
Lunes 29 de agosto de 2005
James Howard Kunstler
Una gran noticia en Estados Unidos fue que la globalización es parte permanente de nuestras vidas: es algo maravilloso, entonces, hay que ir acostumbrándose. El principal animador de esta perspectiva es Thomas Friedman, columnista de "The New York Times" y autor de "Un Mundo Plano". La aparente aceptación unánime de esta idea en los círculos de poder estadounidenses es una excelente ilustración de la locura colectiva, dado que nada podría ser tan equívoco como la idea que la globalización es hoy un elemento fijo de la condición humana. Porque las transitorias relaciones económicas actuales son producto de circunstancias especiales, la paz mundial relativa y abastecimientos confiables de energía barata. Pero sustraiga cualquiera de estos dos elementos de la ecuación y verá evaporar en forma inmediata la globalización. El hecho de que ninguno de los animadores de la globalización toma esta ecuación en consideración es bastante elocuente. En efecto, las élites del poder estadounidenses caminan dormidas hacia una crisis tan severa que la consecuente explosión podría acabar con los dos partidos políticos más importantes.
El mundo vio cómo una etapa anterior de comercio global sólido inició su carrera alrededor de 1870 para frenarse súbitamente en 1914. Este fue el periodo del boom de la construcción de ferrocarriles y la llegada de los barcos de vapor transatlánticos. Las grandes potencias habían coexistido en paz relativa desde la última acometida de Napoleón. La Guerra de Crimea fue un episodio de menor importancia que tuvo lugar en los patios traseros de Eurasia y la guerra franco-prusiana una ópera cómica que duró menos de un año. La guerra civil estadounidense apenas afectó al resto del mundo.
La primera fase de la globalización, por lo tanto, se inició con el uso de la energía basada en carbón y vapor. No había escasez de combustibles, las fronteras coloniales estaban aseguradas y las rutas de exportación de materias primas desde las colonias a las fábricas de Europa occidental operaban sin problemas. La emergencia de una clase media a cargo de la operación de las varias etapas del proceso de producción proporcionó mercados para los nuevos productos. Las innovaciones en las finanzas dieron legitimidad a todo tipo de papel para comerciar. La vida era muy buena en Europa y EEUU, aun cuando hubo algunos agudos altos y bajos cíclicos. El comercio entre los grandes poderes marchaba muy bien. La belle époque representaba el punto más rebosante de las esperanzadas expectativas. En EEUU era conocida como la era progresista. El siglo XX iba a ser dorado.
Se desplomó todo en 1914. Hasta la fecha, los historiadores aún están desconcertados respecto de cuáles fueron las causas que motivaron la Primera Guerra Mundial. ¿Qué le importaba realmente a Francia o Gran Bretaña un archiduque austriaco, heredero al trono de un país sumido en un profundo ocaso? No había contiendas territoriales en ese entonces ni en las colonias de Asia ni las de África. Sin embargo, las anomalías diplomáticas de aquel fatídico verano culminaron en la pavorosa carnicería de las trincheras, la muerte de una parte importante de una joven generación, y el colapso nervioso de la autoridad en la política y la cultura. Se requeriría una depresión, el fascismo, y una Segunda Guerra Mundial para resolver estos temas, por lo que no se inició una nueva ronda de globalización hasta la mitad de los '60.
Quizá un hecho importante es que el primer colapso de la globalización ocurrió a medida que la economía basada en el carbón estaba en transición hacia una economía basada en el petróleo, lo que significaba profundas implicaciones geopolíticas para aquellos que tenían petróleo (EEUU) y aquellos que podrían intentar controlar la otra región más cercana a Europa con depósitos de crudo (en ese entonces, la región del Mar Caspio, debido a que aún no se había descubierto el crudo árabe). La Primera Guerra Mundial fue resuelta por las naciones (Gran Bretaña y Francia) que eran amistosas con el productor más importante de crudo de fácil acceso. Alemania perdió en la guerra y sufrió de un acceso restringido al crudo. Japón sufrió de la misma manera.
En la actualidad, estamos listos para otro desplome de la feria global de comercio periódica a medida que las naciones industriales entran en la era tumultuosa más allá del peak de la producción de petróleo, el cual he denominado la larga emergencia. Las distorsiones y perversidades económicas que se han ido acumulando en la era actual no son difíciles de percibir, aun cuando nuestros líderes temen reconocerlas.
El secreto sucio de la economía estadounidense durante al menos una década ahora es que la economía ha llegado a basarse sobre la elaboración incesante de una infraestructura suburbana dependiente de los automóviles -complejos residenciales, carreteras de ocho carriles, enormes cadenas de grandes tiendas, puestos de hamburguesas- que no tiene futuro como sistema de vida en un porvenir donde escasee el crudo. El monstruo suburbano estadounidense podría ser descrito sucintamente como la peor asignación de recursos en la historia del mundo. Las hipotecas, los bonos, los fondos de inversión y los instrumentos financieros derivados asociados con este trágico emprendimiento probablemente provocan asombro y náuseas entre la gente atinada.
Agreguemos a este oscuro cuadro económico una lucha militar a la distancia (que en realidad ya se está librando) por el control sobre lo que queda del petróleo en el mundo, y el escenario se oscurece aún más. Dos tercios de ese petróleo está en manos de personas que resienten el mundo occidental (a EEUU especialmente), y muchos de ellos han jurado destrozarlo. EEUU y Gran Bretaña han sentido el aguijón de guerreros freelance y asimétricos que no están asociados con un Estado específico, sino con una causa religiosa transnacional que utiliza poderosas armas pequeñas y explosivos para desbaratar las sociedades occidentales y desconcertar sus defensas. China, un supuesto beneficiario de la globalización, estará tan desesperada por petróleo como los otros actores, y tal vez sea más despiadada en su búsqueda por controlar los suministros, algunos de los cuales pueden alcanzar a pie.
China enfrenta temas relacionados con el caos ecológico, una explosión desmedida de la población y el desorden político, en una magnitud más allá de cualquier cosa conocida en Europa y EEUU. Visto a través de estos lentes, el ocaso de la actual fase de globalización parece estar terriblemente cerca del horizonte. El público estadounidense ha disfrutado de la fiesta, pero la orgía especial del automovilismo fácil, aire acondicionado sin límites, y productos ultra baratos elaborados por esclavos de fábricas en tierras lejanas, está a punto de clausurarse. La globalización se acabó. El mundo está a punto de convertirse en un lugar más grande otra vez.
James Howard Kunstler es autor de "La Larga Emergencia: Cómo Sobrevivir las Catástrofes Convergentes del Siglo Veintiuno".
©The Guardian