LLEGA COMPENDIO DEL MAESTRO DEL CINE
El inconmensurable aporte del director de “El resplandor” a la historia del séptimo arte se resume en un libro de siete kilos y medio que saluda desde las vitrinas tal como una ninfa inalcanzable. Taschen edita esta suerte de fotonovela que trae comentarios del director, material inédito y vale lo mismo que el sueldo de un cajero de banco.
Quienes conciben su tiempo de lectura como un paseo por las librerías hojeando obras de precio prohibitivo y relativo valor, ya deben haber visto el portentoso texto tapa dura titulado “The Stanley Kubrick archives”. Es rojo como las entrañas del computador HAL 9000 de “Odisea del espacio” y tiene el mismo peso de un niño de cuatro años. Parece un álbum de láminas con todas las figuritas, incluso la difícil: Kubrick sonriéndole al elenco, espantando esa fama de despiadado que le colgaron.
LAS SAGRADAS ESCRITURAS
Ya desde la primera parte, dedicada a su filmografía, se puede pasear a través de potentes fotogramas de sus obras menos conocidas, como “El beso del asesino” y “The killing”, trabajos en blanco y negro, hasta el color más tenebroso de “Ojos bien cerrados”, su última película. Todo en 550 páginas imposibles de recorrer en una hojeada de mall. Incluye un extenso capítulo dedicado al proceso creativo ilustrado con sus primeras fotografías de cuando era un chiquillo metete del periódico escolar. Sombrías postales de la Norteamérica noir de los años ’40. Aciertos espontáneos, reales y de los otros, como el notable reality junto a Walter Cartier, boxeador amateur en lo que posteriormente sería su primer trabajo cinematográfico, el documental “Day of the fight”.
Hoja tras hoja, el estudiante da paso al creador formalista que ensaya lo que será una carrera perfecta.
El resto es el set de fotografías de Kubrick en el set, Kubrick en el break, Kubrick en una guerra de pasteles jamás editada, Kubrick dictando las claves de su trabajo, apuntes de su puño y letra, imágenes de storyboards que parecen salidos de la imaginación de un niño de kinder que ha leído “La guerra y la paz” al revés y al derecho. Al final, un apéndice de los trabajos que dejó en el cajón: los proyectos “Napoleón”, “Inteligencia artificial” y la biografía de Julio César.
PLACER REFINADO
Esta es la parte en que el vendedor de la librería suele preguntar: “¿Lo puedo ayudar en algo?”. El momento en que llega con el rostro tieso y las manos sudorosas porque las marcas en las páginas matan al libro, sobre todo si el cliente sólo viene a mirar. “Estoy mirando solamente, gracias”, es la respuesta que activa las suspicacias. El libro debería estar sellado para los curiosos o, al menos, para quien no disponga de un sueldo mínimo y la plata de la micro para comprar el enorme álbum. Éste no se encuentra en la cuneta, sino en el estante más alto, donde aguarda como un arma letal.
NACIDO PARA FILMAR
La leyenda cuenta que el despiadado Stanley Kubrick exprimía a sus actores sin darles tregua. Tal como Dreyer sometía al cajón de clavos a Maria Falconetti, para lograr lágrimas reales en “Juana de Arco”, el director le pidió a Mr. Halloran que repitiera el acto de cerrar la puerta del auto para la escena en que llega a ayudar a la familia asediada por un padre demoníaco en “El resplandor”. Se hizo el gesto unas 75 veces, hasta dar con el portazo perfecto. Stanley, obsesivo, siempre replicaba: “Ha quedado magnífico, hagámoslo otra vez”.
El libro le hace justicia y lo muestra como un trabajólico siempre presente en el set.
Desclasificando los archivos K. se le ve paseando entre su equipo, sus peleadores, soldados y gladiadores. Como un pequeño dios, omnipresente como una versión cabrona del espíritu santo al que todos temen. Revelándose a sí mismo detrás de una cámara, reflejado en un espejo junto a Kirk Douglas, el perro tracio de “Espartaco”, quien lo definiera más tarde como una mierda de director, pero una mierda llena de talento.
¿Dónde más? Se le ve desde la antigüedad del hombre lanzando un hueso al cielo hasta aterrizar en una cárcel futurista donde Beethoven y el Reich queman pupilas.
A lo largo de las fotos y las décadas se va poniendo viejo, se va llenando el set y la librería está punto de cerrar. Kubrick sigue alternando apariciones con el genial Peter Sellers al cubo en “Doctor insólito” y el patético Humbert Humbert tira con su mujer mientras mira la foto de su hija. A estas alturas, el libro pesa y la boleta también, se trata de 1.600 imágenes de archivo y estudio donde Stanley fuma y filma entre las cortinas de un palacio europeo del siglo XVIII en “Barry Lyndon”, da instrucciones al nefasto Quilty en “Lolita” o juega ajedrez con los militares mientras la humanidad se desintegra y regresa a la edad de piedra. Porque en el salón de guerra está prohibido pelear. Todas postales inolvidables herencia de Stanley Kubrick, quien siempre dijo las cosas mejor que uno: “La prueba de fuego de una obra de arte es nuestro apego a ella y no nuestra capacidad de explicar por qué es buena”. LCD