Las mujeres han cambiado. Eso no es novedad. Pero el nuevo giro que han tomado miles de doncellas promete levantar la polémica: ellas no piensan, como antaño, que la realización viene -inexorablemente- de la mano de la maternidad. En sintonía con una tendencia global, se atreven a decir “¡Hijos, ni loca! Yo paso”. Y de refilón enfrentan los estigmas de una sociedad que aún las distingue por sus protuberantes pechos y por su “sexto sentido”: el instinto materno.
Son mujeres cuya política de vida pasa por no procrear. Tan sencillo como suena. Aunque en la práctica está lejos de serlo. “Hay mucho machista dando vuelta. Los hombres juzgan más que las mujeres. A raíz de mi investigación, me han dicho ‘la mujer sin hijos es incompleta. Ustedes son como una máquina que viene al mundo a parir’. Eso es terrible”, cuenta Mónica Soraci, autora del libro “¿Hijos? No, gracias” (Editorial Longseller), éxito de ventas en Argentina.
El deseo de no tener hijos es un fenómeno instalado en Europa y Estados Unidos hace ya un tiempo. Hoy todo indica que la tendencia arribó a Latinoamérica. Sobre todo, en países como Chile y Argentina cuyas sociedades están bastante más inquietas que hace diez años. Las cifras son elocuentes: “En nuestro país hay una baja brutal de la tasa de natalidad, que nos sitúa con un promedio de 2,2 hijos por mujer”, dice Fernanda Villegas, asesora económica y laboral del Sernam. En el caso de las mujeres que trabajan, eso desciende a 1,6. Desde el punto de vista del mercado laboral, la mayoría de las mujeres -75%- no tiene hijos menores de 15 años. “Eso habla de la dificultad de las mujeres para procrear en condiciones de seguridad laboral”, asegura Villegas.
La opción de Amparo
Amparo Noguera pertenece a ese mercado laboral, aunque no engorda las alicaídas tasas de natalidad. La actriz siente que la maternidad es algo que no tiene solucionado. No se desvela, pero el segundero del reloj biológico le indica que comenzó la cuenta regresiva. Tiene 40 años y todavía no ha tenido hijos. “Si no tengo uno ahora, no lo tendré más. No quise tenerlos. No me sentía preparada, pensaba que iba a dejar de lado mi trabajo. Tener un hijo es tremendamente delicado. Siempre me ha dado terror la idea. Esa sensación que exista una persona que dependa tanto de mí, me da susto”.
Amparo confiesa que la sola idea de su pareja presionándola para tener críos, le parecería pésimo. “Sería fatal, me muero. No sé qué pasaría con la relación. Me han dicho de todo por mi opción: que hasta cuándo, que por qué no me caso y tengo tres nanas, que soy inmadura. Pero me da igual. Durante muchos años, tener hijos fue incompatible con mi vida”.
Aunque la actriz de TVN se muestra calma e inquebrantable, la realidad de estas mujeres es menos feliz de lo que parece. “Hay mucho dolor en ellas, se sienten miradas como bichos raros. Se sienten muy cuestionadas por el entorno, por la sociedad, por los amigos -reflexiona Mónica Soraci-. Las tildan de egoístas, narcisistas e insensibles. Una decisión así, siempre va a ser difícil para una mujer. La razón es la cultura machista imperante”.
Trabajo versus hijos
En su trabajo sobre maternidad y profesión, la socióloga Verónica Oxman explica que las mujeres siguen la tendencia a postergar la maternidad y privilegiar el desarrollo de la carrera profesional, tal como sucede hoy en Europa. Así las cosas, ellas deben optar entre ser profesionales y exitosas, o tener una familia en armonía. Pero socialmente, ambas cosas son casi incompatibles.
Paola Aguillón (29) tiene claro este dilema. Es periodista y trabaja en una conocida radio capitalina. “Me gusta mucho mi profesión, la maternidad no es una prioridad. Si tienes un hijo, pasas a último lugar y eso te impide viajar, estudiar, dedicarte a ti misma. En Chile, las mujeres que tienen hijos pierden espacio en el trabajo. Te vas con prenatal y cuando vuelves tu puesto no existe. Ser mujer y ser madre te quita demasiado espacio de desarrollo profesional. Además, no hay incentivos para que puedas cumplir ambos roles”.
Respecto a la reacción de la pareja, Paola cuenta que tiene dos opciones: se saca la lotería y encuentra un hombre que la acepte tal como es, o derechamente se mete con un tipo separado, que ya tiene hijos y no siente esa necesidad. La conversación avanza y emerge la crítica -algo solapada- hacia el sexo opuesto. “Los hombres no entienden todo el sacrificio y postergación que significa ser madre. Si tu hijo se enferma, él nunca pide permiso para que tú no sigas faltando al trabajo. Como no hay una pareja que asuma ese rol, ser madre implica dejar una cosa por otra”. Paola tiene pareja -también periodista- y asegura que él respeta su opción de vida. Pero no descarta que el tema sea caldo de conflicto más adelante. Opina que la clave es ser transparente desde un principio y no hacer falsas promesas.
MUNDO “DINKS”
Las mujeres que deciden no tener hijos tienen un perfil similar: pertenecen a la clase media-alta y alta. Un segmento con acceso a la educación, que tiene proyectos de vida y siempre ambicionan más. Mujeres que buscan ganar dinero, no para complementar la renta del marido, sino que para gastarlo en viajes, consumo y otros placeres.
“Hablamos de sectores del cuarto y quinto quintil, es decir, los de mayores ingresos. Son perfiles de profesionales liberales, que evidencian un cambio de valores importante. Incluso un reordenamiento de la pareja, donde la maternidad se margina, ya no es fundacional como antes. La tendencia es que la procreación no es vital”, indica Villegas, del Sernam.
Un ejemplo de este nuevo “orden” familiar, son los llamados “dinks” (double income, no kids: doble sueldo, ningún hijo): parejas cuya realización no pasa por la conformación de una familia tradicional. “En Europa son un fenómeno. Los gobiernos están muy preocupados. Hay una ciudad japonesa que ofrece un millón de yenes a las mujeres que quieran tener un hijo. Según los especialistas, esta tendencia se seguirá acentuando con los años”, dice Soraci.
Sin hijos mejor
Aunque no lo explicita, Bernardita Cancino también pertenece a este grupo de avanzada. Tiene 47 años y está emparejada desde hace 25. Lleva casi una década dirigiendo Comunicación y Gestión de Entorno, su empresa de asesoría estratégica. Bernie -como le dicen sus amigos- cuenta que siempre priorizó su autonomía e independencia. En la universidad estudió sicología, literatura, historia y diseño. Luego tuvo tiempo y fuerzas para realizar un diplomado. En total, pasó casi doce años abocada al tema académico.
“Nunca tuve ganas de tener hijos, lo pasaba excelente sin ellos. Todos pensaban que iba a llegar ‘mi minuto’, pero eso nunca pasó. He hecho mil cosas que seguro no hubiera hecho con hijos, como viajar, cambiar de trabajo, de ciudad, incluso de país. Es una sensación de que puedes partir y hacer lo que quieras, porque el único enganche que tienes es tu pareja”. Bernie agrega otro plus de no ser madre: no sufrir los rigores estéticos de maternidad. “No se me cayeron las pechugas ni el poto. Parezco más joven de lo que soy y eso se nota en mi actitud. No discuto con la gallá si quieren tener hijos. Yo ya tengo la mía y estoy feliz con eso”.
El libro “¿Hijos? No, gracias” recopila cuarenta casos similares al de Bernie. Y además desnuda varios mitos en torno a la maternidad. Uno es el famoso instinto materno. “No existe. Es un mito alimentado desde lo cultural, social y familiar -enfatiza Soraci-. Freud dijo que las únicas pulsiones de ser humano son la vida y la muerte. Todo lo demás es aprendido, entonces ¿por qué no vamos a aprender a desear tener un bebé? ¿Por qué la mamá le regala a la niña la muñeca? Para que la acune y la duerma. Desde ahí se va construyendo ese deseo de ser madre. Por el lado familiar también se da ese condicionamiento: no tienes ni diez años y tus abuelas te preguntan cuándo vas a tener un hijo”.
Tía chocha
Otro argumento que lleva a una mujer a no parir nunca un hijo, es el rechazo a la figura materna. Gabriela González, sicóloga de La Morada y especialista en temas de género, recuerda el caso de una paciente que cuestionaba la maternidad a partir de su madre. “Se preguntaba su no-deseo de ser mamá, porque lo vivido durante su infancia y adolescencia no le gustó”. Gonzáles advierte que “hay un conflicto síquico al interior de las mujeres por la imposición de asumir el rol materno heredado socialmente. El problema mayor se da en su relaci ón con los otros: qué va a decir mi familia, mis amigas o mi pareja”.
Soraci agrega que el ejemplo de la propia madre es fuerte: porque tuvo muchos hijos, la vio y no quiere mirarse en ese espejo; o porque tuvo una infancia conflictiva con su madre y no quiere repetir los errores. “Tiene miedo de ser ella, su propia madre. Otro miedo es cuando la mujer no sabe si será una buena progenitora. Todos estos temores serían excusas, porque en realidad abajo se esconde el no-deseo”.
Para Magdalena Brown, su madre fue clave en su opción de no tener hijos. Tiene 40 años, estudió literatura y trabaja como asesora comunicacional. Asegura que nunca le interesó tener descendencia “por una razón más bien ecológica. Somos diez hermanos, me crié en una familia muy numerosa. Vi a mi madre parir y parir. Sentí que ella ya había cumplido la misión de tener muchos hijos. Ese mandato estaba más que logrado”.
Magda cuenta que sus hermanas son súper maternales y la llenaron de sobrinos. Que ella fue la única que salió “así”. A los catorce años, ya programaba que quería adoptar, pero una “guagua” de quince años. Su madre le decía que era ridículo, que los hijos se criaban de chicos. Ella mantuvo su postura firme hasta hoy. “Se me fue pasando la vida. Aún soy fértil pero nunca he sentido el deseo”. Para Magda, la maternidad es como una gran bolsa negra rellena de miedos y temores. “A los 30 años, vivía aterrada con la idea de quedar embarazada. Me parecía algo horroroso, porque creía que mi vida se iba a destruir. Implicaba dejar mi carrera y eso me daba pavor”.
CUANDO UN HIJO ES UN ESTORBO
Más allá de lo profesional, en Magdalena influyó “la pérdida de libertad, el compromiso y lata que significa tener hijos. Pienso en las mujeres y digo: cómo pueden tener cabros chicos. Es terrible, tienes que estar todo el día con ellos, darle la comida, mudarlos, no puedes salir en las noches. Además de su seguridad, debes preocuparte de su entretención, de estimularnos mentalmente. Es una pega que no termina y no me interesa”.
Algunos pololos que desfilaron por la vida de Magdalena intentaron “enlazarla”, llevarla al altar. Pero ella -instantáneamente- decía que no, porque luego vendrían los hijos. Hoy vive sola y se siente feliz. Hace años que no tiene una pareja.
Otra mujer que dice estar feliz es Bettina, una de las protagonistas del libro “¿Hijos? No, gracias". Desde el otro lado de la cordillera, asegura que es la envidia de la mayoría de sus amigas con hijos. Le dicen que disfrute la vida porque tiene la suerte de no tener chicos que lloren, ni a los que haya que cambiarles los pañales a cada rato.
“A veces las escucho quejarse porque no tienen tiempo de bañarse, arreglarse el pelo, se duermen de pie en el colectivo porque la noche anterior no pegaron un ojo -se horroriza-. Yo voy a la peluquería, entro y salgo cuando quiero. Son mis tiempos y los manejo yo. La verdad, un hijo sería un estorbo para la vida que a mí me gusta vivir”. LN