
Martes 3 de enero de 2006
Rodolfo Fortunatti
Emerge como el reverso de la izquierda nacional populista latinoamericana. Es la derecha neocorporativa, ésta que toma distancia de los regímenes de seguridad nacional y, en el caso de Chile, del pinochetismo. Es el proyecto político que firme y hegemónico se reinstala tras la última elección parlamentaria. Su rostro -contracara de Hugo Chávez, Evo Morales y Ollanta Humala- es Pablo Longueira, el senador electo por Santiago Oriente. Longueira, el único que podría desafiar a Lagos en 2009. El promisorio líder de la UDI, cuyo genio oscurece día a día la ya sombría silueta de Joaquín Lavín.
Longueira representa el retorno de la derecha a la acción política. Lavín sólo pudo crear la ilusión de la victoria. Sólo pudo encarnar un sueño fallido y, a lo más, ejercer un arbitraje conciliador entre las dos derechas. Su epílogo es la tregua pactada para la segunda vuelta. Longueira en cambio es verosímil. Y lo es no porque controle poder -¡que lo controla!-, sino porque reconoce el poder. El poder de sus adversarios, el de sus aliados y el suyo propio. Y da muestras de ello, sobre todo en momentos de crisis, que es cuando se revela el verdadero talante de un líder.
Fue en algunos de estos trances cuando, saliendo por arriba del conflicto, Longueira tendió puentes hacia el Gobierno. Así lo hizo cuando hubo de corregir el error de inscripción de la DC, y cuando fue preciso darle piso político a las reformas sobre modernización y transparencia del Estado. Pero fue el ataque a la unidad y cohesión de la UDI lo que demostró el genuino temple del paladín gremialista. Cuando llamó a cerrar filas en torno a Jovino Novoa en la prueba más dura para su talento político: el caso de Gema Bueno. Entonces, en un acto de fe rayano en el delirio pero que apuntó eficazmente a la recuperación de la confianza pública, confesó haberse comunicado con el espíritu del desaparecido senador Jaime Guzmán. Y no sólo eso. Cuando fue necesario sacar a Lavín de la línea de fuego abierta por sus samurais, estuvo dispuesto a abandonar la jefatura de la UDI para, de este modo, conseguir que el advenedizo Piñera hiciera lo propio en Renovación Nacional.
La UDI, pese a los catastróficos pronósticos electorales que se cernían sobre ella, logró situarse como la primera fuerza política del país. Y, sobre todo, mantener su predominio en Santiago, donde conquistó una plataforma segura para sus fundadores, nada menos que las resilientes figuras de Novoa y Longueira. Sin embargo es Longueira el auténtico triunfador. Longueira es la matriz de esta nueva derecha que no nace por acuerdo o ventura, sino por la fuerza irrefrenable de una organización política que ha conseguido imponerse. Longueira y la UDI están a punto de asegurar su éxito. Sólo les falta la derrota definitiva de Sebastián Piñera en las urnas.