UNA MUESTRA SIN PRECEDENTES
El MoMa exhibe 300 objetos ideados contra la inseguridad, tras los atentados del 11-S. Artefactos de intención paródica con otros ya comercializados, son la mezcla perfecta. Muebles para esconderse, prendas antibala o ropa infantil de guerra biológica. Y lo freak: diseñadores catalanes exhiben su preciada ‘caja caliente’ para proteger a las prostitutas callejeras. Parodia y realidad en torno a los atentados de las Torres Gemelas.
Andy Robinson
Lo difícil en la nueva exposición “SAFE: design takes on risk, un análisis de la relación entre el diseño, el miedo y la seguridad” en el MoMA, es distinguir entre la realidad y la parodia. Hay objetos diseñados con fines comerciales y otros que ironizan sobre una sociedad miedosa y paranoica en la era post 11-S. Pero cuesta saber cuál es cuál.
Los llamados muebles para escondernos de los diseñadores británicos Anthony Dunne y Fiona Raby, por ejemplo, parecen objetos de parodia. La Silla Faraday es un mueble de plástico amarillo y acero dentro del cual uno puede tumbarse en posición fetal y respirar a través de un tubo. Pero, según la guía de la muestra, el prototipo va en serio: es el “refugio para evitar los ocultos campos magnéticos… A medida que los artilugios electrónicos invaden nuestros hogares, espacios libres de ondas pueden ser nuestro único refugio”.
Seguridad en envoltorio raro
Junto al mueble citado se encuentra el “Vigilhome” de Olivier Peyrico, un refugio plegable de plástico que contiene cajas para herramientas de supervivencia, desde un extintor de incendios hasta un piolet. Resulta perfectamente factible que éste sea comercializable en el creciente mercado de la cultura de la supervivencia, con tanta gente preparada para echarse al monte en cuanto se produzca el atentado terrorista con bomba biológica. Pero, según Peyrico, su propuesta sí es una parodia sobre la paranoia y el catastrofismo. Incluye dos cajas de ansiolíticos, un enorme cartón de cereales “Special K” y un bidón lleno de zumo de manzana biológico.
Para quienes hayan visto las urbanizaciones valladas y estrictamente vigiladas de las clases acomodadas californianas, no parece demasiado inverosímil el llamado “Securitree”, del mexicano Raúl Cárdenas, un conjunto de cámaras de vídeo en forma de árbol. En realidad, es una escultura crítica. Fue montada en San José (California) para averiguar hasta qué punto los residentes acomodados de la ciudad más segura de Estados Unidos estaban dispuestos a sacrificar su intimidad en el nombre de la seguridad.
Como era previsible, han sido los diseñadores israelíes quienes han cruzado con más naturalidad la línea divisoria entre precaución y neurosis. Arik Levy y Tal Lancean presentan una serie de prendas de la nueva moda antibalas, camisetas y vestidos hechos de plumas de cisne y de faisán, “una alternativa al kevlar en chalecos antibalas convencionales”, se explica. Parecen de mentira, pero son prototipos para una nueva línea de ropa blindada. Otros productos llamativos de la escuela israelí de diseño para el miedo: una protección para la cabeza de mujeres judías o musulmanas de fe tradicional hecha de malla de acero inoxidable de Galya Rosenfeld, y los tres modelos de trajes infantiles de protección ante posibles ataques químicos, fabricados incluso para bebés. “Provocan escalofríos pero éstos son productos comercializados del Instituto Bezalel”, dice Patricia Juncosa, mallorquina, una de las comisarias.
Aunque cuesta imaginarse que en otros tiempos el MoMA pudiera dedicar tanto espacio a una exposición de 300 objetos como éstos, Juncosa dice que no es fruto ni de la angustia post 11-S ni de la era de la desigualdad social, de urbanizaciones amuralladas y fronteras entre ricos y pobres: “Se ideó antes del 11-S (…) el miedo es atemporal”, dijo.
Pero, más que aliviar el miedo, muchos objetos en la exposición SAFE parecen estar edulcorando el estado de seguridad. Hay productos antirrobo como bolsos que se aferran al cuerpo, fundas de ordenador portátil que disimulan ser cajas de pizzas, sillas para bares con ganchos para sujetar el bolso frente a posibles tirones... Diseñadores como el estadodunidense Cameron McNall y el español Martín Ruiz de Azúa parten del otro lado de la barrera de seguridad y ofrecen diseños para la protección de los indigentes, concretamente refugios portátiles. Asimismo, los catalanes Anna Mir y Emili Padrós presentan “intervenciones terapéuticas” urbanas, como la caja caliente diseñada para que las prostitutas tengan luz, calor y seguridad en la calle.
© La Vanguardia
(The New York Time Syndicate)