSOLEO
El monumento al amor y la muerte que genera anualmente 4.300 millones de dólares está en el ojo del huracán. A la polémica por adueñarse del monumento construido a partir de 1631 y que es Patrimonio de la Humanidad, se une el hallazgo de deterioros en su interior.
DAVID DUSSTER
Prabhat, padre de tres hijos, está sentado en el jardín que antecede a la colosal estructura marmórea del Taj Mahal, cerca de donde Diana de Gales brindó a la prensa uno de los más elocuentes instantes gráficos de desconsuelo en la tumba más célebre del mundo, convertida en símbolo de amor en India y motivo de orgullo nacional.
Es mayo, y antes del mediodía la temperatura ya roza los 40 grados. Prabhat se me acerca y pide el mismo favor que la mayoría de familias indias. “¿Nos hace una foto a todos juntos?”, pregunta. Encuadro a Prabhat, a su tímida esposa y a la prole y... clic. “Gracias - suelta Prahbat, y antes de que pueda decir nada, prosigue. “¿ Verdad que es lo más bello que ha visto en su vida? ¿ Se da cuenta de lo que somos capaces de hacer los indios? Este país ha dado al mundo la obra más hermosa”. Prahbat es hindú, farmacéutico y votante convencido del Partido Nacionalista Indio (BJP) que “va a llevar a este país a la modernidad”.
“¿ Puede leer en árabe?”, me pregunta Kumar, estudiante y musulmán confeso. Le digo que no y me contesta: “Da igual, es tan perfecto que sólo verlo transmite la grandeza del islam. Es la gran obra de los musulmanes, de la religión que llevó la civilización más refinada a India”.
DE QUIÉN ES EL MAUSOLEO
Han pasado pocos años, pero ya entonces Prahbat y Kumar me escenificaron esa dicotomía sobre la pertenencia moral de ese patrimonio de la Humanidad llamado Taj Mahal. Ahora, el Consejo Suní Waqf de Uttar Pradesh (Upswb), el Estado del norte de India que engloba la ciudad del Taj Mahal, dictaminó que el monumento cumple las condiciones para ser considerado un templo musulmán donde se han celebrado ritos religiosos, y por lo tanto el Upswb debe tenerlo en fideicomiso.
La decisión no es baladí. El Consejo Suní Waqf es una fundación financiada por el gobierno con poderes casi equivalentes a las de un tribunal de justicia. Fue creado tras la independencia de India para velar por el cumplimiento de la ley Waqf, que obligaba a cuidar y mantener los monumentos musulmanes del país. Fue también una de las concesiones a esa comunidad para incentivar el espíritu de convivencia tras la traumática partición del país entre India y Pakistán.
El Upswb argumentó su resolución porque se ha encontrado un documento, el Badshahnama, en el que figura un decreto del emperador Shah Jahan en el que declara el Taj Mahal una propiedad waqf. El Consejo Suní exige ahora que el Servicio Arqueológico de India (ASI), propietario del monumento desde 1920, aún bajo la dominación británica, siga encargándose del mantenimiento, pero que ceda el 7% de los 4.300 millones de dólares que genera al año y que el Consejo tenga potestad para aconsejar sobre cómo invertir los beneficios.
La planta octogonal del monumento, con una cúpula de 85 metros de altura y cuatro minaretes, reproduce la estructura del jardín del Edén y, en realidad, es el mausoleo diseñado para esperar al día del juicio final. Mezcla, por tanto, amor, arte y muerte, un paralelismo de la historia de India. La teoría de India como una olla a presión que de vez en cuando deja escapar vapor violentamente sigue vigente. “La alimentación de la intolerancia es cada vez más común y sustenta tensión y violencia como denominador común de la sociedad”, escribe Romila Thapar, profesora emérita de la Universidad Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi. En 1992, una horda de fanáticos hindúes asaltó y destruyó la mezquita de Ayodhya con el argumento de que había sido construida sobre un templo hindú en el lugar de nacimiento del dios Rama. El ataque provocó enfrentamientos entre hindúes y musulmanes y más de 2.000 muertos en toda India. Fue el incidente que marcó el debate político de la última década, representativo de la armonía entre comunidades que quedaba amenazada.
Mientras arrecia la disputa sobre la propiedad del Taj Mahal y se abre un nuevo foco de tensión religioso, los restauradores han descubierto este mes, en plena época de monzones, una grieta en el techo. Para colmo, la afluencia de visitantes disminuye, en parte por el elevado precio de las entradas (750 rupias para los extranjeros, unos 18 euros) y en parte por la reciente polémica. Tamaña obra de culminación arquitectónica, epítome de la armonía, merece más predisposición amistosa por parte de quienes la admiran.
© La Vanguardia
The New York Times Syndicate