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Domingo 9 de octubre de 2005


En acción

“Andy Warhol: obra gráfica, documentos y films” permanecerá abierta en Museo de Bellas Artes entre el 14 de octubre y el 18 de diciembre y en Espacio ArteAbierto entre 14 de octubre y el 16 de diciembre.

ANDY WARHOL LLEGA A CHILE
15 minutos de fama

Se avergonzaba de su infancia pobre. Decía que su grabadora portátil era su esposa. Pintaba sobre la orina diabética de un ayudante y grababa la cara de éxtasis durante una felación para pasarla en pantalla grande. Uno de los instigadores de la revolución de los sesenta y padre del Pop-Art llega esta semana al país con más de 200 obras. Acá, la vida del hombre que terminó con la modernidad.



Franco Fasola
Nacion Domingo

“Si quiere saber todo sobre Andy Warhol, sólo mire la superficie de mis pinturas, mis películas y a mí, y ahí estoy. No hay nada detrás de eso”. Andy Warhol.

Como decía el escritor J.G Ballard, para entender quien fue Andy Warhol, hay que imaginarse a Walt Disney bajo el efecto de las anfetaminas. Sus mayores virtudes pasaron por sus exitosas apologías al consumo masivo y la reproducción en serie de la cultura de masas que nacía en la década del cuarenta, junto a las aspiradoras, la televisión y la hiper publicidad.

Muerto hace ya 18 años, los quince minutos de fama de los que tanto hablaba, siguen aún estirándose como un pegajoso y rosado chicle. Tanto así que este jueves 13 de octubre llega a Chile una exposición que incluye 200 trabajos, entre los que se encuentran seriografías, fotografías, documentos y películas, entre los que se podrán ver las latas de sopa Campbell y los retratos intervenidos de Marilyn Monroe, Mick Jagger, Elizabeth Taylor o sus diseños de carátulas de discos para Rolling Stones y The Velvet Underground. Además se exhibirán sus disparatados trabajos cinematográficos que incluyen grabaciones de seis horas a un hombre durmiendo, 45 minutos de un hombre comiendo (“Eat”), una felación grabada o un poeta comiéndose un hongo. Películas que sólo entendía él pero que fueron seguidas con devoción por sus súbditos que, mientras eran exhibidas, salían a comprar hamburguesas.

POBREZA BAJO LA ALFOMBRA

Hombre lleno de contradicciones, el mentor del llamado Pop-Art nació en 1928 -justo antes de la Gran Depresión- bajo el nombre de Andrew Warhola. Hijo de un cargador y de una madre que se dedicaba a la limpieza -ambos eslovacos que viajaron a Estados Unidos en busca de fortuna-, el tímido Andy vivió sus primeros años en Pittsburg, la ciudad donde nació el concepto “Smog”.

Entre muñecas y las flores artificiales que fabricaba su madre, Warhol tempranamente había decidido borrar su nada de glamorosa infancia dedicándose al arte. A los seis años ya se había convertido en un caza autógrafos, transformándose en el raro del lugar que ansiaba proyectarse fuera de ese gris paisaje. Entre la decadencia y la vergüenza de la pobreza apareció en su mente esa idea (“sólo los raros pueden ser alguien”) que reventó en los sesenta, mientras la tropa de freaks y homosexuales -de la que se transformó en Tótem-, le rendía culto en su centro de operaciones The Factory. “Warhol anhelaba la fama con una ávida y calculada desesperación, como si fuera la autentica metáfora de la vida misma”, escribio Sthepen Koch en “Andy Warhol Superstar”, de Anagrama.

RAROS PEINADOS NUEVOS

El tan buscado reconocimiento vendría con su llegada a la Gran Manzana, a fines de los cuarenta, cuando comenzó a despuntar como uno de los mejores ilustradores publicitarios para revistas de moda como “Vogue” y “Harper’s Bazaar”. No por nada el connotado teórico Arthur Danto situó el fin de la modernidad luego de ver una exposición de Warhol en 1964.

En medio del vendaval creativo que ayudó a consumar, con pelucas y modos sui generis se dedicó a fotografiar e intervenir a su trouppe, a colorear fotos con la orina diabética de uno de sus ayudantes y a otras excentricidades tan dispares como ser un coleccionista obsesivo de joyas de famosos o alfombras hechas por indígenas americanos. Inventó la revista “Interwiew”, reformuló el arte de la entrevista; presentando a su grabadora Sony como su esposa. Además, y de pasada, seguía ganando fama y dinero. Y no se arrugaba en decir que ser bueno para los negocios era el arte más fascinante. “Hoy en día, si eres un truhán, aún puedes estar bien considerado. Puedes escribir libros, salir en la tele, conceder entrevistas: eres una gran celebridad y nadie te desprecia por ser un ladrón. Esto se debe a que lo que más quiere la gente son estrellas”, escribió en “Mi Filosofía de A y B y de B a A”.

Corría 1968. En Suecia una feminista despechada intentó asesinarlo. Andy se salvó, pero se vistió de alma en pena. Se acercaba Woodstock, con todo el paroxismo de la revolución que él, de algún modo, inauguró. Pero Warhol se sentía perseguido. Se aleja de su desquiciado séquito y hasta su muerte, en 1987, cambió la drogada vanguardia neoyorkina por los rimbombantes salones de los personajes más ricos del planeta, a quienes retrataba sin dejar de sentirse sólo un juguete de sus caprichos LCD


La fiesta Warhol

Por Martín Huerta

En la década del ’60, luego de asistir a la fiesta de la entrega de los Emmy Awards en el Plaza Hotel de New York donde Telly Savalas ejercía como anfitrión, quisimos prolongar el jolgorio y discurrimos caerle a Warhol para invitarlo a disfrutar la noche de New York. A eso de la una de la madrugada, en mi Pontiac descapotable y con Savalas al volante llegamos al barrio de Soho, Broadway 860 y luego de abrirse una puerta reforzada en acero y triple chapa, nos recibió un perro Gran Danés embalsamado.

Al rato apareció Andy Warhol, quien era amigo de Savalas y nos saludó distante. Lucia una bata de seda tornasol, unos leotardos a rayas de colores y una peluca lila. “Demasiado colorinche”, pensé. Luego, el dueño de casa nos mostró otros aposentos atestados de cajas de cartón amarradas con cintas plásticas desde donde sobresalían tapas de ruedas y paraguas recogidos en Wall Street; menús de comida cantonesa, muñecas de loza deformadas, colgadores, ovillos de hilo y carretes gigantes, carteles de tránsito y botellas sin barcos dentro.

De súbito, el hombre nos conminó a servirles como pinceles vivientes, proyecto largamente acariciado por él y que consistía en empelotarnos, para ser untados con pintura y revolcarnos en las telas que disponía para el efecto. Telly le dijo que no estábamos para servirle de pincel a nadie y que pretendíamos llevarlo por el frenesí de la vida. Warhol adujo que el tampoco estaba disponible para salir ya que le aterraba la idea que alguien ingresara a robar.

Y eso sería todo.

Al salir, todos le pidieron ser retratados con él, pero se negó porque eso equivalía a una sesión de maquillaje y además tenía un costo. Nos despidió y al salir le solicité comprar una de sus obras. “Deja tus señas”, dijo, y el perro, que no se había movido y que presidió la reunión, nos dio el portazo final.

Un tiempo después, recibí una llamada. “De parte de un tal Andy Warhol”, me dijo Patty, mi mujer.

-¡Chuuuuuta!

-El sábado por la mañana, por favor, pase por The Factory...Tenemos algo para usted. Bye-, dijo una voz.

El sábado partí en bus desde New Jersey a La Gran Ciudad. Ya en el 860 de Broadway, fui recibido por dos muchachos afables que me llevaron hacia el patio, retiraron una loneta y descubrieron una instalación que Warhol había dejado para mí. Era un albo maniquí dentro de un cubo de basura, calzado por el artista con zapatos de tacones y que extendía sus piernas hacia el infinito en conjunción con otros elementos. Fotografíe la instalación desde todos los ángulos y ahora, por primera vez es mostrada en estas páginas.

Junto a ésta, retiré un pedazo de muralla de New York con la firma de Warhol. Un par de años después, un 6 de agosto, con Truman Capote y Steve Rubell, propietario de la nueva disco Studio 54, le celebramos al creativo su cumpleaños. “New York’s infamous Studio 54 Disco request the honor of your presence at the very epicenter of the greatest party on earth to celebrate the 50th birthday of the infamous Andy Warhol”, rezaba la selectiva invitación.

Allí Warhol cumplió su sueño de los pinceles vivientes y se marchó de madrugada con dos bolsas negras de basura con billetes de un dólar que cada asistente a esa noche memorable lanzó por los aires como tributo a aquel niño que había llegado años atrás a New York cargado de sueños desde su nativa Pittsburg.













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