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Jueves 8 de septiembre de 2005

- Los Balcanes en el Bella

REALIZAN PRIMER FESTIVAL DE MÚSICA POPULARIZADA POR KUSTURICA EN EL GALPÓN 9
Tiempo de gitanos

Hace poco se vivió el “Sabor Trubaca”, el mayor festival de música balcánica en Serbia y este sábado, cuatro bandas chilenas alborotarán la noche santiaguina. En los Balcanes los hombres nacen y mueren acompañados por la trompeta y en el Barrio Bellavista veremos a los mejores exponentes de está alucinante música. También habrá un tributo a Sandro.



Alessandro Gori

No hay que llamarla pequeña Woodstock. Los serbios, gente muy orgullosa, podrían ofenderse. ¿Pequeña? ¿Les parece pequeño un festival que atrae a cerca de 300.000 personas desde el país entero? Se trata más bien de una peregrinación, que cumplen hacia Guca, un pueblo de unos 5.000 habitantes en la región de Sumadija, el corazón boscoso del país a unos 150 km de Belgrado. Aquí, desde hace 45 años, se organiza el “Sabor Trubaca”, un certamen para orquestas de metales. Durante la primera semana de agosto miles de serbios invadieron Guca y la transformaron en un concentrado de todos los elementos que componen el imaginario de los Balcanes.

En Guca se desarrollan concursos para orquestas y grupos folclóricos. Sin embargo, el verdadero espectáculo lo forja la gente que durante tres días y tres noches inunda las calles del pueblo cantando y bailando hasta la madrugada. Se tragan ríos de sljivovica (el famoso aguardiente de ciruela local) y hectolitros de cerveza, se cocinan cerdos y corderos enteros, se prepara el excelente svabardski kupus (repollo cocinado durante horas junto con carne de cerdo en grandes ollas de terracota). Se consumen bajo las inmensas carpas a los ritmos endiablados de los conjuntos serbios y de las bandas de gitanos que tocan sin parar entre las mesas, nutridos por el dinero que la gente les introduce en las mismas trompetas.

Nikola Nika Stojic, escultor, profesor de literatura en Guca y entre los fundadores del festival, recuerda: “En 1961, en el primer Sabor, sólo participaron cuatro orquestas. Hoy se interesan por el concurso más de 100 conjuntos que deben pasar a través de eliminatorias: a Guca sólo llegan los mejores veinte que compiten por los premios más prestigiosos, como la Zlatna Truba (la Trompeta de Oro)”.

EN LA ALEGRÍA Y LA TRISTEZA

Guca sólo representa el momento más alto del vínculo entre los serbios y la trompeta. En Serbia este instrumento se volvió parte inseparable del recorrido de la vida humana basculando entre alegría y tristeza. Stojic explica: “Aquí en Serbia las orquestas de metales tocan cuando los niños nacen, cuando se bautizan, cuando los chicos van a hacer el servicio militar, cuando vuelven, cuando se casan, para la inauguración de la nueva casa, cuando se hacen las fiestas populares en las que se baila y canta, pero se toca incluso en los entierros, acompañando al muerto en su último viaje. Así la trompeta se volvió parte integrante de la vida del pueblo serbio”.

Gvozden Rosic, 40 años, es un campesino de Rti, un pueblecito a 5 km de Guca. La orquesta de Gvozden, Trompeta de Oro en 2001, es contratada para los momentos importantes de la vida de la gente de su región. Encontramos a Gvozden tocando en un impresionante entierro como aún se celebra sólo en algunos rincones de la provincia serbia. Tras la plegaria del pope, Gvozden y su conjunto entran en escena, esta vez con su música fúnebre. El tractor arrastra un carrito con el féretro encima por la pequeña carretera que desde la casa del fallecido sube hacia el cementerio de la aldea.

Delante de la procesión la cruz, los dulces y la omnipresente sljivovica. Inmediatamente detrás Gvozden y sus compañeros. Al final de la ceremonia fúnebre todos los participantes comen y beben. Sobre la tumba del difunto.

Serbia está lentamente recuperándose de una larga serie de tragedias de la década de los 90: nacionalismos, guerras, embargo internacional, hiperinflación, centenas de miles de refugiados, emigración masiva de jóvenes licenciados. La crisis económica y social es patente tanto en el campo como en la capital, Belgrado, donde las huellas de los bombardeos de la OTAN de 1999 son más evidentes. En estos años, los medios de comunicación occidentales han acoplado a los serbios una imagen negativa que todavía persiste.

LA REPÚBLICA DE LAS TROMPETAS

El director italiano Stefano Missio quedó fascinado por estas tradiciones e intentó presentar una imagen diferente del país en su documental “Trubacka Republika” (La República de las Trompetas). “Rodamos dos años en Serbia, durante el festival pero también la vida cotidiana”, explica. “Queríamos entender el alma de este pueblo a través de las orquestas de metales. Frente al ostracismo hacia los serbios la música y las tradiciones constituyen una fuerza de reacción y al mismo tiempo uno de los pocos contactos con el exterior”.

Si para los serbios es todavía muy difícil obtener un visado para viajar al extranjero, su música cruza en cambio las fronteras. Se hizo muy conocida en toda Europa y en el mundo entero especialmente gracias a las mágicas atmósferas recreadas en las películas del pluripremiado director Emir Kusturica y por las bandas sonoras de Goran Bregovic. Su obra más famosa, “Underground”, galardonada en 1995 con la Palma de Oro en Cannes, se abre exactamente con una de estas orquestas contratada para un festejo en las calles de Belgrado en la madrugada de un día de 1941. Esas mismas atmósferas, en una versión más genuina y veraz, se reviven en Guca, donde Bregovic se inspiró para componer las músicas que desde entonces lleva en conciertos por los cuatro rincones del planeta.

En los últimos años se registró una creciente importancia de Guca, que ya se retransmite en directo a todo el país. Se sigue notando la presencia de una reducida parafernalia nacionalista, pero se advierte también una apertura. En los últimos años se nota la presencia de visitantes extranjeros, especialmente eslovenos, italianos, franceses. Incluso hay conjuntos huéspedes de otros países, entre ellos la Zlatne Uste, una orquesta de metales balcánica procedente de Nueva York. Uno de sus integrantes, Emerson Hawley, cuenta su alegría por estar nuevamente en Guca: “Habíamos venido aquí en 1988, 1989 y 1990 (justo antes de la guerra) y ahora hemos vuelto tras tantos años. Estamos contentos: en cualquier sitio donde toquen metales es nuestro lugar”. La Zlatne Uste (labios de oro en serbio) el año pasado estuvo entre los protagonistas del clásico concierto multitudinario del sábado por la noche en el estadio local, luciéndose en la interpretación de tradicionales temas balcánicos. “Pero la parte más emocionante es tocar entre las mesas con la gente que nos paga como es tradición en estas tierras”, añade Hawley. “No necesitamos dinero, pero así se puede realmente apreciar la especial manera en que los serbios viven este acontecimiento”.

“En los últimos años hemos sobrevivido a muchos acontecimientos extremadamente negativos”, explica Dusan Babic, estudiante de 24 años. “Su peso cayó especialmente sobre nuestra generación, que no estaba preparada para ello. Ahora sí conocemos lo que no queremos, pero todavía no sabemos lo que realmente perseguimos”. La exuberante alegría de los serbios se libera en una velada en un kafana, el típico restaurante serbio, así como en la apoteosis de Guca. En ambos casos la fiesta, como reacción, es aún más grande.

Sigue Dusan: “En la permanente inseguridad que envuelve nuestro país Guca es el lugar ideal para liberarnos de nuestros problemas cuotidianos: se trata de un festival en el que reinan la anarquía y la libertad más desenfrenada”.

Sin embargo, en Guca nunca se han registrado incidentes: se cuenta que durante el festival las farmacias cierran porque nadie necesita medicamentos. El único remedio es la trompeta, los cerdos, el kupus, la sljivovica y las otras especialidades locales y, claramente, la música. Esa es una fiesta que puede curar cualquier neurosis: las personas descargan todo lo que les estorba en la vida cotidiana, lo que en Serbia no falta, y se cargan de energía para volver a sus ciudades. Es el efecto de Guca, que en un fin de semana se vuelve la República de las Trompetas. Lástima que sólo dure tres días.

© La Vanguardia

(The New York Times Sindycate)













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